¿Hollywood le tiene miedo al sexo?

En una industria que alguna vez celebró el sexo como vehículo de expresión, hoy lo sensual parece desplazado por lo family friendly.

¿Hollywood le tiene miedo al sexo?

Es legítimo preguntarse si Hollywood, en su versión más reciente, atraviesa una nueva fase de puritanismo emocional. No hablamos de censura explícita ni de cruzadas morales visibles. Hablamos de una desafección progresiva hacia el sexo como lenguaje cinematográfico. Como si el deseo hubiese dejado de ser una herramienta para narrar lo humano. Como si el cuerpo ya no fuera un territorio legítimo de pensamiento.

La pregunta sobre este aparente desapego se hizo inevitable tras la publicación de las nominaciones a los Oscar, cuando títulos como Challengers, de Luca Guadagnino, y Babygirl, de Halina Reijn dos películas en las que el deseo ocupa un lugar central fueron ignoradas. Ambas son obras profundamente sensuales, sí, pero también formalmente impecables, dejando de lado lo natural del sexo.

Challengers transformaba un triángulo amoroso con Zendaya, Josh O’Connor y Mike Faist en una coreografía de poder donde el tenis funcionaba como metáfora física del vínculo. Todo estaba meticulosamente construido, desde la edición rítmica hasta la música ganadora de Reznor y Ross. Y, sin embargo, al llegar las nominaciones, fue como si no hubiese existido. En Babygirl, Nicole Kidman encarnaba una sexualidad femenina adulta. El reconocimiento en Venecia no fue suficiente. La Academia prefirió mirar hacia otro lado.

Un análisis recogido por The Economist en 2024 señalaba que las escenas sexuales han disminuido un 40% en las últimas dos décadas. Pero reducir la cuestión a una estadística sería simplificarla. No se trata solo de cantidad, sino de la calidad de esas representaciones que también ha mutado. Lo que antes era territorio de exploración, desde Last Tango in Paris hasta Eyes Wide Shut, hoy es riesgo de cancelación o motivo de exclusión comercial.

En ese contexto, el estreno en España este fin de semana de Wuthering Heights adquiere otra dimensión. Cumbres Borrascosas vuelve a la pantalla como recordatorio de que el deseo, cuando es trágico, obsesivo, devastador, sigue siendo una de las fuerzas narrativas más fuertes que existen. Heathcliff y Catherine se desean (y mucho). El cuerpo aquí no es explícito, pero es omnipresente: respiración entrecortada, miradas furtivas.

La película recuerda que el deseo no siempre es luminoso ni emancipador. A veces es oscuro, obsesivo, autodestructivo. Y sin embargo, profundamente humano. Poor Things, de Yorgos Lanthimos, integraba el sexo como parte del viaje filosófico de su protagonista, interpretada por Emma Stone. El descubrimiento del cuerpo era también descubrimiento del mundo. Pero incluso esa audacia parecía una anomalía dentro de una industria que premia relatos cada vez más asépticos. 

Oppenheimer, de Christopher Nolan, representa el paradigma opuesto. La escena de sexo con Florence Pugh parecía colocada casi como un tropiezo incómodo. Se trata del tema desde una mirada masculina. Y aun así, Oppenheimer fue elevada a clásico de cine. Tal vez porque así es como se mide hoy la seriedad: por la ausencia de carne.

Es fácil caer en explicaciones obvias: que el cine busca hoy audiencias masivas, que las plataformas imponen algoritmos que penalizan contenidos con restricciones por edad, que el modelo Marvel con su universo donde el amor y el deseo quedan rezagados a segundo plano. Pero eso sería simplificar. Porque la omisión del sexo no es solo una estrategia de mercado. Es también un reflejo de cómo se concibe hoy en día.

El sexo se ha vuelto paradójicamente ubicuo y marginal. Está en todas partes y en ninguna. Su representación es más explícita y menos significativa. La hiperdisponibilidad del porno ha desdibujado los límites entre lo íntimo y lo público. Y a la vez, nuevas generaciones se alejan del sexo como experiencia vivida. Según estudios recientes, los jóvenes tienen menos relaciones sexuales que las generaciones anteriores, expresan mayores niveles de insatisfacción, y muchos incluso prescinden del sexo por completo.

Esto no implica un retroceso. Al contrario, revela una conciencia nueva: el consentimiento, el respeto, la desacralización de la frecuencia como indicador de salud. Pero también puede implicar un desapego que afecta a la ficción. Porque si el deseo ya no se vive, tampoco se representa. O al menos no de la misma manera.

El cine ha dejado de mostrarnos cómo se desea. Ya no nos enseña cómo mirarnos, cómo tocarnos. Ni siquiera cuando el relato lo exige. Basta pensar en el reciente Twisters, donde el romance está presente pero nunca se manifiesta. Según se rumorea, fue Steven Spielberg quien pidió eliminar la escena de beso entre los protagonistas. No por censura, sino por economía narrativa. Como si el amor tuviera que prescindir de lo físico.

Frente a esa tendencia, surgen otras películas como Richard Linklater, con Hit Man, que se permite filmar el sexo como parte del vínculo entre adultos que se desean. Sin necesidad de justificarlo. Simplemente, como una dimensión más de la historia. Una escena de cama con humor y placer.

En este contexto, Wuthering Heights llega a las salas españolas y funciona casi como un statement involuntario. No porque sea explícita, no lo necesita, sino porque recuerda que el deseo puede ser oscuro, incómodo, destructivo y, aun así, humano.

Tal vez el problema no sea la reducción de escenas explícitas, sino la pérdida del deseo como categoría estética. De volver a pensar el cuerpo como lenguaje, no como amenaza. De permitir que los personajes vuelvan a ser adultos que se tocan, que se buscan, que se equivocan, que se entienden también a través de la piel. Que se desean sin miedo.

Miu Miu y Catherine Martin brindan un encuentro cinematográfico.

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