Bad Bunny y Zara: el look más debatido de la Super Bowl 2026

El artista vistió Zara en la Super Bowl 2026. Analizamos su look, el mensaje político y los límites del gesto en el mayor escenario mediático.

Photo by Kindell Buchanan/PA Images via Getty Images
Photo by Kindell Buchanan/PA Images via Getty Images

El evento televisivo más visto del planeta dejó hace tiempo de ser únicamente un partido de fútbol americano. El llamado Bad Bunny Bowl confirmó lo que ya se intuía: la actuación del artista puertorriqueño en el descanso del Super Bowl 2026 no iba a limitarse a un espectáculo musical, sino que aspiraba a funcionar como una intervención política, social y estética cuidadosamente diseñada. En una puesta en escena de este calibre, el mensaje no se articula solo a través de la música, sino a través de cada detalle. También el vestuario.

La actuación, la primera íntegramente en español en la historia del halftime show, convirtió el estadio en una celebración explícita de la latinidad. Banderas de todo el continente, referencias constantes a Puerto Rico y Nueva York e invitados como Ricky Martin, Cardi B, Karol G y una Lady Gaga convertida en cómplice escénica y simbólica. Juntos interpretaron Die With a Smile, una canción que, en un año marcado por deportaciones masivas y redadas, adquirió una carga política difícil de ignorar.

Todo en la puesta en escena apuntaba a una voluntad clara de ocupar el centro del relato estadounidense desde una identidad históricamente periférica. Se esperaba, por tanto, que Bad Bunny hiciera lo mismo con su vestuario, uno de los terrenos donde más ha tensado los códigos de género, lujo y representación en los últimos años.

Zara en el escenario más caro del mundo

La sorpresa llegó cuando el artista apareció vestido de Zara. Un total look en tonos crema, estilizado por sus colaboradores habituales Storm Pablo y Marvin Douglas Linares, compuesto por una sudadera acolchada —casi de linebacker— con el número 64 bordado (el año de nacimiento de su madre, Lysaurie Ocasio), camisa con corbata, pantalones chinos y sneakers de su colaboración inédita con adidas. Vestir Zara en el escenario más caro del mundo puede leerse como una legitimación de lo popular frente al fetichismo del lujo. Pero también como lo que es: una elección cómoda.

Esa misma lógica de impacto se extendió al calzado. La estrella puertorriqueña llevó al escenario del intermedio las BadBo 1.0 «Resilience», aún no lanzadas al mercado, y su aparición bastó para provocar un auténtico efecto dominó en internet. Según datos de los expertos en zapatillas de JD Sports, las búsquedas globales en Google de «adidas BadBo 1.0» aumentaron un 496 % tras su actuación y la rueda de prensa previa al partido, lo que refuerza el enorme impacto del artista en las tendencias de moda a nivel internacional.

El mensaje y su paradoja

Conviene no olvidar que la Super Bowl es uno de los mayores espacios publicitarios del planeta y que ninguna marca aparece por azar. Que Bad Bunny eligiera una firma masiva, accesible y de origen hispanohablante refuerza su discurso de pertenencia cultural: cantar en español, vestir una marca española, hablarle directamente a una audiencia latina que supera los 65 millones de personas solo en Estados Unidos. Pero esa misma elección suaviza el potencial disruptivo del gesto. Frente a sus recientes apariciones con Schiaparelli, Jacquemus o Maison Margiela —donde ha desafiado frontalmente los códigos de género y lujo—, Zara encaja perfectamente en el sistema.

El estilismo no renunciaba del todo al lujo. En la muñeca, Bad Bunny llevaba un Royal Oak de Audemars Piguet en oro amarillo de 18 quilates con esfera de malaquita. La fórmula clásica de las celebridades actuales: parecer cercano sin renunciar al estatus. 

Uno de los momentos más comentados del espectáculo fue la aparición de Lady Gaga, vestida de azul celeste con un diseño de Luar, la firma dirigida por el diseñador dominicano-estadounidense Raul López. Sobre el pecho, un hibisco rojo, la flor nacional de Puerto Rico. La escenografía, que mezclaba referencias a las calles de Puerto Rico y Nueva York, reforzaba esa idea de diáspora compartida.

De la sudadera al galán clásico

A medida que avanzaba la actuación, Bad Bunny sustituyó la sudadera por una chaqueta blanca de esmoquin de doble botonadura y pantalón de pata ancha. El blanco —uno de sus colores fetiche— conecta este look con momentos clave de su trayectoria, como sus apariciones en la Met Gala con diseños de Jacquemus o Maison Margiela, donde ha explorado siluetas tradicionalmente asociadas a lo femenino. Aquí, sin embargo, el blanco servía para cerrar el relato con una imagen pulida.

Vestirse en tiempos de crispación

El vestuario de Bad Bunny en el Super Bowl no puede entenderse al margen del clima político que lo rodea. Días antes, su aparición en los Grammy con un traje de Schiaparelli generó rumores sobre un supuesto chaleco antibalas, alimentados por la polarización y por las críticas públicas del entonces presidente Donald Trump a su elección como protagonista del halftime show. El rumor era falso.

Ese contexto explica una contradicción central de su figura pública. Bad Bunny ha construido su identidad desde el riesgo estético, pero su entrada definitiva en el centro del sistema cultural exige ahora una gestión más contenida del gesto.

Vestirse de Zara puede leerse como una apelación a lo colectivo y a lo reconocible, pero también como una forma de evitar fricciones en el escenario más caro del mundo. La pregunta que deja abierta su look no es si fue coherente, sino si, en un contexto de máxima visibilidad, la normalidad sigue siendo un acto político o ha pasado a convertirse en la opción más cómoda.

Debate racial, cultura y la Super Bowl como espejo de lo que pasa en Estados Unidos.

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