¿Está viviendo el cine español un momento dorado?

Tres películas españolas en el Festival de Cannes marcan un hito significativo en el cine español y su reconocimiento global.

¿Está viviendo el cine español un momento dorado?

Hay tres películas españolas compitiendo por la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Tres. Pedro Almodóvar, Rodrigo Sorogoyen y el tándem creativo formado por Javier Calvo y Javier Ambrossi comparecen, de manera simultánea, y por primera vez en la historia, en el principal santuario del cine de autor contemporáneo. La cifra “tres” posee la contundencia de lo inédito, pero su peso no recae tanto en lo cuantitativo, sino en lo cualitativo. Este número demuestra, entre otras muchas cosas, que el cine español se está instalando cada vez más en el centro de la conversación cinematográfica global.

Confieso que la tentación de nombrar este fenómeno como un “momento dorado” me produce, al mismo tiempo, fascinación y cautela. Fascinación, porque hay algo celebratorio en la acumulación de signos favorables; cautela, porque toda edad de oro tiende a simplificar aquello que, en realidad, es fruto de procesos largos, contradictorios y, en no pocas ocasiones, invisibles. Sin embargo, lo interesante no es la etiqueta, sino la sensación de que el cine español ha alcanzado una forma de madurez que no depende ya de irrupciones aisladas, sino de una continuidad estructural.

En este contexto, resulta significativo observar cómo ciertas obras recientes han contribuido a reforzar la visibilidad internacional de nuestra industria. Películas como Sirat han ayudado a proyectar el cine español más allá de sus circuitos habituales, ampliando su alcance y consolidando su presencia en el imaginario global.

Durante demasiado tiempo, nuestra cinematografía ha vivido bajo el signo de la intermitencia. Grandes autores, obras memorables, reconocimiento internacional, pero de manera mucho más puntual. Esa discontinuidad parecía condenar al cine español a una suerte de eterna promesa. Y, sin embargo, algo ha cambiado a través de una acumulación de trayectorias, de proyecciones, de apuestas que han ido sedimentando un ecosistema más complejo, más permeable, más consciente de sí mismo.

En este cambio, también ha sido clave la creciente capacidad de ciertos creadores para conectar con audiencias internacionales. El caso de los Javis es especialmente ilustrativo: su trabajo no solo ha tenido impacto en España, sino que ha sabido seducir a mercados exteriores. Series como Veneno se convirtieron en un auténtico fenómeno entre la comunidad queer en Estados Unidos, generando un notable “hype” y consolidando su relevancia cultural más allá de nuestras fronteras. Del mismo modo, La mesías ha tenido una recepción destacada en países como Francia, evidenciando una capacidad de circulación internacional que hasta hace poco no era tan habitual en producciones españolas de este tipo.

Pero hay un matiz que refuerza aún más la idea de madurez del sector: tanto los Javis como Pedro Almodóvar han desoído, en distintos momentos de sus trayectorias, los cantos de sirena de Hollywood. Tras su reconocimiento internacional, han recibido ofertas para desarrollar proyectos fuera, pero han optado por permanecer en España. Esta decisión no es menor. Implica una voluntad consciente de arraigo, de construir industria desde dentro, de fortalecer un ecosistema propio en lugar de integrarse plenamente en dinámicas ajenas.

En este sentido, su presencia en Cannes no responde únicamente a una trayectoria reciente o a un éxito puntual, sino a una forma de entender el cine como práctica cultural vinculada a un territorio. Una elección que, en última instancia, contribuye a que la industria española sea cada vez más sólida, más reconocida y más capaz de sostener miradas propias con proyección internacional.

Cannes funciona, así, como una instancia privilegiada de lectura. Lo que allí se selecciona no es únicamente lo mejor, sino aquello que define las sensibilidades de una época. De ahí que la afirmación de Almodóvar: “solo estar seleccionados es muy importante” adquiera una lectura profunda, pues ser seleccionado en Cannes implica existir dentro del relato contemporáneo del cine. Y el cine español, por primera vez en mucho tiempo, no comparece como algo excepcional, sino como interlocutor.

Amarga Navidad prolonga el desplazamiento de Almodóvar hacia una forma de intimidad que despoja al relato de sus artificios más reconocibles para situarlo en una zona de exposición emocional donde la ficción se convierte en una forma de verdad. “Hay mucha ficción, pero ningún invento”, ha señalado el director.

En El ser querido, Sorogoyen articula una poética distinta, atravesada por la tensión y la incomodidad. Su cine siempre ha tenido algo de conflicto que no se resuelve del todo, y aquí parece llevar esa lógica a un terreno más íntimo. Su recorrido, de rodar con escasos recursos a competir en Cannes, no es solo admirable; es, en cierto modo, esperanzador. Porque sugiere que el sistema, con todas sus limitaciones, puede sostener trayectorias que nacen fuera de los circuitos tradicionales.

Y luego están los Javis. Su presencia en Cannes me parece, quizá, uno de los signos más interesantes de este momento. No solo por lo que hacen, sino por lo que representan: una apertura del canon, una ampliación de lo que consideramos legítimo dentro del cine de autor. La bola negra, con su mirada sobre la memoria y la identidad, introduce en la competición una sensibilidad que dialoga directamente con el presente sociocultural.

Ahora bien, si algo me parece fundamental es no quedarse en la superficie. Porque este momento no se explica únicamente por estas tres películas, sino por un cambio más allá en la industria cinematográfica. Me refiero, sobre todo, al auge del cine independiente y al papel cada vez más activo de los propios actores en la producción. Muchos intérpretes han dejado de esperar a que los proyectos lleguen para empezar a generarlos. Producen, impulsan, levantan películas y cortometrajes, crean pequeñas estructuras desde las que desarrollar historias que, de otro modo, no existirían.

A todo esto se suma una creciente capacidad de diálogo con el exterior. La presencia de figuras como Javier Bardem o Penélope Cruz contribuye, sin duda, a esa visibilidad, pero lo verdaderamente relevante es que el cine español ha aprendido a moverse en ese espacio sin perder su especificidad. Ya no se trata de imitar modelos ajenos, sino de proponer miradas propias que, precisamente por eso, resultan interesantes fuera.

En este contexto, la pregunta por un supuesto “momento dorado” adquiere una dimensión distinta. No se trata tanto de determinar si el cine español ha alcanzado una cima como de reconocer que se encuentra en un estado de transformación particularmente fértil. Un momento en el que convergen trayectorias, se amplifica su proyección internacional y, sobre todo, se consolida una voluntad de permanencia que refuerza la industria desde dentro. En definitiva, el cine español empieza a ser reconocido.

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