Hay algo significativo en el hecho de que, en una era dominada por algoritmos predictivos, inteligencia artificial y acumulación masiva de datos, una generación entera haya vuelto a interesarse por un sistema simbólico basado en cartas ilustradas. El tarot, lejos de reaparecer como una reliquia del pasado, se ha reinstalado en el presente como una herramienta capaz de dar respuestas -aunque sea de forma indirecta-. Su auge refleja un cambio en la manera en que se construye el sentido en una sociedad saturada de información, pero cada vez más carente de certezas.
Durante décadas, la modernidad se sostuvo sobre la promesa de que todo podía ser explicado y cuantificado. Sin embargo, esa promesa ha empezado a resquebrajarse. Como señala Byung-Chul Han, la exigencia de transparencia absoluta no ha conducido a una mayor comprensión del mundo, sino a una nueva forma de opacidad derivada del exceso. En paralelo, Mark Fisher describe un presente en el que el futuro se percibe como gestionable, pero difícilmente transformable. En este contexto, el tarot emerge como una alternativa frente a la dificultad de procesar la complejidad contemporánea.
El interés actual por el tarot no reside tanto en su supuesta capacidad para predecir el futuro como en su estructura interpretativa. Las cartas son capaces de organizar experiencias emocionales y cognitivas que a menudo resultan difíciles de articular mediante el lenguaje convencional. Cada arcano permite proyectar significados múltiples, adaptándose a contextos individuales sin imponer conclusiones cerradas. En este sentido, el tarot propone un retorno a la imagen como forma primaria de comprensión, desplazando el foco desde la explicación hacia la interpretación.
El tarot está muy presente en el mundo de la moda. Diseñadores como Jonathan Anderson han desarrollado universos creativos en los que la ropa se concibe como un sistema de signos. El tarot ofrece un repertorio iconográfico de gran potencia, capaz de generar significado. De forma similar, Alessandro Michele incorporó durante su etapa en Gucci un imaginario en el que lo esotérico, lo histórico y lo pop coexistían como capas simultáneas de interpretación, consolidando una estética donde el símbolo prevalece sobre la literalidad.
La normalización del tarot dentro del imaginario mainstream se ha visto reforzada por su adopción en entornos de alta visibilidad a través de figuras como Dua Lipa o Emma Roberts. En paralelo, perfiles como Trevor Ballin -tarotista canadiense vinculado al circuito creativo- han integrado la práctica en el ecosistema de la moda, realizando lecturas para personalidades del ámbito cultural y participando en eventos. Su presencia evidencia una transformación más amplia, el tarot ha dejado de ser una práctica periférica para convertirse en un código cultural legitimado.
El auge del tarot tampoco puede entenderse sin su adaptación al entorno digital. Durante la pandemia, el aumento del tiempo de exposición a pantallas y la necesidad de herramientas de introspección coincidieron en un punto de inflexión. Las plataformas sociales transformaron una práctica tradicionalmente íntima en un fenómeno colectivo, en el que las lecturas se dirigen a audiencias amplias pero se perciben como experiencias personales. Este desplazamiento ha permitido que el tarot se convierta en un lenguaje compartido.
Este resurgimiento se inscribe, además, en la lógica del capitalismo contemporáneo, donde incluso la espiritualidad adopta formas de circulación y consumo. Barajas diseñadas como objetos de lujo, consultas digitalizadas y contenido monetizado configuran un ecosistema en el que el significado también se convierte en producto. Sin embargo, reducir el fenómeno a su dimensión comercial sería insuficiente. En una cultura obsesionada con las respuestas inmediatas, el tarot recupera el valor de la pregunta, no como carencia, sino como condición necesaria para construir sentido.
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