A los 12 años, North West no solo ha publicado música ni ha concedido una entrevista en i-D. Ahora también ha registrado su propia marca de moda y joyería: NOR11. Los documentos publicados en The Sun muestran que KimYe’s Kid Inc., creada en California en agosto de 2023, gestionó el trámite, con Kardashian como única directora según registros estatales.
La pregunta ya no es si tiene talento. Ni siquiera si es “normal” que los hijos de celebridades estén expuestos, sino: ¿es moralmente legítimo convertir la presencia pública de una menor en una operación económica? Y lo más importante, ¿alguna vez tuvo ella la opción acaso de no pertenecer al showbusiness?
Ser hija de Kim Kardashian y Kanye West no es solo una condición familiar; es una arquitectura de exposición 24/7. North no ha “irrumpido” en la cultura pop. Ella es, en realidad, una extensión natural del imperio Kanye-Kim. Desde su nacimiento ha sido observada, comentada y proyectada. Lo que hoy vemos es la continuidad de una arquitectura mediática que no empezó con ella, pero que ahora la incluye formalmente.
NOR11 no es un hobby de una niña de su edad. Es una entidad diseñada para operar en el mercado. Y el mercado no funciona desde la lógica infantil; funciona desde el posicionamiento, la expectativa y la rentabilidad. ¿Puede alguien de 12 años comprender lo que implica convertir su identidad en categoría mercantil?
Ya la vimos la semana pasada cantando junto a su padre en el concierto de México. Una cosa es que una menor cante, otra muy distinta es que registre marcas comerciales. Cuando la identidad de una menor se convierte en marca registrada, la frontera entre persona y producto empieza a difuminarse.
Las polémicas recientes —los piercings dérmicos, el lanzamiento del tema “PIERCING ON MY HAND”, la estética deliberadamente provocadora— no son simples gestos adolescentes. Son parte de una construcción visual consciente que dialoga con códigos adultos.
Vivimos en una cultura que celebra la precocidad estética y la hiperexposición. Que aplaude a los niños que dominan el lenguaje del branding. Que convierte la autoexpresión en contenido monetizable. Pero acelerar los códigos adultos en una infancia hiperexpuesta implica algo muy concreto: crecer bajo foco permanente. Y crecer bajo foco implica no tener derecho al error privado.
Pero hay una diferencia entre viralidad espontánea y construcción de superestrella. North West, para más inri, representa a un linaje, las Kardashian, y la presión por sostener una expectativa global y no decepcionar una narrativa ya escrita por adultos es inherente a su existencia tal y como está configurada en este momento.
Nosotros, como espectadores, consumimos esa narrativa. La celebramos. La compartimos. Nos fascina ver cómo una niña domina códigos adultos: moda, performance, actitud. Lo leemos como genialidad precoz, pero también es una forma de acelerar la infancia hasta hacerla desaparecer. Y no se trata de impedir que una niña cante o conceda entrevistas. Se trata de preguntarnos: ¿Quién capitaliza esa visibilidad? ¿Qué ocurre si en cinco años decide desaparecer? ¿Puede reconstruirse una identidad fuera del personaje?
North no es solo una niña artista. Es parte de una nueva aristocracia pop donde el apellido funciona como parte de una infraestructura. El argumento habitual es: “sus padres deciden por ella”. Pero cuando los padres también son una estructura empresarial —como en el caso de Kim Kardashian o Kanye West— la frontera entre tutela y estrategia se vuelve difusa.
El relato oficial habla de libertad creativa, de educación personalizada, de permitirle expresarse. Y probablemente haya verdad en eso. Pero la expresión, cuando está respaldada por estructuras empresariales y cobertura global, deja de ser íntima, se convierte en capital. No es lo mismo acompañar una vocación que diseñar una marca.
Un menor no puede firmar contratos en igualdad de condiciones. No puede prever el impacto reputacional a largo plazo. No puede consentir plenamente una exposición permanente.
La cuestión no es si North está preparada. Es si debería tener que estarlo. Porque el apellido funciona como aval, pero también como presión estructural. No se trata solo de oportunidades; se trata de expectativas. Y las expectativas… pesan. Y ahí el debate se vuelve incluso más amplio: ¿Estamos entrando en una era donde la movilidad cultural es cada vez más cerrada, donde las superestrellas ya no emergen, sino que se heredan?
Y ya no es un debate contra una familia concreta. Es un debate sobre el momento cultural que habitamos. Consumimos estas narrativas. Las amplificamos. Las convertimos en aspiracionales. Y al hacerlo, normalizamos que la superestrella empiece en la infancia y que la empresa llegue antes que la adolescencia.
Quizá el verdadero privilegio no sea lanzar una marca a los 12 años. Quizá el verdadero privilegio sea poder decidir, sin presión, no hacerlo todavía.
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