Un sueño de infancia hecho realidad.
Lewis Hamilton no llegó a Monza —el histórico circuito italiano que acoge el Gran Premio de Italia y la carrera de casa de Ferrari— como uno más. El piloto llegó al volante de un Ferrari F40, el coche que de niño coleccionaba en miniatura y que, según reconoció él mismo, siempre fue «la estrella» de su colección. Lo que parecía una fantasía lejana para aquel niño se convirtió en objetivo real desde que fichó por la Scuderia, cuando empezó la búsqueda del ejemplar perfecto. Y no cualquier F40 valía: quería kilometraje bajo, sí, pero sobre todo historia auténtica, algo que muchos de los que salieron a subasta simplemente no tenían.
Tras descartar varias unidades por falta de autenticidad o restauraciones poco fieles, el destino le puso delante lo que en el mundillo automovilístico se conoce como un auténtico unicornio, un F40 que su anterior propietario condujo una única vez, los 69 kilómetros que separan Maranello de su casa, y que después dejó guardado durante más de tres décadas sin volver a tocarlo. La puerta del copiloto, de hecho, ni siquiera había llegado a abrirse. Convencer al dueño de desprenderse de semejante joya no fue inmediato, pero Hamilton lo consiguió y trasladó el coche a Maranello para su puesta a punto.
La sorpresa que ni él esperaba
Fue durante esa revisión en Ferrari Classiche cuando llegó el giro inesperado. Los técnicos comprobaron que el estado mecánico era prácticamente perfecto, sin apenas necesidad de sustituir piezas, y al extraer el motor descubrieron algo que parecía escrito por el propio destino, llevaba grabado el número 44, el mismo dorsal con el que Hamilton ha competido toda su carrera en Fórmula 1. Una coincidencia que, según confesó, al principio le costó creer.

Una entrada pensada para Monza
Con el coche ya restaurado, Hamilton eligió el momento perfecto para presentarlo, el Gran Premio de Italia, la carrera de casa de Ferrari. Su llegada al paddock generó tal revuelo que hasta la propia FIA le dedicó preguntas en la rueda de prensa oficial, y compañeros como Pierre Gasly no dudaron en pedirle una vuelta en el mítico superdeportivo. Para el británico, sacar el F40 en Monza fue también una forma de rendir homenaje a la historia de la marca en su propio territorio, algo que, según explicó, ningún piloto de Ferrari había hecho antes con coches tan icónicos como el GTO o el propio F40.
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