La Met Gala no es exactamente una fiesta, aunque se empeñe en parecerlo. Es más bien una ceremonia de confirmación social celebrada bajo la apariencia de una alfombra roja. Una noche en la que el mundo de la moda, el cine, la música, el deporte y la celebridad digital se reúnen para recordar, que lo exclusivo y lo VIP sigue siendo una de las formas más refinadas del poder. En teoría, el evento recauda fondos para el Costume Institute del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. En la práctica, funciona como un censo anual de influencia, un inventario de quienes tienes que tener en radar y, por el contrario, quienes han dejado de ser necesarios.
Cada primer lunes de mayo, la escalinata del Met se convierte en una barrera de distinción. Subirla equivale a recibir una bendición, no hacerlo, a quedar expuesto a la interpretación pública. Porque en la Met Gala las ausencias hablan casi tanto como los vestidos. Hay celebridades que no están porque nunca han sido invitadas, otras porque no desean volver, algunas porque se han cansado del teatro y unas cuantas porque, en algún momento, cometieron el pecado capital de la industria: decir en voz alta aquello que debía permanecer entre bambalinas.
En ese delicado sistema de prestigio, Anna Wintour ocupa desde hace décadas un lugar que se parece menos al de una editora que al de una jefa de Estado sin necesidad de elecciones. Su poder no reside solo en decidir quién aparece en Vogue, sino en administrar una idea de pertenencia. La Met Gala es su territorio más visible, su ejercicio anual de control. Por eso, cuando alguien queda fuera, rara vez se trata únicamente de una cuestión de agenda. En la corte del Met, un asiento vacío puede ser un mensaje, una advertencia o una sentencia dictada con la frialdad impecable de una invitación que nunca llegó.
Los desterrados
Entre los nombres más conocidos de esa lista de desterrados figura Donald Trump. La confirmación llegó de la propia Wintour en 2017, durante una aparición en el programa de James Corden. Preguntada por el presentador sobre a quién jamás volvería a invitar a la Met Gala, respondió que Donald Trump. Otros casos pertenecen a una categoría más sutil, la de las pequeñas herejías sociales que, en determinados círculos, pueden pesar más que un escándalo.
Tim Gunn, antiguo juez de Project Runway, contó en 2016 que su relación con Wintour se rompió después de relatar una anécdota sobre la editora siendo transportada por guardaespaldas escaleras abajo durante un desfile. La historia, que en cualquier otro ambiente habría sido recibida como una excentricidad más del folclore de la moda, habría provocado, según Gunn, una “guerra abierta”.
Rachel Zoe también habría descubierto que el ego, cerca de Anna Wintour, debe administrarse con discreción. En 2007, la estilista se definió a sí misma como más influyente que la directora de Vogue, una afirmación que, según la tradición oral del sector, le costó cinco años fuera de la Met Gala. Cinco años de ausencia pueden parecer un castigo menor para el común de los mortales, pero en la moda equivalen a varias vidas. La rehabilitación, en este mundo, no siempre requiere disculpas; a veces basta con esperar a que la industria te necesite otra vez.
Kanye West es otro caso. Ya no se trata de una indiscreción, de una batalla de vanidades o de una frase pronunciada con exceso de confianza, sino de una ruptura moral y reputacional. Tras sus declaraciones antisemitas y racistas, además de su apoyo al lema White Lives Matter, el sistema de la moda marcó una distancia que esta vez no parecía negociable. Vogue y Anna Wintour dejaron claro que no tenían intención de volver a trabajar con él.
Más ambiguo es el caso de Lili Reinhart. La actriz insinuó que podría no volver a ser invitada después de criticar públicamente la estricta dieta que Kim Kardashian siguió para entrar en el vestido de Marilyn Monroe en la edición de 2022. Reinhart señaló el coste físico de una fantasía. Y ahí la conversación se volvió incómoda. No les interesa que alguien pregunte qué sacrificios corporales exige a veces esa imagen perfecta que después se consume, se aplaude y se convierte en meme antes de medianoche.
También están quienes no fueron expulsados de la corte, sino que salieron de ella. Gwyneth Paltrow declaró en 2013 que la Met Gala “apestaba”, que hacía calor, que estaba abarrotada y que todo el mundo empujaba. Allí donde otros veían el Olimpo de la moda, Paltrow introdujo una vulgaridad muy necesaria en medio de tanto terciopelo conceptual, incluso las noches legendarias pueden oler a encierro.
Zayn Malik tampoco pareció especialmente seducido por la experiencia. Asistió en 2016 como acompañante de Gigi Hadid y más tarde dijo a GQ que no era algo a lo que iría por voluntad propia. La frase demuestra que la indiferencia puede ser más ofensiva que la crítica y convierte la Met Gala en una cena de empresa de altísimo presupuesto a la que uno asiste porque el contrato afectivo, profesional o mediático así lo aconseja.
Demi Lovato describió su paso por la gala como “terrible”; Amy Schumer habló de “farsa” y se burló de la solemnidad con la que los invitados se presentan vestidos como si cargaran sobre los hombros el futuro de la civilización occidental; Tina Fey contó a David Letterman que fue una vez y decidió no volver jamás. Estas salidas de tono recuerdan que, detrás de cada imagen que Internet disecciona durante días, hay una noche larga, un vestido incómodo, un fotógrafo criticando, una conversación incómoda con un desconocido y una celebritie preguntándose si todo aquello no sería más soportable en zapatillas.
Nuevos rostros
Pero la Met Gala no sobrevive solo gracias a sus destierros. Necesita también debutantes, promesas, rostros nuevos a los que convertir en acontecimiento. Cada edición exige una dosis de renovación, alguien que llegue con suficiente misterio para despertar la curiosidad y con suficiente proyección para justificar la invitación. La gala no solo premia carreras consolidadas; también fabrica ascensos. A veces, una buena entrada por la escalinata equivale a varios años de ser imagen de campaña de alguna marca.
Entre los nombres más esperados de este año figura Connor Storrie, convertido en nuevo objeto de fascinación tras el éxito de Heated Rivalry. Su trayectoria reciente lo sitúa en ese punto exacto en el que la industria empieza a mirar a un actor no solo por lo que ha hecho, sino por lo que todavía puede representar. Su aparición en Joker: Folie à Deux, junto a Lady Gaga y Joaquin Phoenix, reforzó su perfil en el imaginario del gran espectáculo. Además, él mismo se definió alguna vez como un “Tiffany & Co. boy”.
A su lado aparece, Hudson Williams, coprotagonista y compañero en Heated Rivalry. Si los rumores se cumplen, ambos podrían protagonizar una de esas llegadas dobles que tanto agradece la moda: jóvenes, fotogénicos y todavía lo bastante recientes. El interés no reside solo en verlos subir las escaleras, sino en comprobar qué lectura hará de ellos la industria.
A’ja Wilson es otro de los debutantes. La estrella de la WNBA forma parte del comité anfitrión de esta edición, un gesto que confirma la relación cada vez más estrecha entre moda y deporte. Durante años, la industria observó a los atletas como cuerpos útiles para campañas o portadas ocasionales; ahora empieza a reconocerlos como productores de poder cultural. Su presencia en la alfombra puede ser una de las más significativas de la noche.
Tras consolidarse como una figura relevante entre la música, la moda y la cultura visual, el debut de la cantante francesa Yseult tiene todos los ingredientes para convertirse en uno de los momentos más comentados de la noche. Fue la primera modelo curvy en desfilar para Balenciaga SS24 y ha orbitado alrededor de casas como Alexander McQueen y Schiaparelli.
También destaca la posible presencia de Tschabalala Self, artista cuya obra explora la identidad, el cuerpo y la representación de la cultura negra. Su inclusión resulta especialmente pertinente en una edición centrada en el vínculo entre moda y arte, porque desplaza la conversación del simple vestido al significado de la imagen. Su trabajo se ocupa precisamente de quién mira, quién es mirado y quién controla la narración del cuerpo.
Al final, la verdadera obra de la Met Gala no está solo en los trajes, ni siquiera en la exposición que justifica la noche. Está en la lista. Ese documento invisible, custodiado con celo casi vaticano, funciona como uno de los textos políticos más eficaces de la cultura contemporánea. Estar invitado significa ser alguien relevante, rentable, simbólico o todo ello al mismo tiempo. No estarlo puede indicar decadencia, castigo, dignidad, mala suerte o simplemente que el algoritmo del prestigio ha decidido mirar hacia otro lado.
La Met Gala 2026 aterriza con un dress code que no entiende de medias tintas: ‘Fashion is Art’.
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