Garfield vuelve del fondo del mar.
Durante más de treinta años, el mar devolvió gatos a las playas de Bretaña. Teléfonos fijos con forma de Garfield —naranjas, de plástico, unas veces enteros y otras en pedazos— aparecían en la costa noroeste de Francia sin que nadie supiera de dónde venían. La explicación tardó en llegar: un contenedor perdido frente a la costa francesa en los años ochenta, cuyos restos localizó en 2019 la asociación ecologista Ar Viltansoù en una gruta de difícil acceso entre acantilados. Se resolvió el enigma y los teléfonos siguieron apareciendo.
Aquella cobertura dejó al cineasta Zack Grant con la sensación de una tarea a medias. «La mayor parte de la cobertura que encontré sobre esta historia era muy periodística y factual», explica a HIGHXTAR. «Siempre sentí que solo había arañado la superficie, que había una historia más sustancial y significativa que contar». El resultado es Silly Little Plastic Cat, un cortometraje documental producido con el apoyo de Back Market, el marketplace de tecnología reacondicionada.
Grant no fue a Bretaña a resolver un misterio, sino a buscar a quienes habían convivido con él. Su corto documental retrata a vecinos, recolectores y activistas que durante décadas recogieron, catalogaron y repararon lo que el mar escupía. El corazón del relato, dice el director, cabe en una frase de su protagonista, Claire Simonen: «El caso Garfield no ha terminado. Y eso es algo positivo, porque el mensaje también continúa».
Esa ambivalencia recorre el corto. Para la comunidad bretona, sostiene Grant, el gato de Jim Davis fue «una bendición y una maldición»: puso el foco internacional sobre un problema de contaminación que llevaba años allí y, al mismo tiempo, ensució las playas con plástico y residuos electrónicos durante décadas. «Sería injusto para la gente de Bretaña no arrojar luz por igual sobre la naturaleza absurda y seria de esta historia», afirma. La imagen cómica de un teléfono de dibujos animados devuelto por las olas y el problema de fondo conviven sin que una anule al otro.
Según el Global E-waste Monitor 2024 de UNITAR y la UIT, en 2022 el mundo generó 62 millones de toneladas de residuos electrónicos y solo se recogió y recicló formalmente el 22,3%. Los teléfonos Garfield son una versión visible y caricaturizada de ese descarte: objetos que sobreviven a su olvido.
Grant filma una cultura de la reparación. Durante el rodaje visitó el Repair Café Iroise, una iniciativa local donde se arreglan desde ordenadores y móviles hasta robots aspiradores y cafeteras. Le interesó que un proyecto de base tuviera una capacidad técnica sofisticada y diera servicio a quien no tiene acceso a un Genius Bar ni a otros canales de reparación «legítimos». El director responde con un argumento: “es un símbolo de esperanza en un mundo que a menudo contempla las historias medioambientales desde la desesperanza». Reparar lo irreparable, viene a decir, sirve para demostrar que la vida útil de un dispositivo puede estirarse, según él, «más allá de lo que los fabricantes quieren hacer creer».
Queda el asunto incómodo: el corto lo financia una empresa cuyo negocio es exactamente el mensaje que defiende. Grant no lo esquiva, lo reivindica. Niega que haya que separar los esfuerzos hiperlocales del Repair Café de los de una multinacional como Back Market. «Ambas promueven una relación más responsable entre los consumidores y los bienes que poseen», argumenta. También describe la película así: «es la expresión más pura de entretenimiento de marca culturalmente relevante. Una pieza que representa a una marca sin hacer que el público sienta que le están vendiendo algo».
La frase resume bien lo que es Silly Little Plastic Cat y también su límite. Es una historia real, contada con cuidado por las personas que la vivieron, y a la vez un contenido de marca que cumple con precisión la misión comercial de quien lo paga. Que ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo es, quizá, lo más contemporáneo del corto. Como los propios teléfonos, el mensaje está ahí, devuelto una y otra vez a la orilla.
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