Cibercafés, bloques residenciales, parques infantiles vacíos, televisores de tubo, cámaras digitales y supermercados de barrio. El Chinese Dreamcore está convirtiendo la China de finales de los noventa y principios de los dos mil en uno de los archivos emocionales más potentes de internet. Una estética construida a partir de recuerdos cotidianos que ahora circulan como imágenes de un tiempo aparentemente más lento, más imperfecto y, sobre todo, todavía lleno de posibilidades.
Una urbanización fotografiada al caer la noche. En primer plano, un parque infantil vacío; detrás, varios bloques de viviendas con algunas ventanas encendidas. La fotografía tiene poca resolución, un ligero desenfoque y ese tono azulado que dejaron muchas cámaras digitales de principios de los dos mil. No sucede nada especialmente memorable dentro de la imagen y, aun así, resulta difícil apartar la vista. Hay algo familiar en ella, incluso para alguien que nunca haya estado en China.
Esa sensación explica buena parte del atractivo del Chinese Dreamcore, una estética que lleva tiempo creciendo en redes alrededor de fotografías, vídeos y recreaciones de la vida cotidiana china de finales de los noventa y primeros años del siglo XXI. Su archivo está lleno de lugares como cibercafés, tiendas, colegios, restaurantes, portales, parques o interiores de casas. También aparecen televisores CRT, ordenadores antiguos, interfaces de Windows, cámaras compactas y servicios como QQ, referencias que para una parte de la generación que creció entonces forman parte de una memoria muy concreta.
El fenómeno no consiste en recuperar fotografías antiguas. La clave está en cómo se seleccionan, editan y vuelven a poner en circulación. Lo relevante es la manera en la que esas imágenes reinterpretan el pasado desde el presente, convirtiéndolo en un espacio onírico y melancólico. El Chinese Dreamcore convierte materiales cotidianos del pasado en una versión con un tono irreal, donde la baja resolución, los espacios vacíos y la tecnología obsoleta dejan de ser marcas del tiempo para convertirse en el lenguaje principal de la imagen.
Qué es el Chinese Dreamcore
El término se mueve dentro del universo más amplio del dreamcore, una de esas etiquetas que internet ha construido a partir de una sensación. El dreamcore reúne imágenes que parecen extraídas de un sueño: lugares conocidos que, por algún motivo, han dejado de comportarse con normalidad. Puede ser una piscina cubierta sin nadie alrededor, una habitación infantil demasiado silenciosa o un pasillo que parece no terminar nunca.
De ahí su cercanía con los espacios liminales, otra de las grandes obsesiones de la cultura digital reciente. El concepto de liminalidad se utiliza desde hace décadas para describir estados de transición, pero internet lo trasladó al terreno de la arquitectura y comenzó a aplicarlo a aquellos lugares que normalmente utilizamos como espacios de paso. Pasillos, aeropuertos, hoteles, estaciones, centros comerciales, colegios o salas de espera adquieren un significado diferente cuando aparecen completamente vacíos, porque son lugares cuya función habitual depende precisamente de la presencia de personas.
El ejemplo más evidente sigue siendo The Backrooms. La ficción nació en 2019 a partir de una fotografía de varias habitaciones amarillentas cubiertas de moqueta y alumbradas por fluorescentes. La imagen era banal, pero precisamente por eso resultaba inquietante. Podía recordar a una oficina, un hotel, un edificio administrativo o cualquier otro espacio corporativo genérico, aunque no existía ningún elemento que permitiera situarlo con precisión.
A partir de aquella fotografía, los usuarios imaginaron un universo en el que una persona podía abandonar los límites de la realidad y terminar atrapada dentro de un laberinto interminable de habitaciones similares. La idea se expandió rápidamente mediante relatos, vídeos y videojuegos hasta convertirse en una mitología colectiva. Ahora, esta famosa leyenda de internet ha sido adaptada a una película de terror. Chinese Dreamcore utiliza una lógica parecida, aunque en lugar de orientarse directamente hacia el terror trabaja principalmente con la nostalgia.
Por qué los años 2000 vuelven una y otra vez
Para comprender por qué este fenómeno está generando tanta atención, también resulta necesario observar el periodo histórico al que hace referencia. La China de finales de los noventa y principios de los dos mil atravesaba una transformación económica, urbana y tecnológica. Las ciudades crecían a gran velocidad, aparecían nuevas infraestructuras, aumentaban las oportunidades de consumo y las tecnologías digitales comenzaban a incorporarse de forma acelerada a la vida cotidiana.
Todavía había televisores de tubo en los salones, pero los ordenadores domésticos empezaban a hacerse habituales. Los cibercafés se convirtieron en espacios de socialización para una generación que estaba descubriendo internet, mientras servicios como QQ empezaban a formar parte del día a día. Las cámaras digitales sustituían poco a poco al carrete y registraban aquella transición con una calidad que hoy reconocemos casi automáticamente. Es ese momento de cambio lo que hace que resulte tan atractivo. No estamos ante un mundo completamente analógico ni ante la vida conectada que conocemos ahora. Todo parece estar a medio camino.
La nostalgia nunca funciona como una reconstrucción exacta de la realidad. Cuando recordamos una época seleccionamos determinados momentos y dejamos otros fuera. Los recuerdos agradables pueden adquirir más importancia con el paso del tiempo, mientras que las dificultades, y las desigualdades de aquel periodo desaparecen de la imagen que construimos desde el presente. La China de principios de los dos mil estuvo atravesada por enormes diferencias sociales y transformaciones laborales que no suelen aparecer dentro de estas representaciones nostálgicas.
Por eso resulta más interesante entender Chinese Dreamcore como una reconstrucción emocional que como una representación histórica. El fenómeno no nos dice cómo era China durante aquellos años, sino cómo una parte de sus habitantes y de los usuarios de internet está eligiendo recordarla ahora. La nostalgia siempre implica una selección, y esa selección suele revelar tanto sobre el presente como sobre el pasado al que aparentemente está mirando.
Por qué una foto de China puede recordarte a tu infancia en España
Uno de los aspectos más llamativos del fenómeno es que sus imágenes también generan una respuesta emocional entre personas que nunca vivieron en China. Muchas de sus imágenes funcionan perfectamente entre usuarios que crecieron a miles de kilómetros de esos barrios. Alguien que creció en Madrid, Shanghai o Buenos Aires puede observar la fotografía de una urbanización china tomada en 2002 y encontrar en ella algo familiar. La explicación puede estar en que muchas de esas imágenes contienen elementos que no pertenecen exclusivamente a un lugar, sino a una época compartida de transformación tecnológica.
La baja resolución de las cámaras compactas, el flash directo, los televisores de tubo, los primeros ordenadores domésticos o la estética de los centros comerciales formaron parte, con diferencias evidentes, de la experiencia visual de muchos países durante aquellos años. Una fotografía puede tener dos niveles de lectura distintos. Para una persona que creció en China puede representar un recuerdo cultural concreto, mientras que para un espectador extranjero puede activar recuerdos personales asociados a objetos o ambientes parecidos.
Internet ha intensificado esto. Podemos acceder a fotografías familiares de desconocidos, anuncios televisivos de otros países, páginas web desaparecidas y grabaciones urbanas realizadas décadas atrás. Todo ese material circula fuera de su contexto original y acaba mezclándose con nuestras propias experiencias hasta hacer cada vez más difícil distinguir entre aquello que realmente vivimos y aquello que hemos visto repetidamente.
La generación Z ha crecido precisamente dentro de esta disponibilidad permanente del pasado. Para ella, las décadas anteriores no están guardadas en una secuencia ordenada, sino disponibles simultáneamente dentro de la misma pantalla. Un vídeo de 1998 puede aparecer junto a una canción publicada ayer. Una cámara de 2004 puede convivir con una campaña de moda inspirada en 2004 y con una persona que intenta reproducir exactamente esa estética en 2026.
Antes del Chinese Dreamcore estuvo el vaporwave
La cultura de internet lleva años obsesionada con aquello que alguna vez representó el futuro y terminó envejeciendo. El vaporwave fue probablemente uno de los primeros movimientos en convertir esa idea en una estética reconocible a gran escala. Centros comerciales, música corporativa, antiguos gráficos 3D, interfaces primitivas y publicidad de los ochenta y noventa se utilizaron para construir una versión artificial de un futuro que nunca terminó de llegar como estaba previsto.
Había bastante ironía en el vaporwave. El dreamcore es más emocional. No le interesa tanto desmontar la promesa de una época como recuperar la sensación de haber estado cerca de algo que ya no existe. Chinese Dreamcore toma parte de ambos universos. Conserva la fascinación por la tecnología envejecida del vaporwave y la lógica emocional del dreamcore, pero las sitúa dentro de una historia china específica.
La vuelta de las cámaras compactas ayuda a entender por qué estas imágenes funcionan tan bien ahora. Hace una década, muchas de ellas parecían viejas. Hoy vuelven porque producen fotografías que un smartphone actual intenta evitar. Un iPhone corrige la exposición, ajusta los colores y reduce el ruido automáticamente. Una compacta antigua puede quemar un rostro con el flash, perder detalle o convertir una noche cualquiera en una mezcla de negros y azules saturados. Esos errores son parte de su atractivo.
Cuando The Sims también parece un recuerdo
La memoria digital de los primeros dos mil tampoco está formada únicamente por fotografías. Los videojuegos, las interfaces y los espacios virtuales ocupan un lugar cada vez más importante dentro de este tipo de nostalgia. Los primeros The Sims, sus casas suburbanas, habitaciones casi vacías, muebles rudimentarios y texturas de baja resolución pueden encajar perfectamente dentro de un moodboard dreamcore, aunque originalmente no fueran diseñados con esa intención.
Algo parecido ocurre con determinados escenarios de PlayStation 2, programas educativos antiguos o mundos 3D de finales de los noventa. Sus limitaciones técnicas crearon espacios más vacíos y silenciosos de lo que produciríamos ahora, y ese vacío resulta contemporáneo visto desde la estética actual. Para una generación que pasó tantas horas en espacios digitales como en espacios físicos, un menú de videojuego puede ser tan nostálgico como su habitación de niño.

De las piscinas liminales a Dream Pools
Dentro de ese mismo ecosistema aparece el poolcore, una derivación centrada en piscinas interiores, parques acuáticos y espacios inundados que parecen continuar indefinidamente. El trabajo de Jared Pike con su serie Dream Pools es uno de los ejemplos más reconocibles. Desde 2020, el artista desarrolla piscinas digitales cubiertas de azulejos y conectadas por corredores, escaleras y habitaciones cuya función nunca termina de estar clara.
La piscina es un escenario cargada de asociaciones: vacaciones, infancia, hoteles y verano. Cuando se elimina a las personas, toda esa familiaridad permanece, pero cambia de registro. No pertenece al Chinese Dreamcore, aunque sí ayuda a entender la genealogía de una cultura visual que ha aprendido a convertir los lugares más cotidianos en escenarios emocionales.
En el fondo, el Chinese Dreamcore funciona porque toma recuerdos muy concretos de la China de los años 2000 y los convierte en imágenes que cualquiera puede asociar con una época pasada. No hace falta haber crecido allí para reconocer la sensación de un mundo previo a la hiperconexión, cuando la tecnología todavía conservaba algo de novedad y la vida digital no había terminado de ocuparlo todo. No propone volver literalmente a los 2000, el Chinese Dreamcore recupera la sensación de vivir en un momento en el que todavía no sabíamos cómo iba a ser el mundo que venía después.
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