Durante los últimos días, las redes se han llenado de versiones animadas de médicos rodeados de ecógrafos, periodistas frente a micrófonos imposibles o entrenadores personales con bíceps del tamaño de un melón. La fiebre de las caricaturas hechas con ChatGPT ha explotado casi sin avisar y, como suele pasar con estas cosas, primero llega el «qué maravilla» y justo después el «espera un momento…».
La gracia es evidente. Subes una foto, escribes un prompt del tipo «crea una caricatura de mí y de mi trabajo basándote en todo lo que sabes de mí« y, en cuestión de segundos, aparece un doble digital exagerado pero sorprendentemente reconocible. No es solo un filtro bonito: lo interesante (y lo inquietante) es que la imagen se apoya en la información que tú mismo has ido dando al chatbot, ya sea en conversaciones pasadas o en los datos que decides compartir en ese momento.
Aquí está el giro del trend. A diferencia de otras modas recientes —como cuando medio internet se convirtió en personaje de Studio Ghibli—, estas caricaturas no solo juegan con la estética, sino con la idea de que la IA «te conoce«. Y cuanto más sabe de ti, más afinada sale la ilustración. Cargo, rutina laboral, entorno, gustos… todo suma para que el resultado sea más preciso.
Hasta aquí, diversión máxima. El problema aparece cuando ese resultado tan preciso se publica en abierto.
Cuando la caricatura dice más de lo que parece
Expertos en ciberseguridad llevan días avisando de algo bastante simple: una caricatura aparentemente inofensiva puede revelar más información personal de la que creemos. Profesión, hábitos, entorno de trabajo, pistas sobre horarios, incluso detalles visuales que permiten identificar a una persona concreta aunque no se mencione su nombre.
Si además la imagen parte de una fotografía real, entran en juego otros factores menos visibles, como los metadatos (ubicación, fecha, dispositivo…). Datos que normalmente no vemos, pero que existen. Y una vez la imagen circula por redes, pierde contexto y control: se puede descargar, reutilizar, reinterpretar o acabar en sitios que no tenías en mente cuando pulsaste “publicar”. No es nada nuevo en internet, pero la personalización extrema que ofrece la IA amplifica el alcance del problema.
Según la política de privacidad de OpenAI, los textos, imágenes y archivos compartidos pueden almacenarse de forma temporal y utilizarse para entrenar y mejorar los modelos. Aunque la compañía asegura que no conserva los datos indefinidamente, no especifica durante cuánto tiempo permanecen en sus servidores.
El riesgo se incrementa cuando las imágenes compartidas incluyen a menores de edad, personas vulnerables o información susceptible de utilizarse para suplantar identidades. En caso de una brecha de seguridad, esas fotos —junto a sus metadatos— podrían quedar expuestas y aprovecharse para ataques de phishing, acoso digital o campañas de ingeniería social.
¿Catastrofismo? Tampoco
Conviene decirlo claro: no estamos ante una distopía inmediata ni ante el apocalipsis digital. Mucha gente comparte estas caricaturas sin consecuencias y disfruta del juego creativo sin mayor drama. El riesgo no es automático, es potencial, y depende en gran parte de cuánto y cómo compartas.
El patrón se repite. Cuanto más gratuita es la herramienta, más importante es preguntarse cuál es el intercambio. En este caso, datos a cambio de entretenimiento. Si lo sabes y te parece bien, adelante. La clave está en la consciencia, no en el pánico.
Unirse al trend (si quieres) con un poco de cabeza
Para quienes no quieran quedarse fuera de la broma, hay algunas recomendaciones bastante básicas: evitar subir fotos sensibles, no dar más información personal de la necesaria, revisar qué se comparte públicamente y, si se va a publicar la caricatura, hacerlo entendiendo qué está contando de ti esa imagen.
La personalización digital es divertida, creativa y cada vez más impresionante. Pero también nos obliga a afinar el criterio. Reírnos de nuestro avatar exagerado está genial; olvidarnos de cómo funciona internet, no tanto.
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