Cuando sonreír era de pobres: por qué ha cambiado la forma en la que se posa en las fotos

Hasta finales del siglo XIX sonreír en una fotografía era cosa de borrachos o de clase baja; el marketing de la cámara doméstica reescribió el código facial en apenas tres décadas.

Cuando sonreír era de pobres: por qué ha cambiado la forma en la que se posa en las fotos

Si abrimos el álbum de fotos de nuestros antepasados encontraremos un desfile de caras serias. Mandíbulas apretadas, miradas fijas, labios rectos. Incluso algún ceño fruncido. La tentación es leerlo como una época sombría, gente más triste, vidas más duras. Pero el posado de aquellas fotos no tiene mucho que ver con su estado anímico. Tiene que ver más con la química, la pintura y, sobre todo, con un señor llamado George Eastman que decidió que sacar fotos tenía que ser tan fácil como apretar un botón.

Inventor Thomas Edison and George Eastman poses for a portrait with a motion picture camera at Eastman’s house in 1928 in Rochester, New York. (Photo courtesy Library of Congress/Getty Images)

Entre 1840 y 1880 las cámaras necesitaban que las personas permanecieran completamente inmóviles durante varios segundos. Incluso minutos. Sucede lo mismo que cuando tratamos de hacer una fotografía de larga exposición con una cámara: si nos movemos sale borrosa. Mantener una sonrisa durante mucho tiempo sin parecer decrépito es misión imposible y, sobre todo, incómod. 

A esa restricción técnica se le sumaba una herencia cultural más vieja que la propia técnica fotográfica. La historiadora cultural Christina Kotchemidova, en «Why We Say ‘Cheese’: Producing the Smile in Snapshot Photography», explica que en la tradición del retrato pintado europeo enseñar los dientes estaba reservado a tres tipos de personajes: borrachos, niños, locos y, en general, gente de clase baja. Un caballero o una dama burgueses posaban con la boca cerrada. Esa convención se trasladó automáticamente al nuevo medio. Cuando el burgués del XIX se sentaba ante la cámara del estudio, asumía la pose seria del retrato al óleo porque era lo que correspondía a alguien respetable. Había que mostrar sobriedad y neutralida. Sonreír era, literalmente, salirse del registro.

Hay un dato que refuerza esta tesis. El escritor Mark Twain dejó por escrito en una carta de 1883 una idea que, leída hoy, es surreal: «una fotografía es un documento muy importante, y no hay nada más absurdo que dejar que una sonrisa estúpida y boba quede fijada para siempre». Para alguien de aquella época, la foto era el equivalente de un retrato pictórico: un objeto solemne, raro, costoso, que iba a sobrevivirte. No tenía sentido comportarse en ella como en una taberna.

Well wishers throw confetti as singer songwriter Paul McCartney and his new wife Linda, nee Eastman, leave Marylebone Registry Office, London, after their civil wedding ceremony, 12th March 1969. (Photo by C. Maher/Daily Express/Getty Images)

Kodak y la democratización de la imagen

El cambio empieza gracias a un anuncio. George Eastman fundó Kodak en 1888 y en 1900 lanzó la Brownie, una cámara de cartón forrado, formato cuadrado, que costaba un dólar. La película costaba quince centavos. El eslogan se ha quedado en los manuales de publicidad: “Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto”. La fotografía dejaba de ser un asunto de ricos y pijos con dinero para convertirse en algo que podía hacer una familia obrera en una merienda. La democratización del medio fue brutal: en los años veinte Kodak vendía millones de cámaras al año en Estados Unidos.

Aquí entra el marketing. Eastman entendió antes que nadie que para vender cámaras no bastaba con vender máquinas: había que vender un uso, una emoción asociada. La campaña de la «Kodak Girl», lanzada en 1893 y prolongada durante décadas, mostraba siempre a mujeres jóvenes, de vacaciones, en la playa, sonrientes, con la cámara en la mano. ¿Qué mejor que asociar tu producto a la felicidad? Los anuncios de los años veinte y treinta repiten la fórmula machaconamente: la fotografía aparece ligada al ocio, al viaje, al momento feliz que merece la pena conservar. La cámara ya no es un instrumento para retratos solemnes sino un accesorio para capturar lo agradable. Y si lo que se captura es agradable, lo lógico es salir sonriendo.

El propio «say cheese» como instrucción para fotografiar tiene fecha aproximada. La primera mención documentada en prensa apareció en un periódico de Texas, el Big Spring Herald, en 1943, atribuyendo la fórmula a un antiguo embajador estadounidense. Pero la idea ya circulaba antes en los manuales de fotógrafos de retratos: la «ee» final del inglés tira de las comisuras de los labios hacia arriba y produce una sonrisa estándar, replicable, encajada en el tiempo de obturación. Cada idioma desarrolló su variante. En España «patata» o «whisky»; en Italia «cheese» sin traducir o «famiglia»; en Japón «ii» o «cheezu». La instrucción es siempre la misma: poned la boca como si dijerais esto.

La cuantificación de este giro la hicieron Christopher Said y un equipo del MIT en 2017. Analizaron 37.921 fotografías de orla escolares estadounidenses entre 1905 y 2013 usando un algoritmo de detección facial y midieron la curvatura de la boca año a año. La tendencia es clarísima y publicada en el Journal of Vision: en 1905 las sonrisas son prácticamente inexistentes; en los años treinta empiezan a aparecer; a partir de los sesenta son ya mayoritarias; en las últimas décadas son universales. La curva sigue casi punto por punto la penetración de la cámara doméstica y, después, del flash de bolsillo, la Polaroid y la cámara digital. La alegrías es ya un requisito indispensable de nuestra identidad visual. 

Cada salto técnico aceleró el cambio. El flash electrónico, popularizado tras la Segunda Guerra Mundial, eliminó el último resto de exposición prolongada. La Polaroid de Edwin Land, lanzada en 1948, introdujo el resultado instantáneo y la lógica del posado divertido (si la foto sale mal, se hace otra). La cámara compacta de los setenta convirtió el carrete en un objeto cotidiano. Y el smartphone, desde 2007, terminó la operación: ahora cada uno lleva encima una cámara con la que se hace decenas de fotos diarias, casi todas con sonrisa, casi todas pensadas para circular por redes. La foto ha pasado de ser un documento a ser una performance.

Lo curioso es que la sonrisa fotográfica contemporánea es tan convencional como lo era la cara seria del XIX. No expresa necesariamente alegría: expresa el conocimiento del código. Cuando alguien levanta el móvil sabes que toca sonreír igual que en 1880 sabías que tocaba poner cara seria. La selfie, con su batería de gestos repetidos —el morrito, el ojo guiñado, los dedos en uve, la sonrisa tipo Instagram con la boca cerrada— es una etiqueta tan estricta como la de un estudio victoriano. Cambia el contenido del gesto obligatorio, no la obligación.

Photographed by Cass Bird

Quizá lo más interesante de esta historia es que ningún cambio de humor colectivo está detrás del giro. Nadie demostró que la gente fuera más infeliz en 1880 que en 1980. Lo que cambió fue el aparato, el precio, la publicidad y la idea misma de qué es una fotografía. Eastman y sus herederos nos enseñaron a posar como si la vida fuera, sobre todo, lo que merece ser recordado. Cuando tu bisabuela posaba seria no estaba triste: estaba siendo una señora respetable. Cuando te haces un selfie con tus amigos cenando y sonríes estás dentro de un canon. Cuando tus sobrinos pone morritos en TikTok no es necesariamente feliz: está cumpliendo el mismo tipo de protocolo. El manual lo escribieron en Rochester, Nueva York, hace ciento veinticinco años.

La era del digital detox.

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