La moda llora el adiós definitivo de The Face: todo lo que aprendimos de ella

Desde 1980, The Face redefinió la moda al cruzarla con música, política y calle, anticipando movimientos antes incluso de que existieran como tendencia.

La moda llora el adiós definitivo de The Face: todo lo que aprendimos de ella

Desde que Nick Logan la fundó en 1980 —apostándolo todo, literalmente, con sus propios ahorros— la revista nació con una intención muy concreta: documentar lo que estaba pasando en la calle antes de que llegara al sistema. Lo que él definió como un “almanac of cool” no era un posicionamiento editorial revolucionario con todas las letras. Porque The Face no se parecía a nada de lo que existía entonces.

Su historia no se explica en fechas, sino en decisiones que, vistas con perspectiva, acabaron redefiniendo la relación entre moda, imagen y cultura. Una de las más importantes fue la de la portada de Kate Moss de julio de 1990, fotografiada por Corinne Day. Kate sin maquillaje, sonriendo de forma espontánea, sin pose. El inicio de una nueva idea de belleza. Kate no era una modelo aspiracional, era reconocible, te podías identificar con ella. Y esa diferencia lo cambió todo.

Kate Moss en la portada de mayo de 1990 de The Face (izquierda); Moss en la portada de julio de 1990 de The Face (derecha)

Esa misma lógica atravesó toda la revista. También en su apuesta visual. Fotógrafos como Corinne Day, Juergen Teller, David Sims o Nick Knight encontraron en The Face un espacio donde experimentar sin las limitaciones de la moda tradicional. Frente a la imagen pulida y aspiracional de otras cabeceras, aquí se imponía una estética más cruda, directa y emocional.

Pero no era solo una cuestión de imagen. También lo era de diseño. Las portadas y layouts de Neville Brody introdujeron un lenguaje gráfico completamente nuevo dentro de la prensa de moda. Tipografías agresivas, composiciones inesperadas, páginas que se leían casi como carteles. The Face no solo mostraba cultura: la diseñaba. Y, sobre todo, la contextualizaba.

Porque si algo hacía única a la revista era su capacidad para moverse entre disciplinas diferentes, que convivían en un mismo espacio editorial sin ningún problema: moda, música, política, calle.

En sus páginas se introdujo al gran público la cultura acid house y el uso del MDMA en los 80, cuando aún era un fenómeno completamente underground. Pero también se abordaban temas incómodos —como los niños soldado en Somalia—. Ese equilibrio entre lo banal y la profundidad informativa era, probablemente, su mayor logro. Y ahí estaba la magia: en una misma edición podían convivir una historia sobre clubbing, un editorial de moda radical y un reportaje político de alto impacto.

Hoy en día, incluso esa idea de unir política con moda es aún revolucionaria. Ni siquiera Vogue lo hace. Pero The Face nunca entendió la cultura como compartimentos estancos, sino como un sistema vivo donde todo se conecta. Y en realidad, sí que lo hace.

El relanzamiento en 2019 intentó recuperar ese espíritu en un contexto completamente distinto. Más rápido, más saturado, más condicionado por algoritmos. Y aunque logró capturar ciertos momentos, también evidenció algo inevitable: el ecosistema que permitió existir a The Face ya no es el mismo.

Hoy las subculturas se consumen casi al mismo ritmo al que nacen. La imagen circula sin contexto. Y los medios, muchas veces, llegan después. Porque más allá de portadas icónicas o nombres legendarios, The Face dejó una lección que sigue siendo urgente: la importancia de mirar antes de que todo esté definido. De detectar lo que todavía no ha sido validado. Y de entender que la moda, cuando realmente importa, nunca va sola, siempre va de la mano con un contexto social, político y económico, que es lo que conforma a los individuos que la consumen.

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