A los doce años, más de la mitad de los adolescentes españoles ya tiene un perfil abierto en alguna red social. Lo abren sin acompañamiento, sin guía y sin haber aprendido todavía a distinguir un titular contrastado de un bulo viral. Lo que viene después es un goteo diario que se mide en horas frente a la pantalla: casi la mitad de los jóvenes pasa entre tres y cuatro horas conectada cada día a redes sociales, y un 18% supera las cinco. En ese flujo continuo se mezclan vídeos de humor, mensajes de amigos, noticias de actualidad, opiniones disfrazadas de hechos y mentiras que circulan sin frenos.
El estudio ¿Cuánto cuesta una mentira?, elaborado por la agencia evercom junto a FAD Juventud y la Universidad Complutense de Madrid a partir de 800 entrevistas a personas de entre 15 y 24 años, dibuja un retrato preciso de una generación hiperconectada que paga un peaje creciente, emocional y cívico, por habitar un ecosistema informativo en el que casi todo se sospecha.
Informarse a base de titulares
El 70,3% de los jóvenes españoles utiliza las redes sociales como principal canal informativo. La televisión queda en segundo lugar, con un 57,8%, y los medios digitales en tercero, con un 40,1%. La prensa escrita apenas alcanza al 17,6%, una cifra similar a la de quienes ya acuden a herramientas de inteligencia artificial para informarse: un 16,4%.
Ocho de cada diez dicen interesarse por la actualidad, pero seis de cada diez admiten quedarse solo en los titulares o los resúmenes. La verificación, por su parte, es la excepción: apenas un 13% contrasta siempre lo que lee, frente a un 59% que lo hace «a veces» y un 25% «rara vez». Cuando comprueban, lo hacen sobre todo a través de buscadores (60,8%) y, en menor medida, recurriendo a medios de comunicación (39%) o a familiares y amigos (36,1%).
WhatsApp, Instagram, TikTok y YouTube concentran el grueso del consumo. Pero cuando se les pregunta dónde encuentran más contenido falso o manipulado, la respuesta apunta sobre todo a TikTok (46,6%) y a X (20,5%), seguidas a distancia por Instagram (11,5%). Los temas más contaminados son la política (59,1%), los conflictos internacionales (38,1%), la migración (30,9%) y la salud (29,3%).
El cansancio como síntoma
Las cifras sobre exposición a bulos son contundentes: ocho de cada diez aseguran encontrarse con información falsa o dudosa con frecuencia, siete reconocen haber creído alguna como cierta y uno de cada cuatro admite haber compartido un bulo sin saberlo. El 83% cree que la cantidad de información falsa ha aumentado en los últimos años.
Lo más significativo, sin embargo, no está en la exposición, sino en el desgaste. El 67% de los jóvenes afirma que ya no puede confiar plenamente en lo que ve en redes. Un 63% siente frustración al ver que otros comparten bulos. El 55% se siente decepcionado al descubrir que una noticia en la que creía era falsa. Un 54% experimenta impotencia, un 42% reconoce agotamiento mental tras navegar por redes y un 35% admite ansiedad ante la posibilidad de estar consumiendo desinformación.
Casi la mitad, un 44%, evita ya directamente leer sobre ciertos temas porque le causan malestar. Y un 31% ha dejado de usar redes sociales temporalmente por saturación, mientras un 40% se lo ha planteado.
«La desinformación se introduce en un ecosistema ya vulnerable y amplifica las emociones negativas», concluyen los autores del estudio. La OMS ya advertía en 2024 de que el 11% de los adolescentes europeos muestra signos de uso problemático de redes, con índices más altos de depresión, ansiedad y trastornos del sueño entre quienes pasan más tiempo conectados.
De la fatiga informativa a la desafección
El círculo no se cierra en la pantalla. El 87,6% de los jóvenes considera que la desinformación ha dañado la calidad democrática en España. Solo el 43,2% confía en los medios tradicionales para informarse de manera objetiva, y un 34,2% en las redes sociales. Cuatro de cada diez no creen que el sistema democrático esté preparado para afrontar este fenómeno.
La desconfianza se traduce en distancia. Apenas el 24,6% pertenece a alguna asociación o colectivo, y entre un 41,9% y un 46,7% reconoce que, pese a tener edad para hacerlo, nunca ha votado. Casi la mitad (48,3%) admite sentirse poco motivada para seguir la actualidad política o participar en debates. La OCDE define este fenómeno como «fatiga cívica»: la pérdida de energía democrática provocada por la exposición continua a discursos polarizados y desinformación sistemática.
Llamativa es también la diagnosis sobre la responsabilidad. El 88% de los jóvenes cree que no le corresponde a título personal frenar la propagación de la desinformación. Cuando se les pregunta quién debería liderar esa tarea, señalan a las plataformas (28,9%), a los medios (23,3%) y al Gobierno e instituciones (21,8%). El 72% reclama que las redes adviertan de manera visible cuando una información es dudosa.
Una rendija para reconstruir
Pese al cuadro general, el estudio detecta también una disposición al cambio. El 72,5% de los jóvenes dice confiar en las herramientas de verificación. El 63% querría aprender a identificar noticias falsas. Un 56,9% cree que su centro educativo o lugar de trabajo debería ofrecer formación específica, y un 40% participaría en talleres sobre desinformación.
«La verdad se ha vuelto un bien emocionalmente escaso, y protegerla es también proteger el bienestar colectivo», apuntan los investigadores. La alfabetización mediática emerge como la apuesta de fondo. La desinformación ya no es un accidente del sistema digital, sino algo transversal. La pregunta que titula el estudio encuentra una respuesta clara: el coste es bastante más de lo que parece.
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