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De ilustrar en Tuenti o Facebook nuestra realidad más prosaica pasamos a construir una nueva atravesada por la estetización extrema y la irrealidad, e incluso por la opresión hacia ciertos colectivos. Instagram se convertía en una red social en la que interpretar vidas perfectamente ficticias.

Quizás los últimos años fueron algo complicados para la plataforma, ya sea por la pandemia, por la falta de ética o por la inclusión del algoritmo anacrónico. La decadencia de Instagram podía verse latir a través de la pantalla. Ahora, con la implementación de actualizaciones que “favorecen” la salud mental de las nuevas generaciones, como la opción de ocultar los likes y la vuelta del feed cronológico, se proyecta un nuevo giro de guion.

Parece ser que ya a nadie le importan esos feeds perfectos de Instagram sincronizados por tonalidades cromáticas. La generación Z lo ha transformado en una especie de diario personal en el que incluir desde fotos borrosas, hasta platos combinados o memes que sí pueden representar un poco más este presente insólito.

Todas esas imágenes idílicas de influencers o famosos en escenarios paradisíacos, hoteles o sesiones de fotos perfectamente cuidadas parecen ir diluyéndose poco a poco. Desaparece así el interés por las fotos de libros y tazas de café con corazones, y del sobreuso de filtros que derivan (para muchos) en la dismorfia corporal.

La narrativa de lo que antes se consideraba “instagrameable” ya no funciona, abriendo paso a un lenguaje visual más natural y espontáneo impulsado por los agentes del cambio. En la actualidad, el caos, desorden, costumbrismo y el rechazo de filtros se convierten en conceptos latentes en cuentas como la de Bella Hadid, Dua Lipa o Emma Chamberlain.

PUBLICIDAD SIMULADA

La publicidad perfectamente curada de los influencers con mensajes simulados ya queda relegada a un segundo plano en una nueva era en la que los consumidores se centran cada vez más en los valores de las marcas. Ahora se pide que ese contenido, aunque forme parte de una estrategia de marketing, se transmita desde la naturalidad y la ética personal.

De hecho, la tendencia colectiva parece evolucionar hacia el extremo de ese origen esteta: a la antiestética de Instagram. A la creación de photo dumps con fotos de bodegones de cervezas y tapas, selfies borrosos y paisajes en los que coexisten diversas banalidades, ideas y creatividades.

Esta aparente liberación, aunque siga estando filtrada por varios aspectos, parece proyectar un nuevo paradigma social mucho más humano y transparente. Esperamos que no sólo se trate de otra microtendencia virtual.

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