Valentino Clemente Ludovico Garavani nació en 1932 en Voghera, una pequeña ciudad del norte de Italia. Desde joven tuvo claro que su destino estaba ligado a la moda. Se formó en París —en la École des Beaux-Arts y en la Chambre Syndicale de la Couture— y pasó por casas como Jean Dessès y Guy Laroche, donde aprendió la arquitectura del vestido y el rigor de la alta costura francesa.
Ese aprendizaje marcaría para siempre su manera de entender la moda: lujo clásico, proporción perfecta y una obsesión casi religiosa por el detalle.
Su muerte no solo marca el adiós a uno de los grandes nombres del siglo XX. Funciona como punto de cierre de un modelo cultural del lujo que hoy resulta prácticamente inviable dentro del sistema de la moda actual. Hablar de Valentino, y de su carrera, es una forma de entender cómo ha cambiado el sistema de la moda y qué se ha perdido por el camino.
Roma, los años 60 y el nacimiento de un icono
En 1960 funda Valentino en Roma junto a su socio y compañero de vida Giancarlo Giammetti, figura clave en la construcción empresarial de la casa. El gran punto de inflexión llega en 1962, con su desfile en el Palazzo Pitti de Florencia: la crítica internacional se rinde y Valentino entra oficialmente en el circuito de la alta costura global.

Valentino no construyó su mito desde París, sino desde Roma. Y ese matiz es clave. Frente a la moda francesa —más conceptual, más intelectualizada—, Valentino propuso una idea de lujo profundamente italiana: sensual, clásica, emocional y monumental.
Un diseñador antes del “creative director”
Valentino pertenece a una generación previa a la figura del creative director como la entendemos hoy. No había rotaciones constantes, ni reposicionamientos cada dos temporadas, ni necesidad de justificar cada colección con un discurso cultural o político.
Su trabajo se sostenía sobre tres pilares muy claros: identidad estética estable, códigos reconocibles para todo el mundo, y una excelencia técnica en el diseño.
El rojo Valentino: branding antes del branding

El famoso rojo Valentino no fue solo una elección estética de la marca, sino una operación de identidad muy avanzada para su tiempo. En décadas donde no existía la obsesión actual por el reconocimiento inmediato, ni por el branding, Valentino creó un código visual inequívoco.
Aquí nace también su seña de identidad más reconocible: el rojo Valentino, un tono exacto, teatral y emocional, que se convierte en firma cromática y símbolo de poder y feminidad.
Vestir a mujeres, no tendencias
Valentino vistió a mujeres que entendían el vestir como lenguaje político, social y cultural. Sus diseños no pedían atención: la exigían. Jackie Kennedy, Audrey Hepburn, Elizabeth Taylor, Sophia Loren… todas referentes en su tiempo, encarnaban la belleza como valor absoluto. Valentino reforzó esto a través de su trabajo, definido por una técnica impecable y un respeto casi religioso por el oficio.
El último emperador de la alta costura
En 2008 presenta su último desfile de alta costura y se retira oficialmente. Valentino se va cuando su legado ya es incontestable. Valentino Garavani se mantuvo fiel a una idea casi anacrónica de la moda: talleres artesanales, bordados hechos a manos, largos tiempos de confección y una relación íntima con el cliente.
Valentino pertenece a una generación previa a conceptos como creative director, brand storytelling o fashion content. Diseñaba cuando el centro del negocio era el producto, no el relato. Hoy las marcas luchan por ser reconocibles en un scroll de segundos, y Valentino resolvió el problema del branding mucho antes de que el término se popularizara. Su fortaleza no estuvo en la provocación ni en el discurso político explícito, sino en algo mucho más estable y perdurable en el tiempo. Mientras hoy la moda se apoya en narrativas cambiantes y ciclos cortos, Valentino construyó una identidad inmutabledurante décadas. Eso, en términos de branding, es casi imposible hoy.
La desaparición de Valentino Garavani marca el cierre definitivo de una era donde el diseñador era una autoridad en sí misma, el lujo no necesitaba explicación, por lo que no hacía falta storytelling, y la moda no competía por atención, sino por legitimidad y credibilidad del producto por parte del consumidor.
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