Durante varias temporadas, la narrativa dominante insistía en que Milán había perdido tensión creativa frente al experimentalismo londinense o la maquinaria parisina. La temporada FW26 ha desmontado ese argumento. Ha sido, más bien, un ejercicio de posicionamiento colectivo en un momento de reajuste profundo para la industria del lujo. El sistema está cambiando y Milán ha decidido adaptarse antes que resistirse.
La desaceleración en mercados clave, la presión constante de los conglomerados sobre la rentabilidad, el debate creciente en torno a la inteligencia artificial como herramienta creativa y la transformación de la comunicación, donde la pasarela ya no termina en el desfile, sino que continúa en el algoritmo, han obligado a las casas milanesas a definir con precisión quiénes son y qué lugar desean ocupar.
Prada
En la Fondazione Prada, Miuccia Prada y Raf Simons construyeron una narrativa más sutil pero igual de potente. El espacio, desnudo y con chimeneas y ventanas flotando como en un cuadro de Magritte, ya sugería desarraigo.
El giro conceptual fue matemático: 60 looks, pero solo 15 modelos. Cada una reaparecía hasta cuatro veces, despojándose progresivamente de capas. La primera vuelta se centró en abrigos estructurados y anoraks con ribetes de piel; después, camisas arrugadas, faldas de satén y vestidos brillantes emergían bajo la ropa exterior. Algunas, sin embargo, revelaban… más abrigos.
La estética: cabello sin cepillar, correas caídas, puños sucios, kohl corrido. La “mujer italiana agotada” encarna la multiplicidad de identidades que, según Prada, atraviesan la vida femenina. “Cada día exige no solo un cambio de ropa, sino una riqueza de identidades”, apuntaban las notas del desfile. El resultado fue menos espectacular que GCDS, pero más incisivo: el cansancio como lenguaje estético y político.
Gucci
El debut en pasarela de Demna para Gucci era, inevitablemente, el evento más esperado de la semana. Tras la controversia generada por campañas creadas con inteligencia artificial y en un contexto de presión financiera para el grupo Kering, el diseñador optó por una jugada calculada: reforzar el archivo.
Demna, maestro de la provocación, volvió a demostrar que sabe tensar la conversación antes de presentar producto. Sobre la pasarela, un espectáculo majestuoso, sensual y glamuroso, con toques canis, que evocaba directamente el Gucci de finales de los 90. El escenario evocaba una Florencia monumental, subrayando la dimensión histórica de la casa, pero la colección remitía con claridad al Gucci de finales de los noventa, particularmente al legado de Tom Ford.
Vestidos ceñidos, pantalones de tiro bajo, camisetas ultra ajustadas, escotes vertiginosos y horse-bits dorados decorando piel desnuda remitían inevitablemente a Tom Ford. Desde 2021, el interés por el archivo Gucci by Tom Ford ha crecido exponencialmente en plataformas de reventa. Demna leyó ese dato. Y en vez de confrontar el legado, lo convirtió en valor bursátil.
El casting fue otro punto clave: raperos como Nettspend y Fakemink compartiendo escena con iconos como Kate Moss, Karlie Kloss y Elsa Hosk. Alta cultura y cultura digital conviviendo sin jerarquías.
Diesel
La propuesta de Glenn Martens fue una de las más coherentes conceptualmente. La instalación que reunía 50.000 piezas de archivo desde 1978 no era mero decorado, sino declaración material: la memoria es un recurso productivo. La colección profundizó en procesos de transformación real, destacando la denominada “sastrería de fieltro”, elaborada a partir de residuos industriales compactados en nuevas superficies textiles de apariencia sorprendentemente precisa.
El denim tratado con resina para fijar pliegues permanentes, las prendas encogidas mediante procesos térmicos y las capas torsionadas sobre el cuerpo configuraban una estética que asumía la imperfección como lenguaje. En un contexto donde la sostenibilidad corre el riesgo de diluirse en retórica, Diesel apostó por procesos tangibles. La estética post-rave, lejos de la nostalgia superficial, se presentó como metáfora generacional: sobrevivir al exceso, reconstruirse desde lo que queda.
BOSS
En el espacio Rubattino56, BOSS presentó una colección que reivindica la sastrería como herramienta de afirmación personal. Bajo la dirección de Marco Falcioni, las americanas de hombros marcados se reinterpretaron con solapas más altas y cinturas entalladas, combinadas con pantalones de una o dos pinzas.
La propuesta no se limitó al traje clásico. Tejidos técnicos inspirados en la ropa deportiva se mezclaron con alpaca cepillada, cachemira y piel con diferentes acabados. La paleta, negro tinta, azul medianoche, gris humo, oliva y terracota, reforzaba una estética sobria y autoritaria. En el front row, David Beckham encarnaba esa noción de éxito discreto.
BOSS evitó el espectáculo estridente y apostó por una claridad conceptual: la sastrería, lejos de ser uniforme corporativo, puede ser un gesto de ambición personal. En una temporada marcada por la teatralidad, la casa alemana defendió la disciplina como forma de poder.
GCDS
Para celebrar su décimo aniversario, la firma dirigida por Giuliano Calza llevó al extremo el fetichismo contemporáneo por el “¿qué llevo en mi bolso?”. Literalmente. En el centro del espacio de desfile se erigía una tote descomunal, acompañada de un vaso de matcha igualmente sobredimensionado, de proporciones casi arquitectónicas.
La colección, titulada What’s in My Bag?, desveló que el contenido eran las propias modelos, que entraban y salían del interior de la escultura mientras sonaba “Teenage Dirtbag” de Wheatus. El guiño Y2K fue explícito: minivestidos corseteros, chándales de tiro bajo, lentejuelas líquidas y una colaboración con Bratz que reforzó la estética adolescente.
Aunque el resultado rozó lo memeable, Calza insistió en que no era una broma: la bolsa simbolizaba “abrir” su universo creativo. Cultura pop, humor e iconografía propia como archivo emocional de una década. Una cápsula del tiempo amplificada hasta lo grotesco.
Blumarine
Bajo la dirección de David Koma, la casa exploró su legado fotográfico, incluidas las colaboraciones con Helmut Newton, para construir la figura de una diva mitológica inspirada en Venecia. La rosa, símbolo de Blumarine, apareció en estampados, bordados metálicos, relieves tridimensionales y aplicaciones escultóricas.
Encajes Chantilly, crinolinas, corsés de pelo de cabra y referencias al Arlequín de la Commedia dell’Arte crearon una propuesta operística. La paleta teatral, rojo, negro, blanco, oro y plata, reforzaba la idea de un glamour entendido como poder. Koma fusionó ornamentación barroca y modernismo estructural, reflejando en la diva la propia dualidad de la ciudad lagunar: opulencia y decadencia, rigor y sensualidad.
Moschino
Siguiendo el espíritu contradictorio de Franco Moschino, la colección propuso un viaje desde Buenos Aires hasta la Pampa. El Obelisco de Buenos Aires, alusiones a Eva Perón y la presencia gráfica de Mafalda, creada por Quino, articularon un desfile que oscilaba entre homenaje y caricatura consciente.
Volantes en látex, manteles convertidos en vestidos drapeados, llamas tridimensionales y bolsos trompe l’oeil construyeron un relato teatral. El cierre, con referencias al tango y volantes en movimiento, sintetizó la idea de identidad como performance. Moschino no buscó la fidelidad documental, sino la exageración afectiva.
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