El juego de las sillas en la industria de la moda

¿Verdadera visión estratégica o solo un poco de movimiento del avispero?

El juego de las sillas en la industria de la moda

En los últimos años, seguir el organigrama creativo de la moda se ha vuelto casi imposible. No porque falte información, sino porque ya no tiene demasiada relevancia. Directores creativos que hoy están aquí y mañana allí, casas históricas que cambian de rumbo sin que el cambio termine de notarse, y una sensación persistente de que todo se mueve… para que nada se mueva de verdad.

Cambiar de director creativo ya no es cambiar una casa

Durante mucho tiempo, el nombramiento de un director creativo implicaba una transformación profunda. Hoy, en cambio, el relevo funciona más como una herramienta de dinamización que como una decisión creativa de fondo. Se cambia de director para: reactivar conversación, recolocar la marca en el ciclo mediático, generar expectativa antes incluso de que exista una colección.

El anuncio importa más que el proyecto; La especulación, más que el resultado. Por eso ya no sorprende que un mismo perfil pueda circular entre casas con identidades históricamente opuestas, porque se va con el diseñador, no con la casa.

De creadores a canalizadores del zeitgeist

Cada vez más, las grandes casas parecen priorizar directores creativos capaces de leer el momento, traducirlo en producto y sostener el ritmo industrial, antes que autores empeñados en construir un universo propio a largo plazo.

El diseñador se convierte en un gestor cultural, un intérprete de tendencias, una figura adaptable. No se le pide que reescriba la identidad de la casa, sino que la haga funcionar mejor en el contexto actual. La coherencia histórica deja paso a la coherencia de mercado.

El juego de las sillas también se juega más allá

El baile no se limita a los estudios de diseño. Cada vez es más evidente que los directores creativos no llegan solos a sus nuevas casas. Llegan con su propio capital simbólico: embajadores, musas, rostros que ya no representan tanto a una marca como a una sensibilidad.

Casos como Dakota Johnson yéndose del Gucci de Alessandro Michelle a su Valentino, o Greta Lee y Taylor Russell, que han acompañado un mismo imaginario estético en su tránsito de Loewe a Dior, evidencian un cambio profundo: la lealtad ya no se construye con la casa, sino con la visión que la articula.

Los embajadores dejan de ser patrimonio de marca para convertirse en extensiones móviles de un relato creativo.

Identidades cada vez más porosas

Cuando los directores cambian con facilidad y los rostros se desplazan con ellos, la consecuencia es clara: la identidad de las casas se diluye. No desaparece, pero se vuelve flexible, adaptable, suficientemente ambigua como para absorber lenguajes distintos sin romperse.

Las marcas ya no fijan imaginarios a largo plazo; los acompañan mientras funcionan. El “juego de las sillas” convierte a las casas en plataformas y a los creativos en nodos de conexión cultural. Todo circula. Todo se intercambia. Todo es provisional.

Este sistema no responde a una crisis creativa, sino a una lógica industrial muy concreta: en una moda que no puede permitirse parar, cambiar de director creativo produce novedad sin asumir riesgo estructural. Genera relato sin frenar la máquina. Mantiene la sensación de dinamismo aunque el fondo permanezca intacto.

Pero, ¿qué queda de una casa cuando todo —personas, rostros, códigos— es intercambiable?

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