En buena parte del mundo hispanohablante, el martes 13 arrastra una fama oscura. Basta con que el calendario marque esa combinación para que resurja el viejo refrán —“en martes, ni te cases ni te embarques”— y, con él, una sensación difusa de cautela. Aunque la superstición no tiene base científica, la historia ha querido que varias tragedias de gran impacto coincidieran exactamente con esa fecha. Y nuestra memoria, siempre selectiva, ha hecho el resto.
El martes no es un día cualquiera en la tradición occidental. Su nombre proviene de Marte, dios romano de la guerra, asociado a la violencia, el conflicto y la destrucción. No es casual que, durante siglos, se considerara un día poco propicio para emprender proyectos importantes. A ese simbolismo se suma el número 13, históricamente ligado al desequilibrio: rompe la armonía del 12 —los meses del año, los signos del zodiaco, los apóstoles— y, en la tradición cristiana, evoca la figura de Judas, el traidor que ocupaba el puesto número trece en la Última Cena.
A lo largo del tiempo, algunos acontecimientos han reforzado ese imaginario. Naufragios, accidentes aéreos, apagones masivos o catástrofes naturales ocurridos en martes 13 han servido como combustible perfecto para la leyenda. No porque sean más frecuentes que en cualquier otro día, sino porque encajan con una narrativa ya existente. La mente humana funciona así: busca patrones, necesita explicaciones y se aferra a las conexiones que confirman lo que sospecha. Miles de martes 13 han pasado sin incidentes reseñables, pero unos pocos, muy mediáticos, han bastado para alimentar el mito.
Aquí entra en juego el sesgo de confirmación: tendemos a recordar aquello que refuerza nuestras creencias y a olvidar lo que las contradice. Si un martes 13 transcurre sin sobresaltos, pasa desapercibido. Si ocurre una desgracia, la fecha se subraya, se repite y se transmite. Así, la superstición se mantiene viva no por la acumulación de pruebas, sino por la reiteración del relato.
Aun así, el martes 13 no se vive solo desde el miedo. En la actualidad convive con el humor, la ironía y una cierta distancia racional. Hay quien evita firmar contratos “por si acaso” y quien aprovecha la fecha para bromear en redes sociales. Más que una amenaza real, funciona como un ritual cultural compartido: una excusa para hablar del azar, del destino y de nuestra necesidad de encontrar sentido en lo imprevisible.
¿Está maldito el martes 13? Probablemente no. Pero sigue siendo un espejo interesante de cómo la historia, la tradición y la psicología colectiva se entrelazan. Cada vez que el calendario lo señala, no tememos tanto al día en sí como a la idea que hemos construido alrededor de él. Y quizá ahí resida su verdadero poder: no en la mala suerte, sino en la capacidad de recordarnos lo mucho que creemos, incluso cuando sabemos que no hay razones para hacerlo.
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