Hablamos con Filip Custic, Chino Moya y YZA Voku sobre el futuro de la imagen en la era del IA Slop

La inteligencia artificial ha democratizado la producción visual, pero también ha obligado a replantear qué entendemos por creatividad.

Cortesía de Yza Voku
Cortesía de Yza Voku

La saturación de imágenes generadas por la democratización de la creación ha dado lugar a un nuevo lujo: el criterio.

Abres Instagram, TikTok o X y, durante unos minutos, todo parece impresionante. Paisajes imposibles, retratos hiperrealistas, escenas que desafían cualquier lógica, vídeos que parecen sacados de una superproducción. Sin embargo, cierras la aplicación y apenas recuerdas una sola imagen de las que acabas de ver. No es que internet produzca menos imágenes interesantes. Es que nunca había producido tantas al mismo tiempo. El problema ya no es acceder a ellas. Es conseguir que alguna permanezca en tu memoria.

Buena parte de este fenómeno se ha resumido bajo un mismo concepto: AI Slop, un término utilizado para describir la avalancha de imágenes generadas con inteligencia artificial que inundan las redes sociales, y que, por supuesto, habla de una cultura visual que ha empezado a premiar la cantidad por encima del significado.

Para entender cómo está cambiando el valor de las imágenes en un momento en el que producirlas nunca ha sido tan fácil, hablamos con tres creadores que llevan años explorando los límites del lenguaje visual desde disciplinas diferentes. Filip Custic, artista multidisciplinar conocido por construir algunos de los imaginarios visuales más reconocibles de la escena creativa española e internacional; Chino Moya, cineasta y artista visual premiado internacionalmente; y YZA Voku, artista digital y director creativo que ha desarrollado proyectos para artistas como The Weeknd.

Filip Custic ni siquiera responde hablando de inteligencia artificial cuando le pregunto qué hace que una imagen siga siendo memorable. Habla de responsabilidad: «Mi premisa siempre es intentar hacer una aportación cultural», explica. No habla de viralidad, ni de métricas, ni de tendencias. Habla de ampliar el imaginario colectivo y de trabajar «con amor y respeto hacia la disciplina». En una época obsesionada con producir más, su respuesta resulta casi contracultural.

Esa idea aparece de nuevo cuando reconoce que, con el tiempo, ha aprendido a distinguir cuándo una obra nace de una necesidad genuina y cuándo simplemente responde a la presión por producir. La reflexión desplaza el foco del debate hacia un lugar mucho más interesante. Quizá el verdadero problema del AI Slop no sea la inteligencia artificial, sino haber convertido la producción en un fin en sí mismo.

Internet premia el volumen; el arte, históricamente, nunca lo ha hecho. Custic tampoco demoniza el engagement. Al contrario. Cree que una obra puede conectar con millones de personas y que eso no hace más que amplificar su impacto cultural. La diferencia, insiste, está en el punto de partida: el engagement no puede ser el objetivo del proceso creativo, sino una consecuencia de él.

Puede parecer una distinción sutil, pero cambia por completo la lógica de creación. Una imagen concebida para generar interacción y otra creada para expresar una idea pueden terminar obteniendo exactamente las mismas métricas. Lo que las separa no es el resultado, sino la intención con la que fueron concebidas. Y quizá ahí resida hoy una parte esencial del valor creativo del artista: no tanto en la imagen que produce, sino en el motivo por el que decide producirla.

Siempre hemos admirado a los artistas por su capacidad para ejecutar una idea. Hoy cualquiera puede generar una imagen técnicamente impecable en cuestión de segundos. Cuando la ejecución deja de ser excepcional, el valor empieza a desplazarse hacia otro lugar. Ya no consiste únicamente en saber producir. Consiste en saber por qué merece la pena hacerlo.

Esa idea conecta directamente con una reflexión que plantea Chino Moya, cineasta y artista. Cuando le pregunto qué pierde una imagen cuando deja de formar parte de una narrativa, su respuesta es tan sencilla como demoledora: «Una imagen sin narrativa, sin concepto, se convierte en una imagen vacía, en contenido que transporta escasa información, como la comida ultraprocesada que apenas tiene nutrientes».

La comparación va mucho más allá de una metáfora ingeniosa. Igual que la industria alimentaria descubrió hace décadas cómo fabricar productos capaces de activar nuestros impulsos sin aportarnos apenas valor nutricional, internet parece haber aprendido a producir imágenes diseñadas para estimular nuestra atención sin dejar apenas rastro. Las vemos, reaccionamos y seguimos deslizando. Cinco minutos después, la mayoría ya ha desaparecido de nuestra memoria.

Quizá por eso el AI Slop no deba entenderse como una cuestión tecnológica, sino como el síntoma más visible de una economía que ha aprendido a recompensar la atención inmediata por encima del significado. Ya no se trata de construir imágenes que alguien quiera recordar, sino de fabricar estímulos capaces de sobrevivir unos segundos dentro del algoritmo.

Chino Moya, sin embargo, propone desplazar el debate hacia otro lugar. Para él, la inteligencia artificial no supone el final de la creatividad, sino el inicio de una nueva etapa en la historia de las imágenes. Igual que la invención de la fotografía transformó la pintura o el cine cambió nuestra manera de construir relatos, la IA modificará inevitablemente el lenguaje visual. Cambiarán las herramientas, los procesos e incluso la identidad del propio artista. Pero precisamente por eso, sostiene, el relato adquirirá todavía más importancia.

«A día de hoy cualquier persona puede producir una imagen con grandes valores de producción, aunque no tenga ningún tipo de talento artístico. Lo que los humanos podemos aportar al proceso es precisamente un relato.»

La afirmación obliga a replantear una de las ideas que más se ha repetido desde la llegada de la IA: que democratiza la creatividad. Quizá la creatividad nunca estuvo realmente en la producción, sino en la capacidad de construir significado a partir de ella.

Lo que sí ha democratizado es la ejecución. Hoy generar una imagen técnicamente impecable ya no está reservado a quienes dominan una disciplina concreta. Las herramientas son cada vez más accesibles y las barreras de entrada cada vez más bajas. Lejos de anunciar el fin del artista, ese cambio desplaza el valor creativo hacia aquello que resulta mucho más difícil de automatizar: una mirada propia, una sensibilidad reconocible y la capacidad de construir un universo con sentido.

Si cualquiera puede producir una imagen espectacular, la espectacularidad deja de ser suficiente. Y cuando la técnica deja de ser un factor diferencial, empiezan a cobrar importancia otras capacidades mucho más difíciles de automatizar: construir un universo propio, conectar referencias, desarrollar una sensibilidad reconocible o encontrar una forma única de mirar el mundo. En otras palabras, la tecnología está desplazando el valor desde la producción hacia el pensamiento crítico.

Es curioso que esa misma idea aparezca, con otras palabras, en las respuestas de Filip Custic. Cuando le pregunto si estamos confundiendo espectacularidad con creatividad, evita caer en una oposición simplista. Para él, una obra puede ser ambas cosas al mismo tiempo. Lo importante no es renunciar al impacto visual, sino que ese impacto nazca de una idea y no de una fórmula. Porque una imagen espectacular puede detener el scroll, pero solo aquella con significado consigue permanecer cuando el teléfono está apagado.

En una época en la que generar imágenes cuesta apenas unos segundos, quizá el verdadero trabajo creativo ya no consista en producir más, sino en decidir qué merece existir. YZA Voku introduce un concepto que atraviesa silenciosamente toda la creación contemporánea: el criterio. «Generar es abundancia; descartar es criterio», resume el artista. La frase parece sencilla, pero describe uno de los mayores cambios que ha vivido la producción visual en décadas.

Antes, el proceso creativo estaba condicionado por la escasez. Hacer una fotografía implicaba carretes limitados. Rodar una película suponía un presupuesto. Incluso el retoque digital estaba condicionado por el tiempo y los recursos disponibles. Cada decisión implicaba renunciar a muchas otras.

Ahora generar cien versiones de una misma imagen cuesta prácticamente lo mismo que generar una. La abundancia deja de ser un problema técnico para convertirse en un problema creativo. Y es precisamente ahí donde aparece la paradoja: Cuantas menos barreras existen para producir, más importante resulta saber detenerse, más importante resulta elegir, más importante resulta renunciar.

YZA insiste en que lo verdaderamente humano nunca ha estado en los píxeles, sino en «la intención, la selección y la renuncia». Es una idea especialmente interesante porque introduce una palabra que rara vez aparece cuando hablamos de inteligencia artificial: renunciar. Sin embargo, probablemente sea una de las acciones más importantes dentro de cualquier proceso creativo. Crear nunca ha consistido únicamente en añadir elementos a una obra; también ha implicado decidir qué dejar fuera. Un fotógrafo escoge un encuadre y descarta decenas de posibilidades. Un director elimina escenas durante el montaje. Un diseñador prueba versiones que jamás llegarán a ver la luz. La creatividad siempre ha sido, en parte, un ejercicio de edición.

La llegada de la inteligencia artificial no elimina esa necesidad, sino que la intensifica. Cuanto más fácil resulta producir imágenes, más importante se vuelve desarrollar el criterio suficiente para decidir cuáles merecen existir. La abundancia deja de ser un reto técnico para convertirse en un reto creativo. En un contexto en el que generar cientos de versiones de una misma imagen apenas requiere esfuerzo, el verdadero valor ya no reside en producir más, sino en saber cuándo detenerse.

Esa reflexión conecta con otra de las ideas centrales de YZA. «Puedes generar imágenes o plagiar ideas, pero la mirada no es replicable. La experiencia siempre será humana». La diferencia entre ambas cosas es fundamental. Una herramienta puede aprender un estilo, reproducir una composición o imitar una estética determinada, pero resulta mucho más difícil replicar la forma en la que una persona conecta referencias, interpreta el mundo o encuentra relaciones inesperadas entre conceptos aparentemente inconexos.

Lo más interesante es que esa conclusión aparece de forma recurrente en las conversaciones con los tres artistas, aunque cada uno llegue a ella desde un lugar distinto. Filip Custic habla de la necesidad de hacer una aportación cultural; Chino Moya defiende que el verdadero valor de una imagen reside en el relato que construye; y YZA sitúa el foco en el criterio. Son conceptos diferentes, pero todos apuntan hacia la misma dirección: en un momento en el que producir imágenes nunca ha sido tan sencillo, el valor creativo deja de estar únicamente en la capacidad de hacerlas y pasa a residir en la capacidad de dotarlas de significado.

Quizá por eso también conviene replantear una de las grandes promesas que ha acompañado a la inteligencia artificial desde su popularización: la idea de que democratiza la creatividad. Lo que realmente ha democratizado es la producción. Y ambas cosas no son equivalentes. Porque producir imágenes nunca fue el objetivo final del arte. El objetivo siempre ha sido construir una mirada capaz de transformar una idea en algo que permanezca.

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