Vivimos en la era de la inmediatez, donde la perfección se compra, se vende, se descarga; en resumidas cuentas: se consume. La piel lisa, el glow, las facciones esculpidas… todo es posible con un par de clicks, una rutina de diez pasos y la magia de un buen filtro. Pero, ¿qué pasa cuando la obsesión por esa perfección se convierte en un ciclo infinito de insatisfacción? Bienvenidos a la cosmeticorexia: el reflejo distorsionado de una industria que nos hace creer que nunca nada es suficiente.
El algoritmo del descontento
La cosmeticorexia no es un término médico oficial, pero sí un reflejo de un problema creciente de obsesión por la imagen. Natalia Romero Martín (@psico_nat), psicóloga sanitaria y terapeuta EMDR especialista en trastornos de ansiedad, trauma y autoestima, la define como «la obsesión patológica por los productos cosméticos y procedimientos estéticos, impulsada por una insatisfacción constante con la propia apariencia”. Un laberinto de consumo donde la promesa del ‘poreless skin’ nunca se cumple, y donde el último serum milagroso se convierte en el próximo producto olvidado en el tocador.
Natalia Romero Martín lo explica con claridad: «Los seres humanos tenemos una naturaleza social, queremos encajar y sentir que tenemos un grupo de pertenencia. Si lo que vemos en RRSS son pieles perfectas, trucos para conseguirlas, publicidad de montones de productos… todo esto va haciendo mella, así que se vuelve difícil sentirte a gusto en tu piel cuando el contexto sociocultural, consumista y con cánones de belleza inalcanzables, te dice continuamente que no estás bien al natural”.
Las redes sociales han hecho de la belleza una religión digital. El mantra es claro: si no te ves impecable, es porque no lo estás intentando lo suficiente. La exposición constante a imágenes retocadas, filtros que adelgazan, iluminan y borran imperfecciones, y a influencers que recomiendan su décimo contorno de ojos del mes, refuerza una sensación de insuficiencia constante. La piel nunca es lo suficientemente radiante, los labios nunca son lo suficientemente voluminosos, y la edad, simplemente, un tema tabú.
La trampa de la imperfección comercializada
A medida que la conversación sobre la belleza ideal se amplía, surgen intentos de visibilizar lo “real”, pero incluso esto se convierte en un arma de doble filo. Muchas influencers han decidido mostrar sus imperfecciones como un acto de rebeldía contra los estándares impuestos. Sin embargo, esta exposición suele ir seguida de la solución en forma de un producto que promete eliminarlas. La narrativa subyacente no es la aceptación, sino la corrección. Lo que debería ser una reivindicación de la diversidad termina siendo otra estrategia de marketing, y terminamos replicando las fórmulas usadas por nuestros creadores de contenido favoritos, buscando “ser valorados no por lo que somos, sino por cómo lucimos».
Lo que antes era la norma —una piel con textura, acné ocasional o signos de cansancio— ahora es visto como algo excepcional, digno de ser señalado y corregido. La supuesta “normalización” de la imperfección sigue reforzando la idea de que, en última instancia, hay que mejorarla. La sociedad ha aprendido a valorar lo estético por encima de lo auténtico, premiando la apariencia por encima del contenido. Y así, volvemos al punto de partida: la presión por encajar en un molde, aunque el molde haya cambiado de forma.
Y así, el culto a la belleza ha pasado de ser una opción a una exigencia. Como nos comenta Romero Martín, “en todos los casos, el factor común es la presión externa y la inseguridad interna”, pero la cosmeticorexia afecta especialmente a los adolescentes, un grupo que busca validación externa en cada ‘like’. Para ellos, la imagen es su carta de presentación y su moneda de cambio. La comparación es instantánea y la presión, abrumadora. Aunque no son los únicos afectados por la obsesión con la imagen. Las mujeres y hombres adultos que buscan desafiar el tiempo y mantenerse dentro del mercado social y profesional también entran en el paradigma. Desde el baby botox hasta la maderoterapia, el catálogo de soluciones es interminable. Y, sin embargo, la insatisfacción sigue ahí. Porque cuando la autoestima se construye en base a la apariencia, cualquier mínima imperfección puede convertirse en una crisis de identidad.
Los peligros de la adicción cosmética
Gastar cientos de euros en cremas, tratamientos y procedimientos no es solo un tema de vanidad, sino también de salud mental. La dependencia emocional hacia los cosméticos genera ansiedad, inseguridad y frustración. La persona siente que no puede mostrarse sin una capa de corrector o sin el iluminador adecuado. Su reflejo en el espejo se convierte en un campo de batalla donde siempre hay algo que mejorar, algo que cambiar, algo que ocultar.
Además, la necesidad de verse impecable puede llevar a decisiones impulsivas y de riesgo. Los tratamientos cosméticos agresivos, el uso excesivo de productos inadecuados y la intervención constante sobre la piel pueden provocar daños irreversibles. Lo que comenzó como un juego de embellecimiento termina en un bucle de insatisfacción que ni la mejor base de maquillaje puede cubrir.
¿Existe una salida? Sí, pero requiere una reconfiguración completa de cómo entendemos la belleza. Limitar el consumo de contenido que refuerza estándares irreales, seguir cuentas que promuevan la diversidad corporal y la autoaceptación, y cuestionar la narrativa que nos empuja a invertir en productos milagrosos que prometen lo inalcanzable. Natalia Romero Martín insiste en que “la relación más saludable con la imagen personal también puede venir quitándole peso, es decir, quitar peso a esa imagen para fomentar habilidades, valores y logros más allá de lo físico”.
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