Joan Porcel (Palma de Mallorca, 32 años) y Lluís Garau (Sa Torre, Mallorca, 29 años) se conocieron de manera virtual. El primero es director de cine. El segundo, performer. Porcel se dedicaba a hacer películas, alguna con cierta repercusión, como el notable documental sobre los orígenes de Samantha Hudson Una historia de fe, sexo y electro-queer. Garau exponía su cuerpo en los escenarios en un provocador espectáculo donde se conectaba en vivo y en directo ante el público en busca de sexo online con otros extraños que se conectaran en el momento. El director fue a verlo e hicieron match creativo. El resultado: La carn, una provocadora cinta que uno dirige y el otro protagoniza y que sirve de descarnada reflexión sobre las fronteras entre la pantalla y el cuerpo, el deseo y la soledad, la realidad y la ficción. Es uno de los platos fuertes del Festival de Cine de Málaga, donde se estrena el 7 de marzo.
La carn funciona a muchos niveles: como documental ficcionado (que no falso), como thriller inesperado, como ensayo visual, como performance dramatizada, como cine experimental, como viaje multipantalla. Incluso como cine convencional, si se quiere ver así. Nadie mejor que sus propios artífices para explicarlo.
HIGHXTAR (H) – ¿Cuándo y por qué decidisteis hacer esta película juntos?
Lluís Garau (LG) – Joan y yo nos hicimos amigos de manera virtual, estaba escrito que esta película debía rendir tributo a esa amistad que nació en Internet.
Joan Porcel (JP) – Cuando vi la performance de Lluís en el Institut del Teatre me quedé totalmente abducido por la adicción que generaba cada ‘next’ en pantalla, cada perfil que aparecía en la red y cada una de las conversaciones que ese chat generaba. Poco después Lluís me pidió rodar algunas imágenes para el teaser de la obra y fue cuando vimos claro que teníamos que arrancar un rodaje sobre todo aquello que ocurría dentro y fuera de la obra.
(H) – Nos presentan en un bar y yo os pregunto: ‘¿De qué va La carn?’. ¿Cuál es vuestra respuesta?
(JP) – Yo siempre pregunto: “¿Sabes lo que es Chatroulette?”, y en función de la respuesta creo que explico dos películas diferentes. Aunque en ese nexo común hablo de Lluís, de la danza, del sexo online y de la soledad.
(LG) – Hace un tiempo habría hablado de encuentros sexuales con desconocidos por Internet, hoy lo tengo claro: ‘La carn‘ habla, ante todo, de la soledad. Y por eso creo que, aunque su temática se dirija a un público muy concreto, su tesis puede resonar en personas muy diversas, especialmente en quienes pertenecen a nuestra generación. Al final, todo nace de una herida, y somos muchos quienes no supimos esquivar esa bala.

(H) – En su salto de los escenarios al cine, ¿qué ha perdido y qué ha ganado La carn? ¿Qué resaltaríais de esta mutación o crecimiento del proyecto? ¿O de ese juego entre realidad y ficción?
(LG) – Yo no hablaría de perder, sino de mutar. El proyecto, en su versión escénica, parte de la idea de que cada representación es única e irrepetible, lo que ocurre, y la gente que se conecta ese día durante la función, no volverá a repetirse jamás. Creo que con la película podemos adentrarnos más en el contexto del personaje y entender su realidad fuera del escenario.
(JP) – Sí, como dice Lluís, creo que ‘La carn’ en pantalla aporta contexto, sensaciones y espacios a una obra donde el público tiene que imaginar gran parte de lo que ocurre, porque no ve directamente los textos, los rostros o los cuerpos. La película, en ese sentido, concreta y encuadra algo que antes estaba más fuera de campo. Además, hay una narrativa clara en la fotografía, el montaje y el sonido: hemos decidido dónde mirar y cuándo hacerlo, guiando al espectador dentro de ese universo.
(H) – Y, vosotros a nivel personal, ¿qué habéis ganado y perdido en el proceso?
(LG) – Sobre todo, ¡confianza delante de la cámara!
(JP) – En mi caso, detrás de ella. El proceso de producción de esta película me ha permitido trabajar con grandes profesionales a los que admiro y a los que hacía tiempo que quería involucrar, y esta ha sido la mejor de las oportunidades.
(H) – Lluís, ¿qué es lo más esencial que has aprendido exponiéndote frente a una webcam (tanto en privado como para tu trabajo escénico)? ¿Y de los otros que se exponen y asoman a través de sus webcam?
(LG) – A ponerme al servicio del público. He pasado mucho tiempo preocupándome por cómo el resto del mundo me percibía y construyendo una imagen de mí mismo. Con este proyecto me he expuesto y me he entregado a la masa y a la aleatoriedad de internet.
A menudo los artistas vivimos condicionados por nosotros mismos, intentando ser nuestra mejor versión; y con ‘La carn’ me he liberado de todo eso. Hemos venido a jugar, y los límites no son para mí.
(H) – Y para ti, Joan, ¿cuál ha sido el principal aprendizaje ejerciendo de voyeur de toda esta cultura voyeur?
(JP) – Aunque mis películas anteriores sean biopics, siempre había querido hacer una película sobre Internet. ‘La carn’, Lluís y Chatroulette fueron los ingredientes perfectos para construir un thriller que, aunque a priori pueda parecer un ejercicio puramente voyeurístico, creo que habla muchísimo de mí: de mi adolescencia, de las relaciones con extraños, y de la luz y las sombras de la forma de comunicarnos que nos ha tocado vivir.
En definitiva, creo que en esta película he aprendido, sobre todo, a rodar y a planificar con mucha precisión qué quería hacer y cómo quería hacerlo.

(H) – ¿La adicción a las pantallas (o al sexo visto y buscado a través de las pantallas) se ha convertido en un sustitutivo del sexo? ¿Por qué, en ocasiones, nos estimula más el proceso de seducción online que el potencial polvo?
(LG) – En mi opinión, todo es por el storytelling. Muchas veces lo que nos excita precisamente es el contexto o la situación. En un mundo donde la imagen y la pornografía están al alcance de todos y con acceso inmediato, de lo que realmente carecemos es de ideas, de historias y de situaciones.
También hay algo indiscutible en el dirtyroulette o en el sexo a través de la webcam: el deseo no consumado. Entras en ese espacio con la frustración, o la certeza, de que jamás, o con muy poca probabilidad, realizarás el acto. Eso lo convierte en algo adictivo e irracional.
Además, es un pozo de autoengaño, crees que lo que estás haciendo no te representa en su totalidad; hay una permeabilidad y una distancia que provocan que lo que hagas se quede en el plano de la fantasía. Por eso muchos usuarios siguen en el armario.
(JP) – Creo que hay algo muy potente que, hasta hace poco, Internet te permitía hacer sin prácticamente ninguna consecuencia: ser quien quisieras. Esta idea también ha calado en las relaciones sociales, amorosas y sexuales que se dan a través de la red.
Lo que quiero decir es que las pantallas funcionan como un filtro lo suficientemente grande como para acceder a roles, personas o prácticas que en la vida real quizá ni siquiera te plantearías. Y muchas veces, este espacio digital es lo más cerca que uno estará de cumplir una fantasía o un fetiche. Más allá de esa máscara que cada cual se pone en Internet, también es mucho más fácil encontrar gente afín o, al menos, con menos prejuicios, y eso es lo que hace especialmente atractivo todo este mundo digital.
(H) – ¿Cuáles son los pros y los contras de vivir el deseo a través de las pantallas? Estoy pensando, más allá del porno puro y duro, en plataformas como OnlyFans, Chatroulette o cualquier app de ligue/sexo.
(LG) – La accesibilidad es un arma de doble filo: nos convierte en espectadores y propietarios del contenido de internet y, al mismo tiempo, nos hace esclavos de él. Es el precio que pagamos por tenerlo todo a nuestra disposición. En parte por eso, personalmente, nunca me venderé a otras plataformas que no sean las del arte, para poder proteger mi intimidad, que es una de las cosas más cotizadas de nuestro tiempo.
Nuestro deseo se modifica y se adapta a las nuevas tecnologías, sin olvidar que somos completamente manipulables por el algoritmo. Nunca sabremos hasta qué punto estamos condicionados por él. Lo que nos aparece en internet no nos define, sino que nos limita.
(JP) – Lo curioso es que tendemos a señalar el sexo online como algo problemático, cuando ya trabajamos, nos informamos, nos enamoramos, discutimos y hasta vamos a terapia a través de una pantalla sin cuestionarlo tanto. La mediación digital no afecta solo al deseo: atraviesa casi todo lo que hacemos. Por eso, quizá la pregunta no es si el deseo en pantalla es más o menos auténtico, sino si no hemos cambiado ya, de forma bastante profunda, nuestra manera de relacionarnos y de vivir en general.

(H) – La generación que vivió su explosión sexual en la era del covid os queda muy cerca. ¿En qué diríais que eso condicionó su exploración del sexo?
(JP) – A mí la pandemia me pilló con 26 años, así que mi despertar sexual ya había pasado. Pero sí noté que en ese momento las pantallas ocuparon casi todo: las amistades, las citas, el deseo. Algo que ya estaba pasando se aceleró de golpe.
Para quienes eran adolescentes entonces, imagino que eso sí marcó su manera de explorar el sexo. Descubrir el deseo en pleno confinamiento, con el cuerpo lejos y la pantalla como intermediaria, seguramente deja una huella distinta.
Al final, cada generación aprende a relacionarse con lo que tiene a su alrededor. Mi forma de vivirlo ya fue diferente a la de mis padres; es normal que la suya también lo sea respecto a la mía.
(LG) – El confinamiento fue, para mí, la culminación simbólica de nuestra era. A menudo he sentido que vivimos la cotidianidad como un encierro: un refugio que también es confinamiento. No supimos, o no pudimos, reflexionar lo suficiente sobre aquella experiencia colectiva. La Carn nació como obra de teatro justo después. Durante la pandemia el sexo online se disparó y, de algún modo, esa vivencia fue una de las semillas que me llevó a crearla.
(H) – La pantallita del móvil se ha convertido en la principal ventana de lo que mostramos al mundo (desde los eventos planetarios hasta lo más íntimo) y todos nos hemos vuelto mirones insaciables. ¿Qué consecuencias pensáis que esto nos puede acarrear como sociedad?
(LG) – Somos víctimas de la inmediatez. Cualquier evento solo tiene impacto en relación con el tiempo que permanece vivo en las redes sociales; una vez pierde su viralidad, deja de tener sentido para nosotros. Por eso tenemos constantemente la sensación de estar viviendo momentos históricos, porque somos bombardeados en redes con esa narrativa. Pero la realidad de la calle es otra.
Respecto a lo de los mirones insaciables, nos lleva a tomar distancia de nuestras propias realidades y a vivir inmersos en las de otros. Sus vidas —las de los influencers— justifican las nuestras, para bien o para mal. Son un espejo o un escaparate.
(JP) – Creo que la pantalla ha intensificado algo que ya estaba ahí: el deseo de mirar y de ser mirados. Esto puede generar más presión, comparación y una cierta pérdida de intimidad, pero también ha abierto espacios de visibilidad, comunidad y representación que antes no existían. No diría que nos vuelve necesariamente peores, sino más expuestos. El reto está en aprender a gestionar esa exposición con más conciencia y criterio, tanto a nivel individual como colectivo.

(H) – ¿Qué consejos daríais a quien quiera sobrevivir al sexo online?
(LG) – No se puede sobrevivir a algo de lo que no te puedes morir, o sí.
(JP) – Yo creo que lo que pasa en la pantalla también deja huella fuera de ella, y eso es muy importante marcarlo a fuego.
(H) – Contadme brevemente sobre vuestro futuro. Después de La carn, ¿qué?
(LG) – Hace un año que estoy con el desarrollo de mi próximo proyecto; HUNTER, que explora el mundo de los creadores de contenido para Onlyfans, y los límites del consentimiento representables en Internet. El referente y lo que da nombre al proyecto es, Czech Hunter [un referente del cine porno checo que pasea con una cámara en el pecho entrevistado a jóvenes supuestamente desconocidos, supuestamente heterosexuales, que a cambio de dinero acceden a grabar relaciones con él].
(JP) – Ahora mismo estoy arrancando la escritura de otro proyecto relacionado con el uso de armas de fuego por parte del colectivo trans en Estados Unidos, y, en paralelo, sigo desarrollando y produciendo proyectos en Mansalva Films junto a mi socie Charli Bujosa.
‘La carn’ se proyecta en el Festival de Málaga el 7 de marzo. Entradas aquí.
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