¿Qué está pasando con la Bienal de Venecia?

Venecia abre su 61ª Exposición Internacional entre dimisiones, protestas y una pregunta incómoda: ¿puede seguir siendo el arte neutral?

¿Qué está pasando con la Bienal de Venecia?

A pocos días de su apertura oficial, este sábado 9 de mayo, la cita más antigua y prestigiosa del arte contemporáneo, está en boca de todos y no precisamente por su programa curatorial. La Bienal de Venecia llega al público convertida en el episodio más convulso de la historia reciente del arte. Sin jurado, con Rusia de regreso tras cuatro años de ausencia, con Israel bajo presión por la guerra en Gaza, con Irán fuera a última hora, con la Unión Europea amenazando con retirar dos millones de euros y con activistas bloqueando el pabellón ruso durante la preapertura. 

La 61ª Bienal debía ser la edición de In Minor Keys, el proyecto concebido por la fallecida curadora camerunesa Koyo Kouoh. Su propuesta buscaba escuchar voces menos visibles: artistas de África, América Latina, comunidades indígenas, creadoras negras, prácticas colectivas y formas de resistencia que no siempre ocupan el centro del sistema artístico.

El regreso de Rusia es el epicentro de la tormenta. Después de cuatro años fuera de la Bienal por la invasión de Ucrania, el país vuelve a tener presencia en Venecia. La organización se excusa en que: «Rusia tiene un pabellón propio y es un Estado reconocido por Italia, por lo que no corresponde excluirlo de una cita que históricamente se presenta como un espacio de diálogo». Pero ese argumento no convenció a muchos gobiernos, artistas y activistas. Para ellos, permitir la participación rusa en una de las vitrinas culturales más importantes del mundo significa darle visibilidad a un Estado que sigue en guerra.

La Comisión Europea también reaccionó y amenazó con retirar una subvención de dos millones de euros a la Bienal. Su mensaje fue claro: «el dinero europeo no debería contribuir, ni siquiera de forma indirecta, a dar prestigio cultural a Rusia». La Bienal respondió con una frase que suele usar en momentos difíciles: «el arte debe ser un espacio de apertura, libertad y encuentro. Su presidente, Pietrangelo Buttafuoco, defendió que la institución no es un tribunal”. Obviamente una feria no puede reemplazar a la justicia internacional, pero tampoco puede actuar como si viviera fuera del mundo.

Ese es el centro del problema. La Bienal de Venecia no es solo una exposición de cuadros, esculturas e instalaciones. Es también un evento donde muchos países tienen pabellones nacionales, y cada pabellón funciona, de algún modo, como una embajada cultural. Por eso, cuando participa Rusia, no participa solo un artista ruso, aparece Rusia como país. Y cuando participa Israel, no participa solo un artista israelí, aparece Israel como Estado. Ahí es donde la idea de neutralidad se rompe, porque el arte puede ser libre, pero el marco que lo presenta no siempre lo es.

La presencia de Israel también fue criticada por la guerra en Gaza y por las acusaciones contra el Gobierno de Benjamin Netanyahu ante la Corte Penal Internacional. Colectivos de artistas y trabajadores culturales pidieron su exclusión o llamaron al boicot, mientras el artista que representa a Israel, Belu-Simion Fainaru, dijo sentirse discriminado y defendió que el arte debe tender puentes, no levantar muros. Es verdad que ningún artista debería ser tratado automáticamente como responsable de las decisiones de su Gobierno. Pero en la Bienal el problema es más complejo, porque los pabellones no son solo individuales. El artista queda atrapado entre su obra y la bandera que lo presenta.

La tensión llegó al punto máximo cuando el jurado internacional decidió no considerar para los premios a los participantes de países cuyos líderes estuvieran señalados por la Corte Penal Internacional. Eso afectaba directamente a Rusia e Israel y generó críticas desde todos los lados: algunos vieron la medida como un gesto ético necesario; otros, como una forma de discriminación o censura. El resultado fue histórico: el jurado dimitió en bloque. La Bienal se quedó sin jurado a pocos días de abrir y, para salir de la crisis, anunció una solución inesperada: crear unos premios elegidos por los visitantes al final de la exposición.

La idea puede parecer democrática, pero también deja muchas dudas. ¿Votará el público por la calidad de las obras o por simpatía política? ¿Se convertirá el premio en una batalla entre países? ¿Quién controlará que el voto no sea usado como una campaña? La renuncia del jurado es una señal de que la autoridad cultural de la Bienal está en crisis. Cuando los expertos se retiran y la institución improvisa otro sistema de premios, lo que queda al descubierto es una pérdida de control sobre el relato.

La crisis institucional se sumó a la protesta en la calle. Activistas de Pussy Riot y Femen se manifestaron frente al pabellón ruso con pasamontañas rosas, humo con los colores de Ucrania y consignas contra Putin. La Bienal quería hablar de arte y diálogo, pero la guerra llegó hasta la puerta. También hubo acciones de artistas contra la presencia de Israel, con intervenciones sonoras para recordar a las víctimas de Gaza y denunciar lo que consideran impunidad. La exposición, antes incluso de abrir al público general, ya estaba atravesada por conflictos que exceden por completo al mundo del arte.

La exposición quería hablar de lo minoritario, de lo que sobrevive en los márgenes, pero la política internacional acaparó todo. Rusia, Israel, Ucrania, Gaza, la Unión Europea, Italia, las sanciones, la Corte Penal Internacional, todo entró en Venecia antes que el público. Por eso esta puede ser la Bienal más caótica de la historia. No solo por las protestas, ni por la dimisión del jurado, ni por la amenaza de perder financiación. Es caótica porque demuestra que el arte no puede seguir presentándose como neutral cuando se organiza alrededor de Estados, banderas y poder diplomático.

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