READ IN: English

El pasado diciembre saltaron las alarmas cuando China anunció su proyecto de cambio de clima, consistente en sembrar nubes en gran parte de su territorio. Con este plan pretende mantener el control sobre la agricultura y las producciones. Pero la noticia no ha gustado a todos y ya son varios los países que han protestado. Es evidente que ser Dios no es tarea fácil.

Si me hubieran dicho esta noticia de pequeña, con seguridad habría imaginado al Zeus de la película de Disney mandando una gran nube al país asiático. Pero de lo que realmente trata el plan del gobierno chino es aún más fantástico que mi idea infantil, ni más ni menos que crear al propio Zeus. Eso sí, con el pequeño matiz de que las nubes no provienen de los dedos todopoderosos del dios griego, sino de unos drones de gran tamaño. Parece que la metafísica y la ciencia se mezclaran para llenar las portadas de los periódicos cada día.

La técnica consistente en rociar las nubes con yoduro de plata hace que no solo se produzcan precipitaciones, también poder controlar dónde se producen; hacer que las nubes se vacíen en un lugar para que cuando lleguen a otro territorio no descarguen. Sin duda un plan digno de una novela Orwell, que si sigue los planes establecidos por el gobierno será factible en 2025.

Es evidente que si alguien tenía que jugar con el tiempo ese iba a ser el gigante asiático. Pero no es China el único país en que se han llevado estrategias de este tipo; las investigaciones comenzaron en los años 40 en EE. UU., y son varios los países que utilizan estas técnicas, como Australia o India. En la propia China ya se hacía antes; no es casualidad que cuando China celebraba un acontecimiento internacional, los niveles de contaminación disminuyesen drásticamente. Lo que ha hecho saltar las alarmas de los países vecinos ha sido la magnitud del proyecto, pues incluye el 60% de la superficie china. India ha manifestado que esto puede salir caro para su clima, pues el monzón de verano puede verse perjudicado.


La magnitud del programa, sumado a que no existen muchos estudios que avalen la seguridad de las consecuencias, lanza dudas en plano internacional y ya son varios los países que pujan por crear una regulación para estas actividades. Es evidente que los hechos van más rápido que la legislación, pero bajo el nivel de interdependencia de los países y la magnitud del proyecto, hay que darse prisa. Es responsabilidad de todos que el futuro deje de ser tan distópico como pinta.