El ciclo que apuesta por el descubrimiento.
Hay una forma de escuchar música que se ha vuelto casi contracultural, la de no tener prisa. En un momento en el que todo se consume en quince segundos y se olvida en veinte, Cervezas Alhambra lleva desde 2018 defendiendo la tesis contraria con su ciclo de conciertos Momentos Alhambra, más de 300 citas repartidas por salas de toda España que ya en 2026 suman más de 40 fechas entre Valencia, Madrid, Asturias, Galicia y Castilla y León. No es casualidad: la marca nació en Granada en 1925, y esa idea de «cerveza hecha sin prisa» es la que traslada, punto por punto, a su territorio musical.

A esto la marca lo llama Músicas con Raíz, y funciona casi como una brújula editorial: origen, descubrimiento y singularidad. Traducido, significa apostar por artistas con oficio y trayectoria, sacar a la luz matices que a la primera escucha pasan desapercibidos y huir de lo masivo para quedarse con lo que tiene personalidad propia. Ni jerga de crítico especializado ni postureo, simplemente el criterio de quien lleva un siglo escuchando con atención.
Y ese criterio se nota en un cartel que, sobre el papel, no debería funcionar junto y que, en la práctica, es precisamente lo que lo hace interesante.
Un cartel que no entiende de etiquetas
Solo en lo que llevamos de 2026, Momentos Alhambra ha llevado a Sala Clamores un homenaje a Paco de Lucía con Diego del Morao, Josemi Carmona, Antonio Sánchez y David de Jacoba sobre el mismo escenario, y unas semanas después ha metido a DJ Spen y su house más espiritual en la pista de Tempo Audiophile Club. Entre medias, María Arnal ha llevado la música tradicional hacia la electrónica más vanguardista, El Duende Callejero ha mezclado rumba, rock y funk desde Granada, y Tommy Guerrero —icono del skate antes que músico, o las dos cosas a la vez— ha traído su cruce de funk, soul y trip hop a Sala Villanos.
Ahí está la gracia del asunto: el ciclo no busca un género que lo represente, sino una actitud que atraviesa todos ellos. Da igual si es el doo wop elegante de The Velvet Candles, el house clásico de Seamus Haji o el breakbeat británico de The Allergies; lo que se repite es la búsqueda de sonidos con identidad propia, artistas que se han tomado su tiempo para llegar a ser exactamente lo que son.
Y en ese ejercicio de eclecticismo hay también una reivindicación silenciosa: la de las salas de música en directo como el verdadero tejido cultural del país, el sitio donde todo esto ocurre de verdad, sin intermediarios ni pantallas de por medio.
Lo que queda por descubrir
La segunda mitad del año viene cargada de nombres que conectan directamente con lo que está a punto de convertirse en tendencia sin haber dejado de ser auténtico. Maruja abre esta recta final el 26 de agosto en Valencia con un post-punk de raíz obrera que mezcla jazz y hardcore sin pudor, y que lleva meses siendo de lo más comentado del indie internacional. Le sigue Destroyer, el proyecto de Dan Bejar, una de las voces más literarias del indie norteamericano, el 19 de septiembre en Copérnico.
Octubre y noviembre traen un contraste que resume bien el espíritu del ciclo: por un lado, el universo futurista y distópico de Erik Urano o la música urbana de raíz latina de Jalezz, que ya suma más de un millón de seguidores; por otro, la neo-psicodelia británica de Temples, el folk introspectivo de Sun Kil Moon o el pop de aire prog de Westerman, todos ellos en distintas salas madrileñas. Y entre medias, Alice Wonder llevará a Gijón y León ese cambio generacional que combina indie, electrónica y música de raíz con una madurez que sorprende para su recorrido.
Ninguno de estos nombres necesita ser masivo para merecer la atención: ese es, de hecho, el criterio que define a Momentos Alhambra desde el principio. La lista completa y sus próximas incorporaciones puede consultarse siempre en el calendario oficial de Momentos Alhambra.
La raíz que sigue creciendo
Al final, lo que Momentos Alhambra propone no es un simple calendario de conciertos, sino una manera de relacionarse con la música que empieza a escasear, la de pararse a escuchar de verdad, sin urgencia por pasar a lo siguiente. Una cerveza granadina que nació sin prisa hace un siglo ha encontrado en esto su reflejo más natural, y lo hace acompañando a artistas y salas en lugar de ponerse ella misma en el centro.
En un panorama saturado de propuestas que compiten por ser la más viral, apostar por el descubrimiento pausado es, paradójicamente, lo más singular que se puede hacer ahora mismo.

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