Durante un tiempo, el nombre de A.Chal circuló con naturalidad en determinados márgenes de la música global. No era una figura omnipresente, pero sí lo suficientemente visible como para ser identificado como una de las voces emergentes más singulares de su generación. Detrás del alias está Alejandro Salazar Pezo, artista peruano criado en Queens, Nueva York, cuya propuesta encontró eco a mediados de la década de 2010 gracias a una combinación poco habitual de R&B atmosférico, sensibilidad introspectiva y una estética deliberadamente ambigua.
Ese primer reconocimiento, sin embargo, no se tradujo en una consolidación convencional. Más bien al contrario: cuando su nombre empezaba a asentarse, su presencia comenzó a diluirse. Los lanzamientos se espacieron, las apariciones públicas se volvieron esporádicas y su figura quedó suspendida en una especie de memoria intermitente, como si nunca hubiera terminado de instalarse del todo en el centro. Hoy, su regreso con nueva música, obliga a releer ese recorrido desde otra perspectiva. Porque hay trayectorias que solo adquieren sentido con el tiempo.
Desde sus primeros trabajos, reunidos en Ballroom Riots (2013), A. Chal mostró una inclinación por las formas contenidas. En un contexto en el que la música urbana comenzaba a consolidar códigos reconocibles y fácilmente replicables, su propuesta se situaba en un margen demasiado introspectiva para el circuito más comercial, pero también demasiado vinculada a lo urbano como para integrarse plenamente en espacios alternativos más ortodoxos. Esa posición intermedia, lejos de resolverse, se convirtió en el terreno desde el cual construir su lenguaje.
El punto de mayor visibilidad en esta primera etapa llegó con Welcome to Gazi (2016), un trabajo que condensó y amplificó sus intuiciones iniciales con temas como Round Whippin’. Más tarde llego ON GAZ (2017) que le elevó con To the Light, Love N Hennessy y colaboraciones con ASAP NAST en Cuánto o Round Whippin – Remix con French Montana. La canción 000000 también sigue siendo una de las más escuchadas. Ese equilibrio entre accesibilidad y extrañeza permitió que su música encontrara un público propio, aunque no necesariamente masivo.
Sin embargo, ese impulso inicial no derivó en una trayectoria expansiva en términos convencionales. Tras ese primer momento de consolidación, su actividad comenzó a espaciarse. Los lanzamientos se volvieron menos frecuentes, las apariciones públicas más escasas y su presencia en los circuitos de festivales disminuyó progresivamente. Este parón fue interpretado en su momento como una pérdida de impulso, pero también puede leerse como una retirada frente a las exigencias de una industria que penaliza cualquier forma de discontinuidad.
Durante ese periodo, A.Chal no desapareció por completo, sino que desplazó su actividad hacia zonas menos visibles. Colaboraciones puntuales, trabajo en producción y vínculos con otros artistas formaron parte de una etapa más silenciosa. En ese contexto se inscriben sus relaciones con figuras como Rosalía o C. Tangana, artistas que, desde lugares distintos, estaban también replanteando la relación entre tradición, identidad y contemporaneidad. La utilización del inglés y el español en sus temas también le ha llevado a colaborar con artistas internacionales como Gunna.
Más tarde también publicó los álbumes Far from Gad (2021) y Espíritu (2024) sin ningún tipo de colaboración y donde ya se veían pinceladas de su etapa más reciente. El concepto de CHOLOGANTE que es el título de su último sencillo publicado la semana pasada marca un punto de inflexión en su trayectoria. Lejos de ser un simple juego lingüístico, la fusión entre “cholo” y “elegante” introduce una tensión significativa: pone en relación un término históricamente cargado de estigmas sociales y raciales con una noción asociada a la legitimidad cultural.
Este nuevo tema CHOCOLOGANTE que se une al single Pituco, lanzado hace cuatro meses, muestra una reconfiguración que se traduce en el plano sonoro y visual. Elementos vinculados a la tradición musical peruana, especialmente del ámbito andino, pasan a ocupar un lugar central en la construcción de su propuesta. La estética también se densifica, ya que aparecen signos culturales más concretos, una iconografía que dialoga de forma más directa con su origen, sin abandonar del todo los códigos globales que habían definido su etapa anterior.
Este giro se inscribe en un contexto más amplio, marcado por el auge de la música de habla hispana a nivel global. Sin embargo, esta expansión ha ido acompañada de una cierta tendencia a la homogeneización, donde las particularidades culturales tienden a diluirse en favor de una estética reconocible y fácilmente exportable. Frente a esta dinámica, la propuesta de A.Chal introduce una resistencia a la especificidad, a la densidad de lo local, incluso cuando eso implica una menor inmediatez.
La trayectoria de A.Chal trasciende lo estrictamente musical para inscribirse en una reflexión más amplia sobre la identidad en tiempos de homogeneización cultural. Su regreso reivindica aquello que no se adapta, lo que permanece singular incluso a riesgo de no ser inmediatamente legible. La reapropiación consciente de sus raíces peruanas, funciona como una forma de afirmar que lo particular no es un obstáculo, sino un valor. Potenciar lo propio, lo irreductible, lo que no se deja diluir, se convierte así en una estrategia de resistencia y, al mismo tiempo, en una vía de creación.
marquitos abre una nueva etapa con su álbum ‘Alma de cántaro’.
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