Bienvenidos a las contiendas de ‘farmear aura’: las batallas de gallo pacíficas de la generación TikTok que se han hecho virales
Dos chavales frente a frente. Alrededor, un círculo de móviles grabando. Uno camina despacio, mirada fija, y suelta el gesto del six seven agitando los brazos. El otro contesta con una pose de anime y una voltereta. La gente chilla, alguien levanta el brazo del ganador y nadie sabría explicar qué ha pasado exactamente. No están locos (del todo): es una batalla de ‘farmear aura’, y este verano se ha convertido en el plan de tarde de media Latinoamérica. Internet lo ha convertido en el meme híperlocal: “Cuando vas a una batalla de farmear aura y tu rival es este” e incluso réplicas de las batallas en ciudades españolas. La primera se ha convocado el 1 de septiembre en Vigo.

‘Farmeo de aura’: los orígenes
La palabra viene de los videojuegos. Farmear es la castellanización de to farm: repetir una acción para acumular recursos, experiencia o monedas y mejorar tu personaje. Minecraft, Fortnite, League of Legends. Lo que cambia aquí es el recurso: lo que se acumula es aura, una puntuación imaginaria asociada al carisma, la seguridad y la reputación. De ahí los comentarios que ya has visto mil veces: «+1000 de aura», «perdió aura». Merriam-Webster, una de las editoriales de diccionarios más famosas del mundo, ya recoge el término aura farming: hacer algo con estilo o impresionante sin esforzarse demasiado.
La imagen fundacional es un niño en una canoa. Rayyan Arkan Dikha, indonesio, once años, se hizo viral bailando en la proa durante las carreras tradicionales Pacu Jalur. Su puesto tiene nombre propio: Tukang Tari, el bailarín que anima a los remeros desde la punta. Once tipos de rojo remando a toda velocidad y él, con gafas de sol, en calma absoluta. Contó a la BBC que no había coreografía: le salió así. Después lo copiaron Travis Kelce y medio PSG. El aura, en su versión más pura: que salga orgánico, sin forzar nada.
Brasil inventa el formato
Del scroll a la plaza. Los primeros vídeos de competiciones presenciales se subieron en junio y el epicentro fue Brasil. En el Parque Max Feffer de Suzano, el influencer Uvitinho montó un ‘Campeonato de Farmar Aura’ que juntó a más de 200 personas, de críos a adultos. Ganó Maikizinho, doce años, que se llevó 250 reales. Unos cuarenta euros.
El de Belo Horizonte es todavía mejor. Lo organizó una chica de dieciocho años y lo ganó Arthur Bernardo, once, a base de volteretas y six seven. Premio: 20 reales, un kit de desayuno y un trofeo de Tung Tung Tung Sahur, el personaje del Italian Brainrot. El segundo se llevó 15 reales; el tercero, 10. Preguntado por una radio local, otro ganador admitió que no sabía qué era farmear aura. Nadie lo sabe. Ese es el chiste. Internet es ya un universo paralelo.
Las reglas: no hay reglas
No existe reglamento. Gana quien arranque la mejor reacción del público, con aplausos y gritos. Lo que sí hay son criterios implícitos sobre lo que resta: quien se ríe, quien duda o quien pierde el equilibrio, pierde. Buena parte del ejercicio consiste en aguantar la compostura. En algunas ediciones hay jurado y puntuación del 1 al 10, donde la nota máxima es un seis, por el six seven. Sí.
Aquí está la paradoja. En un videojuego, farmear premia la repetición. Aquí es al revés: si se nota el esfuerzo el efecto se pierde. Un sistema de puntos que nadie administra, todo el mundo entiende y castiga a quien lo fuerza.
El catálogo de movimientos es un archivo de internet a cielo abierto: el mewing, el six seven, poses de memes, videojuegos y anime, celebraciones de futbolistas, caminatas lentas, el dab de Fortnite. La banda sonora, phonk brasileño: AURA de Ogryzek, Slava Funk! de Mvsterious. El fenómeno saca la cultura del meme de la pantalla y la planta en la calle sin filtros ni jerarquías culturales. Da igual un anime que una estrella del deporte (los gestos de Cristiano Ronaldo farmeando aura son un hit recurrente) que un ataque especial de un videojuego: todo vale lo mismo y todo compite en la misma liga. Lo único que se puntúa es tu capacidad de apropiártelo sin trampa ni cartón.
Es, si se quiere, una evolución naif, pacífica, democrática y muda del Street Fighter y de las batallas de gallos. La misma coreografía —dos rivales, un corro, un público que decide— sin puñetazos y sin punchlines. Sin micro. Muda y bonachona, sin ningún afán de humillar, más bien de crecer el ego. Las redes señalan la de los protagonistas de Zoolander como la batalla de farmeo de aura primigenia. Aunque aquí no hay que ser modelo, ni falta que hace. Y el gesto está muy por encima del outfit (aunque todo ayuda). Más de dos décadas después de la película, se añaden muchas capas de cultura digital y de redes para ejecutarlas.
Lo que dice la teoría
Byron Ramírez, filólogo y profesor universitario, escribió sobre el asunto después de que un exalumno le preguntara si esto se podía estudiar en serio. Su primera parada es la obvia: Walter Benjamin, que en los años treinta definió el aura como la aparición irrepetible de una lejanía y sostuvo que la reproducción técnica la marchitaba. Casi un siglo después, una generación que no lo ha leído usa la palabra para lo contrario: un aura que solo existe si hay repetición, colectividad y treinta móviles grabando.
Ramírez rescata al lingüista y cibernético Gregory Bateson: “Todo juego necesita un metamensaje —«esto es juego»— que suspende el sentido literal del gesto, como el mordisco de dos cachorros que se pelean sin pelearse”. Y del sociólogo Roger Caillois, que separaba el mimicry (meterse en un personaje) del agon (la competencia reglada). Aquí funcionan las dos cosas a la vez: cada chaval interpreta una versión caricaturesca de sí mismo y compite de verdad mientras lo hace.
¿Por qué esto irrita tanto a los mayores? “No es cuestión de gusto, es semiótica”, escribe. No hemos perdido la capacidad de ironizar; hemos perdido el vocabulario referencial para ver dónde están las comillas. Si no has visto el vídeo del six seven, ni los reels de mewing, ni el dab, no ves el marco: solo ves una payasada. Leído desde dentro, es otra cosa: una identidad performática construida en comunidad con la excusa de competir.
Y por fin llegaron a España
Y lo hizo por donde tenía que llegar: ni por Madrid ni por Barcelona. La convocatoria circula por redes desde hace días: martes 1 de septiembre, a las 19h, en la entrada del Vialia de Vigo. El plan, literal: “farmear aura, conocer gente, buen rollo y que gane el mejor”. Las instrucciones: “trae tu mejor outfit, tu confianza, tu aura”. Es de los primeros del país.

El cartel es una maravilla involuntaria: dos siluetas encapuchadas, una en rayos morados y otra en llamas verdes, un VS gigante y la fachada del centro comercial detrás con los logos de Zara y Fnac derritiéndose. Un cartel bien cutre hecho con ChatGPT —el propio TikTok lo etiqueta como contenido generado con IA— con la tipografía temblando. El sonido del post, cómo no, es AURA de Ogryzek.
Y el sitio lo dice todo. Ni plaza mayor, ni parque: la puerta de un centro comercial pegado a la estación de tren, donde de verdad quedan los chavales de una ciudad mediana. Al final, después de años echándole la culpa a las redes por tener a los críos encerrados en casa, resulta que TikTok les ha montado una quedada a las siete de la tarde, gratis, sin alcohol y sin peleas ni palizas, para jugársela a desafiar al sentido del ridículo delante de desconocidos. Todo lo aprendido en el móvil, ejecutado en directo. Y, guste o no, eso es aura.
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