Después de temporadas dominadas por las bailarinas, las Mary Jane y las sneakerinas, la industria empieza a dirigir su mirada hacia un nuevo calzado. Las zapatillas de cinco dedos, las jazz shoes y las siluetas que imitan la anatomía del pie avanzan desde el deporte y el bienestar hasta las pasarelas.
Durante los últimos años, la moda ha intentado acercarse progresivamente al suelo. Primero rebajó la altura de los tacones, después rescató las bailarinas, convirtió las Mary Jane en uniforme generacional y terminó fusionándolas con las zapatillas deportivas en forma de sneakerinas. La nueva etapa de esta evolución podría consistir, directamente, en eliminar casi todo lo que queda entre el pie y el pavimento.
El calzado barefoot (literalmente, “descalzo”) comienza a abandonar el territorio de corredores, fisioterapeutas y consumidores vinculados al bienestar para entrar en el circuito de la moda. Sus códigos son fácilmente reconocibles: suelas muy finas y flexibles, ausencia de desnivel entre el talón y la punta, espacio suficiente para que los dedos se expandan y una estructura que trata de interferir lo menos posible en el movimiento natural del pie.
Pero la moda no siempre adopta una tendencia de manera literal. Las grandes casas están absorbiendo su lenguaje visual: zapatos que parecen guantes, punteras anatómicas, suelas divididas, construcciones blandas y siluetas tan pegadas al pie que parecen a punto de desaparecer. La cuestión ya no es si el barefoot llegará a la moda. La pregunta es hasta dónde llegará y si puede convertirse en el relevo natural de las bailarinas.

Del ‘zapato ortopédico’ al objeto de deseo
El origen de este movimiento suele situarse a principios de los 2000. Vibram lanzó sus FiveFingers en 2004 como una propuesta vinculada inicialmente al outdoor y al natural running: una especie de guante de goma que envolvía cada dedo por separado y prometía ofrecer protección sin aislar por completo el pie del terreno.
Su estética era, deliberadamente o no, lo contrario a lo que la industria consideraba deseable. Durante años, las FiveFingers quedaron asociadas al senderismo, al entrenamiento funcional y a una idea algo excéntrica de la salud. Eran el zapato que podía verse en una carrera de montaña, pero difícilmente en la primera fila de una semana de la moda.
Hoy, precisamente esa rareza se ha convertido en su principal valor. La industria de la moda lleva varias temporadas reivindicando objetos que antes eran considerados poco atractivos: desde Birkenstock y Crocs hasta chanclas, zapatillas acuáticas y calzado técnico. La «belleza» se construye cada vez más a través de la incomodidad visual, la ironía y la capacidad de generar conversación.
Las FiveFingers encajan a la perfección en esa lógica. En 2025, el modelo V-Soul de Vibram, una interpretación entre la bailarina y la Mary Jane con los dedos separados, llegó a situarse entre los productos más demandados de Lyst. Aquello que hace apenas una década parecía la antítesis de la moda aparece ahora como una posible evolución de sus siluetas más populares.
Balenciaga abrió la veda
El salto desde el nicho deportivo hasta la pasarela se produjo cuando Balenciaga colaboró con Vibram en 2020. En su colección otoño-invierno, la maison presentó zapatos de dedos construidos sobre las características suelas de la marca italiana, integrándolos en uno de los desfiles más comentados de aquella temporada. La atmósfera casi apocalíptica intensificaron la sensación de estar viendo un calzado diseñado para un futuro incierto.
No era la primera vez que Demna convertía un producto funcional en lujo, pero aquella colaboración ayudó a legitimar una silueta que hasta entonces permanecía fuera del sistema. Posteriormente, firmas como Suicoke, Midorikawa, Doublet o Takahiro Miyashita The Soloist exploraron también el diseño de dedos separados y las construcciones ultraflexibles.
Desde entonces, la idea de “vestir el pie sin aprisionarlo” se ha extendido por las colecciones. En la temporada primavera-verano 2026, Louis Vuitton presentó zapatos de estética casi descalza, mientras Dior introdujo el modelo Roadie de Jonathan Anderson, descrito por la propia casa como una construcción especialmente flexible cuya suela dividida acompaña los movimientos del pie.
Chanel llevó el concepto todavía más lejos en su desfile Cruise 2026/27 en Biarritz. Algunas modelos caminaron con unas sandalias sin una suela convencional, formadas por finas estructuras que solo cubrían el talón. No eran zapatos barefoot en un sentido técnico, pero sí una representación literal del deseo de eliminar peso, rigidez y distancia respecto al suelo.

Las jazz shoes: el puente entre la bailarina y el barefoot
Antes de que el calzado de cinco dedos pueda convertirse en una opción masiva, la industria parece estar preparando el terreno mediante una silueta más fácil de asimilar: la jazz shoe.
Michael Rider recuperó para Celine una francesina de piel blanda, escotada y prácticamente carente de suela. El modelo, inspirado en los zapatos de danza popularizados durante el siglo XX, se agotó rápidamente y no tardó en generar reinterpretaciones en cadenas como Zara y Massimo Dutti.
Las jazz shoes nacieron entre las décadas de 1920 y 1930 para permitir que los bailarines de foxtrot, boogie-woogie y tap pudieran moverse con mayor libertad que con unos Oxford tradicionales. Rose Repetto perfeccionó posteriormente este tipo de construcción mediante la técnica del cousu retourné, que conseguía una suela flexible y adherida al pie.
En los años setenta, Serge Gainsbourg convirtió las Zizi de Repetto en parte de su uniforme. Jane Birkin le compró su primer par y el músico terminó adquiriendo decenas de ellos cada año. Aquellas francesinas blancas o negras condensaban una forma de elegancia masculina menos rígida.

Su regreso actual no es accidental. Diseños próximos a este arquetipo han aparecido recientemente en las colecciones de Celine, Jacquemus, Jil Sander, Dries Van Noten, Sportmax y Bottega Veneta. Todos comparten una misma idea: un zapato plano, ligero, blando y casi tan flexible como un calcetín.
Las jazz shoes son la transición comercial perfecta. Conservan la delicadeza de una bailarina, pero incorporan una apariencia menos romántica, más desestructurada y ligeramente masculina.

Por qué las bailarinas necesitan un relevo
Las bailarinas han demostrado una capacidad para mutar. Han aparecido en versiones de rejilla, satén, charol, tachuelas, puntera cuadrada, estética de ballet y construcción híbrida con zapatillas. Durante la primavera-verano de 2026 siguen formando parte de las principales guías de tendencias junto a las sneakerinas, los zapatos guante y las zapatillas de perfil bajo. Precisamente por eso, empiezan a mostrar signos de saturación.
Cuando una silueta llega simultáneamente al lujo, al fast fashion, a las redes sociales y a prácticamente todos los segmentos de precio, la industria necesita encontrar una variante capaz de preservar el mismo deseo y añadir un elemento de novedad. El barefoot no rompe completamente con la bailarina, pero la lleva a otro nivel.
Ambos modelos comparten la suela plana, la ligereza y la cercanía visual al pie. Sin embargo, el calzado minimalista introduce valores especialmente relevantes para el consumidor actual: bienestar, funcionalidad, conciencia corporal y una estética extraña.En mi opinión, ahí se encuentra su verdadero potencial.
Pero, ¿quién las lleva?
La llegada de las FiveFingers al armario de las celebrities ha acelerado este cambio de percepción. Jennie, integrante de BLACKPINK, ha sido fotografiada con ellas en el aeropuerto; la modelo Paloma Elsesser las ha incorporado a estilismos cotidianos; Doechii llevó un par en el videoclip de “Anxiety”, y Gilda Ambrosio, cofundadora de The Attico, también se ha acercado a este tipo de calzado. Jodie Turner-Smith fue vista en Los Ángeles combinando unas FiveFingers negras con una camiseta blanca y pantalones cargo caqui.
El mecanismo recuerda a la adopción inicial de otros accesorios considerados “feos”. Primero aparecen en figuras con suficiente legitimidad estética; después llegan a los perfiles de moda, a las editoriales y al street style; finalmente, las marcas suavizan el diseño hasta hacerlo consumible para un público más amplio.
¿Es más saludable caminar con calzado minimalista?
Algunos estudios han observado que el uso de calzado minimalista puede modificar la pisada, reducir determinadas cargas articulares durante la carrera o mejorar la economía de movimiento en corredores con experiencia. Sin embargo, estas ventajas no demuestran que prevenga lesiones de forma general ni que sea superior para todas las personas.
Sin embargo, pasar bruscamente de un zapato amortiguado a otro con suela mínima puede aumentar la carga sobre gemelos, tendón de Aquiles, metatarsos y otras estructuras que no están adaptadas. Los programas de introducción gradual y los ejercicios de fortalecimiento resultan, por tanto, más razonables que reemplazar todo el calzado de un día para otro.
Además, las necesidades cambian en función de la anatomía, el historial de lesiones, el peso corporal, la actividad y el terreno. Un zapato adecuado para caminar distancias cortas no tiene por qué serlo para correr sobre asfalto o permanecer muchas horas de pie.
El interés de la moda por el barefoot debería desligarse, en parte, de promesas absurdas. Tal vez el avance no consista en obligar a todo el mundo a caminar como si estuviera descalzo, sino en cuestionar por qué hemos aceptado durante tanto tiempo zapatos que deforman, comprimen o inmovilizan el pie en nombre de la elegancia.

El lujo de sentir el suelo
El auge del barefoot encaja dentro de un cambio cultural más amplio. Después de años dominados por zapatillas hipertecnológicas, suelas enormes y sistemas de amortiguación cada vez más complejos, aparece una corriente que propone exactamente lo contrario: menos material, menos intervención y más percepción.
Vivobarefoot ha construido parte de su comunicación enfrentándose explícitamente a la industria de la amortiguación. En Londres, la marca llegó a colocar mensajes publicitarios frente a una tienda de On para contraponer la idea de “sentirlo todo” a unas suelas diseñadas para que el usuario apenas perciba el terreno.
La paradoja es evidente. Durante décadas, el progreso en el calzado se midió mediante la incorporación de tecnología. Ahora, el lujo puede empezar a residir en retirarla.
Ese deseo conecta también con el auge de las prendas ligeras, los tejidos naturales, el senderismo, el yoga, el descanso y todas las narrativas de reconexión corporal. Incluso las sandalias técnicas de senderismo se están estilizando mediante suelas mínimas y diseños apenas visibles, presentados como una alternativa al calzado de montaña tradicional.
Por supuesto, la industria sabe transformar cualquier búsqueda de simplicidad en un nuevo producto. El “menos” termina rápidamente convertido en lujo, colaboración limitada y objeto de colección. Caminar casi descalzo puede costar tanto como una zapatilla con años de investigación tecnológica. ¿Pagar más para llevar menos?

¿Sustituirá el barefoot a las bailarinas?
No de forma inmediata ni literal. La bailarina es reconocible, fácil de combinar y aceptable en prácticamente cualquier contexto. Lo que sí parece estar terminando es su monopolio sobre la idea de calzado plano y delicado. Las jazz shoes, las zapatillas de perfil bajo, las construcciones guante, las FiveFingers y las sandalias sin apenas suela están ampliando miras.
El futuro más probable no será una sustitución total, sino una contaminación. Las bailarinas se volverán más blandas, anchas y anatómicas; el barefoot adoptará materiales y acabados más sofisticados; y entre ambos extremos surgirá una nueva generación de zapatos.
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