Durante años, el seapunk fue poco más que un glitch en la historia de internet. Una broma visual nacida en Tumblr donde delfines en 3D convivían con renders imposibles, tipografías mal elegidas y una obsesión casi infantil por el color aqua. No aspiraba a ser tendencia. Ni siquiera aspiraba a ser tomado en serio. Y, sin embargo, está volviendo.
Lo que está regresando no es exactamente la estética de una forma calcada, sino lo que representaba. Un momento en el que internet todavía no estaba optimizado, cuando lo visual no respondía a algoritmos sino a impulsos. El seapunk era torpe, excesivo, incluso feo. Pero también era libre. Ahora, más de una década después, esa imperfección se ha convertido en un código estético más.
En Londres, en TikTok, en la calle, empiezan a aparecer señales: pelo azul casi artificial, maquillajes con efecto mojado, superficies que parecen renderizadas más que diseñadas. Es una forma de recuperar una estética que nunca fue refinada.
En este desplazamiento hay figuras que funcionan como puente. FKA twigs es una de ellas. Lo interesante de su universo reciente no es que cite el seapunk, sino que lo traduce. Lo saca del plano digital y lo lleva al cuerpo. Pieles que reflejan como superficies líquidas, rostros que parecen renderizados, una fisicidad que se acerca más al CGI que a lo humano.
Twigs no recupera el seapunk exactamente. Lo reconfigura. Lo vuelve íntimo, casi espiritual. Y en ese proceso lo libera de su condición de meme.
Luego está Chanel. Chanel no está haciendo seapunk. No hay delfines, ni ironía digital, ni referencias explícitas. Pero hay algo más relevante: una serie de decisiones estéticas que dialogan directamente con ese imaginario. Tejidos iridiscentes. Superficies que parecen líquidas. Tonos que remiten más a un mundo digital, o al menos fantasioso, más que a lo natural.
No sé si podríamos llamarlo un regreso de la estética en sentido estricto. Es una relectura cultural de algo que en su momento no tuvo tiempo de consolidarse. El seapunk nunca llegó a institucionalizarse. Fue demasiado rápido, demasiado específico, demasiado extraño. Pero precisamente por eso ahora funciona: porque no está contaminado por la nostalgia mainstream.
Hoy, su regreso no tiene que ver con repetir imágenes, sino con recuperar una actitud que, para ser sinceros, era bastante divertida. Pero ahora sin dibujitos, claro.
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