Convertir una película en un éxito hoy ya no es solo cuestión de una buena historia. Tampoco basta con un reparto icónico ni una campaña de marketing bien colocada. El estreno cinematográfico contemporáneo se parece más a una liturgia compleja que a un simple evento cultural: una coreografía global hecha de alfombras rojas, rumores estratégicamente filtrados, entrevistas virales, memes irónicos y una cantidad casi obscena de imágenes robadas del set. El cine ya no empieza en la sala, sino meses, a veces incluso años antes, en el feed infinito de nuestras pantallas.
En el caso de El Diablo viste de Prada 2, el listón del hype está particularmente alto. No solo porque la película original se convirtió en un fenómeno generacional, sino porque esta secuela llega en un ecosistema mediático distinto. El pistoletazo de salida lo dio Anne Hathaway, publicando un vídeo en el que se preparaba para ir al set con un suéter color cerúleo. Referencia directa a una de las escenas más citadas y memetizadas de la película original. Después vinieron los looks completos, algunas imágenes compartidas por la propia actriz, y finalmente las fotos del set con Stanley Tucci y Meryl Streep.
En cuestión de días, el debate ya no giraba en torno a si la secuela era necesaria o no, sino a si los outfits eran “coherentes”, si la trama respetaría el espíritu del original, si el cambio en el departamento de vestuario —ya no Patricia Field— suponía una traición estética. Según la siempre informada Rachel Tashjian-Wise, serían Molly Rogers y Danny Santiago, el dúo detrás del vestuario de And Just Like That…. Bastó ese rumor para que en X comenzaran a circular memes de fotos de celebridades ajenas al proyecto —Adele, Zayn Malik, Justin Bieber, Selena Gomez— como supuestas imágenes del set.
Qué se espera de El Diablo viste de Prada 2
Aquí es donde el debate se vuelve más complejo. Porque no se espera solo una secuela. Se espera una respuesta a cómo funciona el fashion system en la actualidad. Se le pide que sea una película de moda, una crítica a la industria y una reflexión sobre el colapso de los medios impresos y el auge de la era digital. Se espera que dialogue con influencers, algoritmos y fast fashion sin convertirse en una sátira obvia; que honre el pasado sin quedar atrapada en la nostalgia. Hay una contradicción de base, esta película no puede tener plena autonomía cultural. Su sentido depende inevitablemente del impacto del film original que está grabado en la memoria colectiva.
Esto se vuelve especialmente evidente en la obsesión por los looks. Queremos que la ropa nos diga si Andy ha crecido, si Miranda sigue ejerciendo poder, si Emily ha conquistado una nueva forma de autoridad. Cada outfit se interpreta como una prueba de coherencia o traición. Sin embargo, al exigir que los looks sean icónicos antes incluso de ver una escena completa, olvidamos que el vestuario en el cine no existe para Instagram, sino para construir relato, tiempo y carácter. Exigimos evolución, pero castigamos cualquier desviación del recuerdo idealizado.
El problema de fondo no es esta secuela, sino nuestra relación actual con el consumo de la cultura. Entre el hambre de anticipación del público, la ansiedad de las producciones y la dependencia de los medios del engagement, se genera un halo de tráilers, memes, spoilers y debates que se interpone entre la obra y el espectador. Esta sobreproducción convierte el visionado en una verificación de expectativas. En 2006 éramos espectadores, en 2026 somos analistas compulsivos. Y así, antes incluso de sentarnos en la sala de cine, ya hemos decidido cómo vamos a sentirnos.
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