Elegir qué ponerse, qué comer o qué hacer: el agotamiento que sentimos por las 35.000 decisiones diarias

Una persona toma alrededor de 35.000 decisiones diarias. La mayoría son automáticas. Otras, aparentemente menores, dejan poso. Y un porcentaje creciente de la población empieza a notar el peaje.

Elegir qué ponerse, qué comer o qué hacer: el agotamiento que sentimos por las 35.000 decisiones diarias

El 84% de la población española sufre fatiga decisional y la Generación Z encabeza el bloqueo, según un estudio de Preply. Los psicólogos advierten de que el problema no es el volumen de elecciones, sino nuestra relación con el error.

El outfit de cada día, qué comemos, con quién quedamos, por qué camino vamos al trabajo, qué correos respondemos, si dedicamos tiempo o no a ese proyecto personal, qué serie vemos, si hacemos deporte… Una persona toma alrededor de 35.000 decisiones diarias. La mayoría son automáticas. Otras, aparentemente menores, dejan poso. Y un porcentaje creciente de la población empieza a notar el peaje. Un estudio de Preply sitúa en un 84% los españoles que experimentan de forma habitual la “fatiga decisional”: ese desgaste mental que aparece cuando se acumulan demasiadas elecciones y que termina por dificultar las siguientes. El dato sube hasta el 92% en la Generación Z. Son, paradójicamente, los más expuestos a la idea de optimizarlo todo y los que peor están sosteniendo esa promesa.

«Lo relevante no es tanto el número de decisiones que tomamos, sino qué función cumplen las conductas relacionadas con decidir, o evitar decidir, en la vida de la persona», explica Mar Pérez, psicóloga colegiada en Galicia, psicopedagoga y divulgadora en su cuenta @psicologiaconmarpe. En consulta, relata, ve a diario el agobio del que habla el estudio, pero no todas las decisiones pesan igual. “Las que más activan el malestar son las que cargan con incertidumbre, posibles consecuencias relevantes o un valor simbólico alto: relaciones, trabajo, salud, cambios vitales”. En esos casos, “decidir se asocia al error, a la pérdida o al juicio externo, y se convierte en lo que la psicología llama un estímulo aversivo”.

De ahí brotan la procrastinación, la rumiación, la búsqueda compulsiva de información o delegar en otras personas esas decisiones. Ahí aparece el mecanismo que sostiene el bucle. «Muchas de estas conductas se mantienen por refuerzo negativo: evitar decidir reduce el malestar a corto plazo, lo cual aumenta la probabilidad de que la persona vuelva a evitar en el futuro», explica Pérez. A medio plazo crece es la ansiedad, el bloqueo y la sensación de no ser capaz de elegir.

La generación que se agota persiguiéndose

Con ese marco encima, los datos del informe se leen diferente. Para el 39% de los jóvenes, la decisión diaria más estresante es trabajar en sus propios objetivos. La cifra duplica la media general (24%) y supera a otras fuentes de tensión cotidianas como las tareas del hogar (26%) o responder a los mensajes (18%). Lo que debería motivar; agota o bloquea.

Entre los 18 y los 24 años, esos objetivos se concentran en el desarrollo personal: el ejercicio físico (94%) y el aprendizaje de idiomas (53%) encabezan la lista. Pero la presión se cuela también en lo trivial. Casi uno de cada cinco jóvenes admite que decidir qué ponerse (19%) o si acudir a un evento social (17%) le genera tensión. El resultado es ya predecible: más del 30% reconoce procrastinar sus metas y evitar tomar decisiones relacionadas con ellas, un patrón que se repite dos o tres veces por semana. En idiomas, por ejemplo, dicen querer dedicar cuatro sesiones semanales y se quedan, de media, en dos.

Las microdecisiones, esas que el estudio cifra en 35.000, no son por sí mismas el problema, advierte Pérez. Lo son cuando se acumulan en contextos de sobrecarga o cuando la persona funciona en clave perfeccionista. «Incluso decisiones triviales pueden volverse costosas porque se someten a un análisis excesivo», apunta. El gasto no está en elegir camiseta, sino en revisar la elección.

Rutinas, listas, clases programadas: atajos contra el bloqueo

Frente al desgaste, los encuestados recurren a estrategias reconocibles: descansos (42%), prioridades claras (31%), rutinas (31% entre los jóvenes), ejercicio (30%), delegar decisiones (18%) o tirar de listas (17%). La lógica de fondo es siempre la misma: reducir la cantidad de elecciones que el cerebro tiene que sostener al día. «Reducir decisiones diarias es una forma directa de combatir la fatiga decisional. Las clases programadas ayudan a sostener hábitos sin depender de la motivación del momento», resume Yolanda del Peso, portavoz de Preply.

Pérez coincide en que la organización ayuda, pero invita a no quedarse en la superficie. El trabajo de fondo, explica, no consiste en mejorar la calidad de las elecciones, sino en modificar la relación con el propio proceso de decidir. Eso implica jerarquizar: “discriminar qué decisiones merecen análisis y cuáles no”. Implica también identificar las conductas de evitación y permitirse decidir aun con incomodidad. «La incomodidad no es una señal de error, sino una respuesta normal ante la incertidumbre y ante lo que es valioso para nosotros», señala. 

La clave está en flexibilizar las reglas internas más rígidas: la idea de que hay que elegir siempre la mejor opción, la intolerancia al error, la creencia de que equivocarse equivale a fracasar. «El problema no radica en que las personas tengan que tomar muchas decisiones, sino en cómo se relacionan con la posibilidad de equivocarse», concluye. “Cuando decidir deja de ser algo que hay que evitar el agotamiento pierde gran parte de su fuerza”. “Debemos tomar las decisiones con la información y las herramientas que tenemos en el momento presente,  estableciendo nuestros criterios en  función de nuestros valores personales, en función de lo que es valioso para nosotros y en dirección a la vida que queremos vivir”, argumenta. 

“Es importante promover en la persona una orientación más funcional, basada en tomar decisiones con la información disponible y aceptar que equivocarse forma parte del proceso natural y adaptativo de estar vivo”, zanja Pérez. Elegir una cosa implica perder otra. El futuro siempre será impredecible. Queda, al final, una pregunta que el estudio no formula y que la consulta sí devuelve a menudo: cuántas de esas 35.000 decisiones diarias son realmente decisiones, y cuántas son intentos de eliminar una incertidumbre que no se va a ir.

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