El granadino reúne en ‘Los Angelitos’ a Tito El Bambino, Jumbo y a una nueva generación para dialogar con la era dorada del género sin fingir que estamos en 2005.
Nos citamos con Saiko en Forbes House, en pleno centro de Madrid, para hablar de Los Angelitos, su nuevo disco. Lo acompaña todo el séquito de su equipo. A sus 24 años, Miguel Cantos Gómez, su nombre real, ha decidido soltar la narrativa reposada de sus últimos proyectos y montar una fiesta: catorce canciones de reggaetón que dialogan con la era dorada del género sin fingir que estamos en 2005. Para ello ha reunido a leyendas —de Tito El Bambino a Yung Beef— y a una hornada nueva, grabando entre Puerto Rico y El Salvador. El resultado no busca hit del verano ni mensaje profundo: busca, en sus palabras, que le des al play y te entren ganas de salir. Hablamos con él de todo eso, de Granada, de las discográficas y de por qué el reggaetón, para él, se parece bastante a la pizza.
HIGHXTAR. (H.) – Los Angelitos mira a la era dorada del reggaetón en un momento en el que igual el género va en otra dirección. ¿Por qué ahora y no hace cinco años, cuando quizá hubiera sido menos arriesgado?
SAIKO (S) – Venía de unos años más tranquilos. El último disco fue algo más personal, más reposado, y por el momento vital en el que estoy me apetecía alegría: liarla un poco, pasármelo bien creando mi propio disco. Tenía claro que quería hacer reggaetón, pero un álbum entero de temas seguidos puede hacerse infumable. Para resolverlo pensé en proyectos como Más Flow o Sangre Nueva, de Naldo: productores que juntaban a un montón de artistas en un mismo disco. Yo quise hacer algo parecido —crear los temas, producirlos, componerlos— y luego invitar a mucha gente. Así, aunque sea un disco entero de reggaetón, es muy dinámico y es imposible aburrirse.
(H.) – Catorce canciones es una declaración de intenciones en tiempos de singles y playlists. ¿Por qué defender todavía el formato álbum?
(S) – No quería hacer demasiadas canciones, pero había temas que no podía quitar, y no solo por gusto: por los artistas que quería que estuvieran, porque representan algo importante. Tenía una lista enorme de gente que se quedó fuera —artistas de antes, de España, gente nueva que me encanta—, era imposible meter a todo el mundo. Aun así creo que el disco está de puta madre, y no descarto que sigan saliendo cosas relacionadas con el proyecto. No una «segunda parte» como tal, pero sí mantener el concepto vivo.
(H.) – Hablas de «dialogar con el pasado y no replicarlo». ¿Dónde está para ti la línea?
(S) – No me gusta llamarlo «reggaetón antiguo», porque estamos en 2026 y yo tengo 24 años; esto no es tan viejo. Pero sí es verdad que el reggaetón de los últimos años me tenía un poco aburrido: mucho atmosférico, romántico, triste… y, por otro lado, mucho reggaetón agresivo que simplemente subía los BPM. O lo tenías altísimo de pulsaciones o atmosférico, y por eso dejé de hacerlo. Cuando se me ocurrió el álbum pensé en tirar por una estética más agresiva, que a mí me gusta. Pero tampoco quería fingir que estamos en 2005: eso ya pasó y no iba a crear nada nuevo copiándolo. Por eso quería meter también gente nueva, que aportara frescura, respaldada por el sonido y las leyendas de antes. Que ellos pusieran el sello de «esto está bien», pero sonando a ahora, intentando traer algo nuevo con artistas que igual llevaban 10 o 15 años sin sonar así.
(H.) – El disco reúne a Chencho, Zion, Tito El Bambino, Wisin, Yandel, Jowell & Randy, De La Ghetto… ¿Cómo se construye esa lista? ¿Quién era innegociable y a quién te costó convencer?
(S) – Al principio hice una lista inmensa, de la vieja y de la nueva escuela. Pero cuando lo bajas a la realidad te das cuenta de que no puedes hacer 30 canciones de reggaetón, porque nadie se las va a escuchar. Para mí, todos los que están en el disco son innegociables: cada uno es un sello de que esto está bien hecho, de que respaldan el proyecto. Y cada artista sale en una canción pensada específicamente para su sonido.
“La casita de Bad Bunny fue el máximo AR”
(H.) – La colaboración con Tito el Bambino llamó mucho la atención. ¿Cómo fue currar con él?
(S) – Lo primero es que la casita de Bad Bunny fue el máximo AR. Ahí conocí a muchos, todos diciendo “vamos a trabajar, vamos a hacer algo”, y para mí fue increíble. Tito fue el primero en grabar para el álbum y es una persona de 10, de 11. Imponía un poco: no sabes cómo va a ser, qué te vas a encontrar. Son personas que ya lo tienen todo en la vida, que ya se han pasado el juego y hacen música casi por hobby. Y de repente Tito llega solo al estudio, sin entourage, sin 20 personas. Le puse el tema, le enseñé la intro, el coro, el chanteo que se me había ocurrido. Se metió al micro y todo lo que yo le decía que repitiera, lo hacía; todos los coros, todas las ideas. Se dejó llevar completamente. Yo pasé un rato que nunca voy a olvidar, porque es Tito, una leyenda para todo el mundo y, para mí en concreto, uno de mis favoritos.
(H.) – En tus letras y en tu manera de cantar se nota mucho esa mezcla de Granada, Dellafuente, Yung Beef, lo callejero… ¿Qué le debes a Dellafuente y a esa escuela?
(S) – A Yung Beef siempre le digo que le debo mucho. Él a veces me contesta que nunca se ha dado cuenta, y yo le insisto en que, si te paras a escuchar, cada tres o cuatro canciones hay algo que le debo. Le debo hasta «royalties» de lo que me ha inspirado —medio en broma, pero medio en serio también—. Granada para mí es clave: allí está esa forma de cantar, de escribir, de mezclar lo flamenco con lo urbano, con lo sentimental y lo callejero. Yo me he criado escuchando eso y, aunque ahora esté haciendo un disco de reggaetón más agresivo y más de fiesta, todo lo que he mamado de él y de esa escena sigue dentro de lo que hago.
(H.) – También has grabado en su momento con Dellafuente. ¿Qué tenéis en Granada?
(S) – Desde fuera quizá no se entiende, pero yo, que soy de allí y estoy todos los días en Granada, lo veo clarísimo. Es un sitio superinspirador, siento que hay un duende, algo especial: te das una vuelta y todo inspira. Entiendo que alguien de Albacete dirá lo mismo de su ciudad, pero por lo que yo conozco, Granada tiene algo. Siempre intento llevarla conmigo a todas partes, y todo lo que hago allí es por amor, porque de verdad me gusta la ciudad.
(H.) – Hablabas antes de PXXR GVNG, de Yung Beef, de Cecilio… Toda esa generación que hace diez años parecía «unos chavales haciendo una movida» y ahora es historia de la música urbana en España. ¿Cómo la ves tú desde dentro?
(S) – Me acuerdo perfectamente de esa época: Los PXXR GVNG, «Pinflaquito, vamos a partir el coche», Cecilio… Para mí eso es historia de mi país, historia de la música; lo veo como algo que debería estar en un libro, literal. En su momento quizá se percibía como cuatro chavales liándola, pero con los años ves el impacto real: de cien chavales que hacen música hoy en España, ochenta tienen como ídolos a Yung Beef, a Dellafuente, a esa peña. Crearon una movida gigante. Ahora veo a gente joven haciendo cosas muy guapas y pienso que dentro de diez años habrá un montón de artistas diciendo que empezaron por lo que estamos haciendo nosotros ahora, igual que nosotros miramos a Yung Beef o a Dellafuente. Es una cadena: cada ola le abre la puerta a la siguiente.
(H.) – ¿Alguien que te haya faltado?
(S) – Obviamente se ha quedado gente por el camino. Me quedé con ganas, por ejemplo, de hacer algo con Ñengo.
(H.) – ¿Hubo algún choque generacional sobre cómo se hacían antes las cosas y cómo las haces tú?
(S) – No ha habido choques, la verdad: todos se han dejado llevar y ha sido una experiencia increíble. Yo llegaba con la idea montada, les enseñaba el tema, les decía qué me gustaría que hicieran, incluso les escribía versos para que sonaran como yo los tenía en la cabeza. Y si al grabarlo suena increíble, se dejan llevar. Diferencias, claro que las hay, porque cada uno se ha criado en otra época. Cuando Tito estaba en su máximo momento, si no firmabas con una discográfica no eras nadie: ellas decidían qué disco estaba en la tienda y cuál se vendía. Ahora con el móvil me grabo un vídeo y me ve más gente que todas las discográficas juntas. Muchos artistas de otra generación son inteligentes y se dejan arropar por esto; por eso se han dejado llevar por un chaval de 24 años de España en un género que, en realidad, es suyo. Saben que las cosas están cambiando y que apoyar nuevos talentos es clave para seguir vigentes. Es un ecosistema: tú le das paso a otros y ellos luego se acuerdan de ti.
(H.) – El reggaetón de la era dorada tenía unas narrativas callejeras muy concretas. ¿Hasta qué punto esas historias siguen siendo las tuyas o has tenido que reinterpretarlas desde otro lugar?
(S) – En este álbum no hablo de nada personal ni pretendo cambiarle la vida a nadie. A veces parece que todo tiene que tener un mensaje profundo, y no: este disco no es para eso. No creo que te vaya a cambiar la vida que yo diga «después de las discos se chingan», ni lo busco. Solo quería divertirme, y por eso me lo he pasado tan bien: no he tenido que pensar tanto las letras, sino lo que generan a nivel de vibra, de moverte, de pasarlo bien. Llevo casi tres años haciendo solo álbumes con concepto y también cansa, todo el año centrado en una narrativa. Por eso este año, por ejemplo, no tenía sentido meter un drill, así que no lo metí, para mantener el concepto. Ahora que ha salido, me siento con libertad de volver a sacar música de todos los estilos, como siempre, con mi narrativa de Saiko de siempre.
(H.) – Has tenido siete números uno en España. ¿Cómo gestionas la presión de mantener ese nivel cuando además te metes en un disco conceptual que no busca el hit comercial?
(S) – La verdad es que no la gestiono, porque no la siento. Sé que hay muchos artistas con el discurso de «esto tiene que ser el palo del verano», y yo nunca he dicho algo así. No busco el hit del verano ni pienso en «esto tiene que partirlo todo». Todo lo que he hecho que ha ido bien ha sido música que me gustaba y que subía; muchas veces ni la promociono demasiado: me levanto, veo que se está pegando y digo «pues de puta madre». Ya está todo hecho; ahora hago música por gusto y por disfrute, no siento que tenga nada que demostrarme. Yo me encargo de que la música esté guapa para la gente a la que le gusta, no de fabricar hits en serie.
(H.) – En su día llegaste al número 1 de Spotify sin discográfica. Ahora tengo entendido que estás con Sony. ¿Sientes que te ayuda más?
(S) – Eso de «sin discográfica» tampoco es del todo correcto. Lo que la gente entiende por discográfica es el contrato 360, y eso hoy casi nadie lo quiere, porque ¿quién quiere que se lleven un 10 o un 20 % de todo lo suyo? Luego están la distribución, la editorial… y con eso ya puedes sacar tu música. El ejemplo fácil es Lady Gaga, que seguramente sea un artista 360: cuando tienes un artista así, al que se le paga una millonada, la discográfica lo pone en prioridad máxima. Y si de repente aparece un chaval que casi no sabe ni dónde está y se pone número uno, entiendo que eso genere conflicto. Hoy los chavales con un móvil ya están dentro. Si tienes respaldo de una discográfica, tienes un titán detrás, pero ya no lo veo imprescindible; antes sí, sin discográfica no hacías nada. Yo trabajo con Sony y me llevo de puta madre, y Sony sabe perfectamente todo esto, igual que el resto de las majors.
(H.) – ¿Qué crees que aporta la escena española actual al reguetón que no existía cuando ese sonido cruzó el charco?
(S) – No sé qué aporta España al reggaetón mundial, la verdad. Es como preguntarle a un italiano qué aportan las pizzas del mundo a Italia: igual te dice que son una mierda. A mí me gusta todo —me gusta Italia, me gustan todas las pizzas—, y con el reggaetón me pasa igual. No sé qué aportamos como país; lo que sé es que me la gozo. He visto a un montón de gente por ahí bailar mis canciones y liarla, y con eso me quedo. Obviamente no soy puertorriqueño, y quizá un puertorriqueño no vea mi reggaetón como algo auténtico, pero tampoco pretendo ir de eso. No tendré el sazón de batería de allí, pero tengo el sazón de donde soy.
(H.) – ¿Qué quieres que la gente sienta cuando termine de escuchar Los Angelitos?
(S) – Este no es el Motomami de Rosalía, que te lo pones con cascos y dices «¡qué obra de arte!». Este álbum es para ponértelo de fiesta: nadie se lo va a poner para dormir o para reflexionar, no lo he hecho para eso. Lo he hecho para que la gente lo disfrute, se la goce y tenga ganas de salir, igual que yo. Quiero que, cuando estés en la discoteca y suene uno de estos temas, digas: «Este me lo gozo».
(H.) – ¿Y qué quieres sentir tú dentro de diez años cuando lo vuelvas a poner?
(S) – Dentro de diez años, si tengo las rodillas bien, espero seguir saliendo y gozándomelo también. No sé dónde estaremos, pero mi intención es que Los Angelitos siga sirviendo para eso: que le des al play y digas «joder, qué ganas de salir». Hemos venido a presentarlo y a pedirle a la gente que lo siga escuchando, para que dentro de diez años se lo siga gozando igual.
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