Durante semanas, el término therian ha ocupado titulares, hilos de X y vídeos infinitos en TikTok. La palabra procede del griego thēríon (bestia, animal salvaje) y ánthropos (ser humano), y conecta simbólicamente con tradiciones mitológicas antiguas, desde divinidades híbridas del Egipto faraónico hasta relatos europeos de licantropía.
La comunidad therian nació en foros digitales en los años noventa. Durante años fue un fenómeno minoritario, casi invisible. Pero las redes sociales transformaron su escala: vídeos de jóvenes con máscaras, orejas o colas, corriendo a cuatro patas o emulando comportamientos animales, se convirtieron en contenido viral.
En el debate público se han mezclado conceptos que no son equivalentes. Una cosa es la teriantropía clínica, un fenómeno psiquiátrico raro asociado a la creencia delirante de transformarse físicamente en animal, y otra muy distinta la identidad therian, que se define como una vivencia psicológica o espiritual simbólica.
Los jóvenes, en su mayoría adolescentes no afirman ser animales en sentido literal, sino que utilizan esa identificación como una necesidad de pertenencia. Una búsqueda de tribu en una época marcada por la exposición digital permanente, la soledad emocional y el deseo urgente de formar parte de algo.
Las primeras escenas que explotaron en redes surgieron en Argentina y se expandieron por Uruguay y México. Hoy el movimiento tiene especial peso en esos países latinoamericanos. A España ha llegado después, pero también con fuerza. Este fin de semana, se produjeron diferentes concentraciones de ‘therians’. La mayoría de los asistentes eran curiosos, una acabó con disturbios y otras tuvieron que ser canceladas por amenazas y temor a ataques. La de Barcelona ha sido una de las más multitudinarias, con unas 3.000 personas, que acudieron al Arc de Triomf.
En la Puerta del Sol de Madrid, la convocatoria generó una situación surrealista: cientos de curiosos haciendo un corro gigante a varios supuestos ‘therian’ que, provistos de sus máscaras animales, han caminado a cuatro patas mientras no paraban de ser grabados y fotografiados.
En Málaga acabó siendo toreado un joven con máscara de caballo reconvertido en toro capoteado por una bandera de España. En otras ciudades como Zaragoza, Pamplona o A Coruña los esperados ‘therian’ ni siquiera aparecieron. En Bilbao y Córdoba se han cancelado directamente las concentraciones.
En medio del revuelo, el rapero @ceciliogtherealgoat publicó en Instagram una foto con la frase: “Yo también soy therian, me identifico como rata”. La ironía es evidente. Pero también lo es su potencia simbólica. Cuando una figura pública convierte el debate en guiño o provocación, el fenómeno cambia de registro. ¿Es burla? ¿Es apropiación? ¿Es simplemente marketing?
El fenómeno therian en España no ha demostrado la existencia de un movimiento multitudinario, sino la potencia de la viralidad. Las concentraciones en Barcelona y Madrid demostraron que hubo más curiosos que miembros reales del colectivo, más móviles grabando que jóvenes reivindicando una identidad.
Lo que revela este episodio es una tensión más profunda: la necesidad de pertenencia en una generación hiperexpuesta y la rapidez con la que cualquier diferencia se convierte en espectáculo público. Quizá la pregunta no sea si “se nos ha ido de las manos”, sino qué dice nuestra reacción sobre nosotros mismos.
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