Durante años, Albert Coll fue más que una joyería: fue un pulso creativo incrustado en la Barcelona que pensaba, diseñaba y experimentaba. Fundada en los sesenta por el joyero y diseñador del mismo nombre, la firma llegó a expandirse en tres tiendas y a consolidar un lenguaje propio donde la forma, el riesgo y el diálogo con el arte marcaban el ritmo. Entre las piezas que nacieron en ese contexto, una cruz adquirida por Pablo Picasso permanece como parte del ADN simbólico del proyecto.
Con la jubilación de Albert Coll, el taller quedó en silencio. Un paréntesis largo, cargado de memoria, que se reactivó desde un lugar inesperado y profundamente personal. Fue su nieta, Mireia Arasa, quien decidió volver. No como un gesto estratégico, sino como un acto íntimo. En un momento vital especialmente frágil —con la pérdida reciente de su madre a causa de un cáncer—, el regreso al taller familiar se convirtió en una forma de acompañar a su abuelo y de transformar el duelo en continuidad.
El reencuentro empezó por el archivo. Dibujos, bocetos y piezas que dormían en cajones volvieron a respirarse con tiempo. Desde ahí, el taller se puso de nuevo en marcha, primero mirando hacia dentro y, poco a poco, proyectándose hacia el presente. Hoy, Albert Coll inaugura una nueva etapa con el lanzamiento de la primera colección diseñada por Mireia: una propuesta que convive con joyas originales del fundador y que construye un diálogo honesto entre generaciones.
El pasado no aparece aquí como fetiche ni como nostalgia. Los dibujos inéditos de Albert Coll siguen tomando forma en el ahora, mientras las nuevas piezas de Mireia heredan el gesto artesanal y lo reinterpretan desde una sensibilidad contemporánea, más silenciosa, más consciente. El archivo se convierte en columna vertebral: material creativo, relato visual y prueba de que el oficio también es tiempo acumulado.
Cada joya funciona como una conversación abierta, no como un objeto cerrado. Una cadena de gestos que se transmiten, se transforman y siguen vivas. Albert Coll no mira atrás para repetirse, sino para avanzar. Porque cuando la memoria se trabaja, deja de ser reliquia y se convierte en materia activa.
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