La moda lleva décadas coqueteando con el sexo, pero ahora parece haber decidido dejar de flirtear para empezar a hablar claro. Lo que durante años funcionó desde la insinuación, una transparencia estratégica, un corsé, una media, una silueta pensada para tensar la mirada, hoy entra en otra dimensión: la del objeto explícito. Ya no se trata solo de vestir el cuerpo para hacerlo deseable, sino de incorporar al lenguaje de la moda artefactos históricamente ligados a la intimidad, al tabú y a la sexualidad privada.

Porque no estamos ante una excentricidad aislada con el que una firma busca generar conversación durante una semana. Lo interesante de este desplazamiento es que revela algo más profundo sobre la relación contemporánea entre moda y deseo. Si la ropa siempre ha funcionado como una herramienta para construir relato sobre quiénes somos, no resulta tan extraño que los objetos de placer estén entrando en ese sistema. Lo que sí resulta nuevo es la literalidad con la que lo están haciendo.
Las pasarelas de AW26 dejaron claro que el cuerpo vuelve a ocupar el centro del discurso. En McQueen, Mugler y Tom Ford, el pezón dejaba de ser accidente para convertirse en punto focal. En Gucci, el debut de Demna recuperaba una imaginería corporal cruda con una Kate Moss que reactivaba el butt crack. Vivienne Westwood mezcla ligueros, red y códigos tradicionalmente en cuerpos masculinos y femeninos. Y en paralelo, la alfombra roja seguía revalidando el naked dress.
Sin embargo, el verdadero giro quizá no esté en cuánto cuerpo se muestra, sino en qué se introduce dentro del sistema de la moda. Gucci ya había llevado collares inspirados en plugs anales bajo la dirección de Alessandro Michele; Diesel convirtió un plug de cristal de Murano en invitación para su desfile SS23 y más tarde mostró vibradores creados junto a Lelo y colaboró con Durex; Jean Paul Gaultier continúa trabajando con la ironía sexual y DSQUARED2 lanzó juguetes sexuales para San Valentín.
¿Qué significa exactamente que un objeto diseñado para producir placer pase a formar parte del estilismo? Por un lado, está el componente provocador, evidentemente. La moda sabe que el sexo sigue siendo uno de los lenguajes más eficaces para llamar la atención. Pero reducirlo todo a provocación sería una lectura superficial. Lo que está en juego aquí también tiene que ver con la transformación de la sexualidad en lenguaje público, con la manera en que el placer deja de pertenecer solo al ámbito de lo privado.

Históricamente, las discusiones sobre libertad sexual, autonomía corporal y desestigmatización del placer han sido impulsadas sobre todo por mujeres y por comunidades queer. No por casualidad, sino porque son precisamente los sujetos a los que durante más tiempo se les ha negado la centralidad del deseo propio. Que los juguetes sexuales entren en el campo de la moda no puede leerse al margen de esa genealogía. Hay detrás décadas de activismo, pedagogía sexual y cultura underground.
También conviene recordar que, como casi todo en moda, esta tendencia no nace en las grandes casas. Antes de llegar a la pasarela, el fetichismo ya había sido experimentación estética en escenas ballroom, clubes, comunidades BDSM y espacios queer. La alta moda, una vez más, institucionaliza algo que ya llevaba tiempo ocurriendo en los márgenes. Lo que en origen podía ser gesto de resistencia o de supervivencia expresiva se transforma después en capital simbólico y económico.

La entrada de los juguetes sexuales portátiles en la moda contribuye a normalizar discursos sobre el placer, a desestigmatizar su presencia y a ampliar el imaginario de lo que puede formar parte de la estética cotidiana. Por otro, existe el riesgo de que esa politización del deseo quede neutralizada por la lógica de mercado, convertida en una tendencia más para consumir y agotar. La moda tiene esa capacidad paradójica, puede abrir conversación y vaciarla al mismo tiempo.
El argumento de que “la Generación Z tiene menos sexo” resulta insuficiente para desmontar la relevancia de esta tendencia. La cuestión no pasa necesariamente por la frecuencia del acto sexual, sino por la forma en que el deseo se representa, se comunica y se politiza. Un juguete sexual portátil no significa actividad sexual; puede significar curiosidad, agencia, humor, complicidad, pertenencia, afirmación o simplemente una forma de habitar el cuerpo desde otro lugar.
Por eso estos objetos no deberían leerse como una invitación al consumo voyeurista del cuerpo ajeno, ni como una licencia para intensificar la sexualización de quien los lleva. Son maneras de decir “mi cuerpo me pertenece”, “mi placer también forma parte de mi lenguaje”, “puedo ser visible sin estar disponible”. Aparecer públicamente como sujeto sexual autónomo continúa siendo un gesto valiente.

Tal vez esa sea la razón por la que los juguetes sexuales portátiles están encontrando su lugar en la moda: no porque sean escandalosos, sino porque condensan muchas de las tensiones del presente. Hablan de censura y de exhibición. De mercado y de emancipación. De lujo y de subcultura. De intimidad y de performance. Al final, la moda y el placer son formas de relación con el cuerpo que nadie debería dictar desde fuera. La una decide cómo apareces en el mundo; el otro, cómo lo habitas desde dentro.
El 50% de las mujeres entre 25 y 44 años fingen tener orgasmos.
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