Belvedere Vodka irrumpe con determinación en el imaginario nocturno madrileño con el lanzamiento de Dirty Brew, una nueva expresión que cristaliza la evolución contemporánea del lujo. Belvedere Dirty Brew, la elaborada fusión de vodka orgánico con un extraordinario sabor de café. Lo hace, además, de la mano de Laura Vandall y Edgar Kerri, artífices de El Internacional, el espacio que ha redefinido las coordenadas del nightlife en Madrid.
Con motivo de este lanzamiento, El Internacional se transfiguró durante una noche en el Club Dirty Brew, una intervención efímera concebida como extensión física del universo conceptual del nuevo destilado. El Club Dirty Brew propone convertir una cafetería de especialidad en un momento disruptivo de fiesta, desdibujando las fronteras entre lo diurno y lo nocturno. Belvedere presenta así una sofisticada alquimia entre el exclusivo vodka orgánico y el sabor del café, que se inscribe en un territorio híbrido, donde la mixología dialoga con la cultura y el gesto adquiere valor simbólico.
La convocatoria reunió a nombres clave del ecosistema creativo madrileño y de Barcelona —Nina Urgell, Marc Forné, Songa Park, Julio Taeño y Curro Verdugo, Alex Pastrana, Jorge López, Mina Serrano, Santos Bacana, Filip Custic, Hugo Arbues o Pepa Salazar, entre otros— cuya presencia no solo validó la propuesta, sino que la inscribió de inmediato en la conversación cultural de la temporada.
Dotado de una complejidad aromática de notable precisión y una textura que redefine la indulgencia, el destilado encuentra su punto de partida en la irreverencia del dirty coffee —esa intervención que introduce un espresso en el vodka—. En él convergen tensión y equilibrio, tradición y ruptura, en una narrativa líquida que conecta de manera orgánica con la actitud inconformista de Kerri y Vandall.
El espacio, enclavado en el icónico edificio brutalista conocido como “la lata de sardinas”, fue reinterpretado como una cafetería de especialidad de carácter casi escenográfico. Desde el acceso, la narrativa sensorial se desplegaba a través de elementos que remitían al origen del producto —como los sacos de yute dispuestos en el espacio—, generando una atmósfera inmersiva donde cada detalle operaba como signo.
En el núcleo de la experiencia, una estación de café deliberadamente descontextualizada asumía el rol de pieza central, articulando una carta que oscilaba entre lo clásico y lo disruptivo: Dirty Espresso, Dirty Latte, Dirty B o Dirty Tonic, junto a café recién preparado.
La dimensión gastronómica, desarrollada en colaboración con Obrar Madrid, introducía un contrapunto de refinamiento matérico a través de una selección de delicatessen concebidas como objetos de deseo. Cruasanes, bombones de chocolate infusionados con Dirty Brew y otras piezas dulces se presentaban en vitrina bajo un tratamiento museográfico, elevando el acto de degustar a una experiencia casi contemplativa.
Como es habitual en las activaciones de Belvedere, la noche derivó en un estado de intensidad controlada, donde la energía colectiva, el atrevimiento y la celebración adquirieron una dimensión casi coreográfica. La música, orquestada por Nina Urgell, Zak Antonius y Edgar Kerri, funcionó como hilo conductor desde un set permanentemente bañado en el neón de Club Dirty Brew.
Sigue toda la información de HIGHXTAR desde Facebook, Twitter o Instagram
Podría interesarte…