Raza, cultura y la Super Bowl como espejo de lo que pasa en Estados Unidos

El problema racial en Estados Unidos no ha desaparecido: la Super Bowl solo lo ha hecho imposible de ignorar.

Raza, cultura y la Super Bowl como espejo de lo que pasa en Estados Unidos

La Super Bowl ha funcionado históricamente como uno de los grandes rituales de consenso nacional. Un espacio donde el conflicto político y social parecía quedar suspendido durante unas horas, absorbido por el espectáculo, la épica deportiva y una idea compartida —aunque frágil— de unidad. Lo que está ocurriendo ahora es que ese ritual se resquebraja. No porque los artistas lo estén politizando, sino porque Estados Unidos ya no puede sostener la ficción de una cultura despolitizada.

Lo que estamos viendo este invierno mediático —desde los Grammy hasta la polémica del whitewashing en Hollywood con el caso de Odessa A’zion— es que la cultura ha dejado de funcionar como mero decorado para convertirse en una articulación política visible. Ya no basta con representar diversidad: el contexto ha entrado en plano.

En la 68.ª edición de los Grammy Awards, varios de los discursos más comentados de la noche giraron en torno al racismo estructural y a la represión que viven determinadas comunidades dentro del país. Billie Eilish apeló desde el podio a la memoria histórica y a la movilización colectiva, mientras otros asistentes llevaron el lema ICE OUT en sus prendas. El momento más contundente llegó con Bad Bunny, que tras ganar el Grammy a Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos —el primer disco íntegramente en español en lograrlo— utilizó su intervención para denunciar las políticas agresivas de deportación y recordar algo tan básico como incómodo: que los migrantes son personas, no animales ni “extraterrestres”.

Ese gesto fue una acusación directa al aparato del Estado. Bad Bunny no ha hecho otra cosa que hablar de aquello que afecta directamente a su comunidad: las políticas migratorias, las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el miedo real de muchos fans a acudir a conciertos por riesgo de deportación. Incluso ha llegado a parodiar al propio Donald Trump en un videoclip, imaginando una disculpa imposible del presidente a los inmigrantes. 

Mientras tanto, la industria sigue demostrando que su relación con la diversidad es, como mínimo, ambigua. El caso de Odessa A’zion, que abandonó un proyecto tras descubrir que el personaje latino que iba a interpretar había sido “desracializado” en el guion, expone que el whitewashing no pertenece al pasado. Es una lógica aún operativa, que reaparece cuando la representación entra en conflicto con la comodidad de los despachos, el cálculo financiero o el gusto del espectador imaginado.

Ese patrón no ha desaparecido; simplemente se ha refinado. Ya no se presenta como una decisión abiertamente excluyente, sino como “ajustes de guion”, “detalles de producción” o elecciones supuestamente neutras. La diversidad es bienvenida mientras no altere el funcionamiento real del sistema.

Y aquí volvemos a la Super Bowl. Lo que ocurre con Bad Bunny no es solo que represente un logro histórico —el primer artista latino e hispanohablante en encabezar en solitario el halftime show del evento más visto del planeta—, sino que funciona como síntoma. En Estados Unidos, lo transgresor suele aceptarse de forma superficial, pero rara vez de manera estructural. Y Bad Bunny, por trayectoria y posicionamiento, cuestiona directamente las narrativas oficiales sobre inmigración, identidad y pertenencia.

La reacción no se ha hecho esperar. Donald Trump y sectores conservadores han atacado su presencia en la Super Bowl, calificándola de “sembradora de odio” o “propaganda antiamericana”, mientras grupos como Turning Point USA impulsan espectáculos paralelos con artistas alineados al country y al rock más tradicional. No es una discusión musical, es una disputa por el relato cultural que destapa una contradicción imperante: La cultura negra y latina puede ser celebrada dentro del repertorio oficial del entretenimiento estadounidense, pero se vuelve intolerable cuando sus referentes señalan deportaciones, migración y racismo estructural.

La Super Bowl de este año quedará inscrita en un momento en el que Estados Unidos se vio obligado a mirarse frente al espejo. Un país que consume cultura negra y latina como motor de su industria global, pero que se incomoda —y se defiende— cuando esa misma cultura señala las condiciones materiales que la atraviesan: redadas, fronteras, cuerpos racializados, vidas en riesgo.

Ni los Grammy, ni el whitewashing en Hollywood, ni la reacción política contra Bad Bunny existen en compartimentos estancos. Forman parte de una misma estructura que celebra la diversidad mientras intenta vaciarla de contenido. Que aplaude a Bad Bunny o a Kendrick Lamar, pero se revuelve cuando el mensaje deja de ser cómodo. El mismo país que exporta su música, su espectáculo y su soft power al mundo se incomoda cuando esas expresiones culturales le devuelven un espejo.

Como ocurre con la mayoría de los grandes eventos deportivos, la Super Bowl fue durante años un ritual compartido, una ficción de unidad sostenida por el espectáculo. Lo que estamos presenciando ahora no es su politización, sino el agotamiento de esa ficción. Y no por culpa de los artistas, sino porque ya no es posible seguir fingiendo que la cultura puede existir al margen de la desigualdad racial y la violencia institucional.

Sigue toda la información de HIGHXTAR desde Facebook, Twitter o Instagram

Podría interesarte…

© 2026 HIGHXTAR. Todos los derechos reservados.