Met Gala 2026: las referencias artísticas detrás de los looks

De Kylie Jenner como Venus de Milo a Troye Sivan entre Warhol y Mapplethorpe: la alfombra roja de la Met Gala en un museo portátil.

Met Gala 2026: las referencias artísticas detrás de los looks

La Met Gala 2026 ofreció una de esas premisas que parecen sencillas hasta que empiezas a pensar en un vestido que lo represente: “Fashion Is Art”. El tema acompañaba la exposición Costume Art, con la que el Costume Institute del Metropolitan Museum of Art explora la representación del cuerpo vestido a través de la colección del museo, poniendo en diálogo prendas, accesorios y obras de arte. En palabras del propio Met, la muestra busca revelar la relación inherente entre ropa y cuerpo mediante esos emparejamientos entre moda y arte. La exposición reúne alrededor de 200 prendas y accesorios con unas 200 obras de arte.

La alfombra roja, como era de esperar, convirtió esa tesis curatorial en un espectáculo. Al ver los looks ya no solo nos preguntábamos “¿quién lo ha diseñado?”, sino “¿qué está citando?”, “¿de qué archivo viene?”. Como apunta @meelzonart en su Instagram «Did you catch these references on the red carpet?”, la alfombra se leía como un atlas de Warburg en tiempo real: Venus de Milo y Kylie Jenner, Braque y Rosé, Cy Twombly y Paloma Elsesser. La pregunta, entonces, no es si la moda es arte, sino: ¿qué tipo de arte quiere ser la moda cuando sabe que será diseccionada en Instagram antes de llegar al final de las escaleras?

Kylie Jenner x Venus de Milo, 160–110 a. C.

La comparación entre Kylie Jenner y la Venus de Milo funciona porque no se limita al drapeado. En la imagen, la referencia se construye desde la arquitectura del cuerpo: torso desnudo o simulado, pecho modelado, cadera envuelta por una tela clara, tensión entre carne y estatua. El look de Kylie, con su corsé anatómico color piel y su falda marfil, no intenta reproducir el mármol, sino traducir su ilusión de permanencia a la cultura del cuerpo mediático.

La Venus de Milo, conservada en el Louvre, es una obra incompleta: le faltan el brazo izquierdo, gran parte del derecho y el pie izquierdo. Sin embargo, esa mutilación no le ha impedido convertirse en una de las imágenes más persistentes del ideal occidental de belleza. Ahí reside la ironía de la elección. Kylie Jenner, cuyo cuerpo ha sido leído durante años como mercancía visual y campo de batalla moral, aparece junto a una obra que demuestra que la cultura occidental nunca necesitó que el cuerpo femenino estuviera completo para exigirle perfección.

Rosé x Georges Braque, The Birds, 1953

La referencia de Rosé a Georges Braque es una de las más limpias visualmente. En la imagen comparativa, el ave negra de The Birds aparece sobre un fondo azul intenso. En el look de Rosé, esa silueta se concentra en un aplique brillante colocado sobre el vestido negro. No hay voluntad de cubrir todo el cuerpo con pintura, ni de convertir la obra en estampado de museo.

Braque desarrolló el motivo del pájaro en su obra tardía, el Guggenheim Bilbao señala que esas aves fueron volviéndose cada vez más abstractas, desde una figuración inicial hacia formas más arquetípicas y esenciales. Rosé recoge esa dimensión a través del contraste entre el negro del vestido y el brillo del pájaro. La referencia no grita “Braque” con desesperación pedagógica un riesgo bastante habitual cuando la moda se acerca al arte y teme que nadie capte las referencias, sino que deja que la forma actúe con autonomía. Es una de las traducciones más sofisticadas porque entiende que citar no tiene porque que ser tan evidente.

Luke Evans x Tom of Finland, 1985

Cuero de pies a cabeza, gorra, gafas, remaches, guantes, cinturón, postura frontal. La referencia a Tom of Finland resulta explícita y, según People, el conjunto de Palomo Spain diseñado por Alejandro Gómez Palomo se inspiraba en la sensualidad gráfica del artista finlandés. Pero Tom of Finland no solo sigue la estética “leather daddy” apta para photocall. Su obra construyó uno de los imaginarios visuales más influyentes del deseo homosexual masculino del siglo XX. Sus figuras hipermasculinas, motociclistas, policías, marineros, hombres uniformados, reapropiaban los códigos de la autoridad viril para convertirlos en fantasía queer. El uniforme dejaba de disciplinar y empezaba a desear.

En Luke Evans, la traducción es muy literal porque no suaviza del todo esa carga erótica. El cuero mantiene su densidad, el marrón burdeos evita el negro más obvio, y la silueta ajustada conserva algo de provocación. Ahora bien, la Met Gala tiene el talento extraordinario de convertir cualquier subcultura en lujo patrocinable. Lo que en Tom of Finland era pulsión y clandestinidad, aquí aparece pulido, asegurado y perfectamente iluminado.

Lázaro Hernández y Jack McCollough x Robert Longo, Untitled (Men in the Cities), 2005

La referencia a Robert Longo es menos literal que otras, y precisamente por eso resulta más interesante. En la imagen original, el hombre trajeado aparece arqueado hacia atrás, como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado. La serie Men in the Cities trabaja con cuerpos vestidos de oficina en posiciones de caída. Adamson Gallery explica que Longo fotografió a sus amigos reaccionando a objetos que les lanzaba, capturando esas respuestas físicas agresivas que luego se convertirían en imágenes de gran potencia formal. 

Hernández y McCollough no imitan la pose lo cual habría rozado la performance involuntariamente cómica, sino que toman la austeridad del código: traje negro, camisa blanca, corbata estrecha, gravedad urbana. Lo que se cita no es el movimiento, sino la tensión que lo precede. La sastrería masculina aparece como fachada de control, pero también como uniforme de una ansiedad perfectamente planchada.

Es una lectura muy pertinente dentro de la Met Gala, donde la moda masculina suele debatirse entre el clásico smoking o el disfraz desesperado. Aquí, en cambio, la sobriedad tiene filo. El traje no es ausencia de imaginación, sino comentario sobre el cuerpo moderno disciplinado por la ciudad, el trabajo, el poder y la necesidad de parecer entero mientras todo se descompone.

Nichapat Suphap x Leonardo da Vinci, Study of Hands

La comparación con Leonardo da Vinci es una de las más poderosas desde el punto de vista visual. En la imagen, los estudios de manos muestran diferentes posiciones: dedos que se doblan, palmas que sostienen, muñecas que giran, gestos detenidos antes de adquirir significado definitivo. La Royal Collection Trust identifica uno de estos dibujos como Studies of hands, vinculado a la Adoración de los Magos, y subraya su condición de estudio preparatorio. 

Nichapat Suphap convierte esa investigación anatómica en un vestido casi surrealista. Sobre el negro del cuerpo aparecen manos metálicas, brillantes, autónomas, que emergen como prótesis o apariciones. Algunas parecen sujetar; otras, proteger; otras, invadir. La mano deja de ser estudio sobre papel para convertirse en presencia física sobre la ropa.

La referencia es especialmente rica porque la moda es, literalmente, un arte de manos. Manos que cortan, cosen, bordan, ajustan, corrigen. Pero sobre la alfombra roja también hay otras manos simbólicas: las de la mirada pública, las del juicio, las de la industria, las del deseo. Nichapat convierte el cuerpo vestido en un campo de tacto ambiguo. Leonardo estudiaba la mano para comprender el mundo; aquí la mano parece preguntar quién tiene derecho a tocarlo.

Angela Bassett x Laura Wheeler Waring, Girl in Pink Dress, 1927

En Angela Bassett, la relación con Girl in Pink Dress de Laura Wheeler Waring aparece primero a través del color: el rosa saturado, la floración sobre el hombro, la suavidad del drapeado. Pero la comparación no debe quedarse en lo cromático. El Met fecha la obra de Waring hacia 1927 y la describe como óleo sobre lienzo. La artista, vinculada al entorno cultural del Renacimiento de Harlem, trabajó el retrato de sujetos negros con una dignidad formal que desafiaba los estereotipos de su tiempo.

Bassett no reproduce a la joven del cuadro, la transforma en una versión más adulta. En Waring, la figura tiene una delicadeza introspectiva. En Bassett, la flor, que en la pintura parece integrarse en la fragilidad del vestido, en la alfombra roja adquiere teatralidad y poder. Bassett lleva la referencia como quien recoge una genealogía y la amplifica. La niña en rosa de Waring entra en diálogo con una actriz que ha hecho de la presencia una forma de poder.

Venus Williams x Rob Pruitt, Venus Williams Double Portrait, 2003

La referencia de Venus Williams a Rob Pruitt es una de las más conceptualmente inteligentes porque opera en bucle. Venus no se inspira en una obra cualquiera, se inspira en una obra que ya la representa. El cuerpo vuelve sobre su propia imagen. La celebridad cita su retrato. La musa se reapropia del marco.

El vestido negro, el cuello ornamental blanco y los brillos remiten a la composición de Venus Williams Double Portrait. Pero lo importante no es solo el parecido formal. Lo relevante es la inversión de poder. Venus no aparece como objeto pasivo de una mirada artística, sino como sujeto que reactiva su propia iconografía.

Su cuerpo ha sido leído durante décadas desde el deporte, la fuerza, la disciplina, la excelencia física. En esta referencia, aparece también como cuerpo cultural, cuerpo archivado, cuerpo artístico. El vestido no dice “me parezco a una obra”; dice  “la obra de arte ya se parecía a mí”. Pocas frases podrían resumir mejor el narcisismo productivo y perfectamente legítimo de la Met Gala.

La La Anthony x Gustav Klimt, The Tree of Life, 1909

La La Anthony aborda a Gustav Klimt desde otra perspectiva. The Tree of Life es una de esas obras que la cultura popular ha reducido tantas veces a espirales bonitas que conviene recordar su complejidad. La La Anthony no se limita a cubrirse de esas espirales y se convierte en una especie de árbol ceremonial, mitad cuerpo, mitad ornamento, mitad joya botánica. Sí, son tres mitades. En la Met Gala, la aritmética también lleva alta costura.

El vestido de La La Anthony traduce esa lógica en volumen. Las formas ondulantes, los tonos cobrizos, la textura casi vegetal y las aplicaciones brillantes convierten el cuerpo en superficie orgánica. No parece llevar un estampado inspirado en Klimt; parece habitar un relieve klimtiano. La referencia evita, además, el dorado más obvio, ese dorado de souvenir de museo que amenaza cualquier homenaje al pintor austríaco. 

Jon Batiste x Barkley Hendricks, What’s Going On, 1974

Jon Batiste y Barkley Hendricks comparten algo más profundo que el blanco. What’s Going On, obra de 1974, está documentada como pintura de Hendricks en la colección de Crystal Bridges Museum of American Art. Hendricks es conocido por sus retratos de figuras negras y la AP lo ha descrito como un artista pionero del retrato negro, capaz de aplicar tradiciones pictóricas europeas a sujetos contemporáneos negros. 

En la imagen comparativa, el blanco es el vínculo inmediato. Pero no se trata de cualquier blanco. En Hendricks, el blanco actúa como aparición, como espacio de autoridad, como silencio cargado. Batiste lo traduce mediante un look voluminoso. La referencia es eficaz porque Batiste no intenta “parecerse” al cuadro de manera literal. El volumen del abrigo, la caída amplia del pantalón, la textura brillante del tejido y la actitud pausada construyen una imagen que no necesita estridencia.

Hunter Schafer x Gustav Klimt, Mäda Primavesi, 1912–1913

Hunter Schafer amplía el universo Klimt desde una obra distinta: Mäda Primavesi, retrato de una niña de la alta sociedad vienesa, frontal, desafiante, vestida de blanco sobre un fondo floral. Es una pintura extraña porque combina inocencia y autoridad. La referencia en Hunter Schafer resulta particularmente interesante por esa tensión entre candor y artificio.

El look recoge la blancura, la ornamentación floral o cierta verticalidad del retrato, lo importante es cómo transforma la energía de la obra. Hunter suele trabajar la moda desde un lugar liminal: entre feminidad, extrañeza, cuerpo escultórico y fantasía editorial. En relación con Klimt, eso permite desplazar el retrato infantil hacia una presencia contemporánea más ambigua.

Troye Sivan x Andy Warhol, Single Elvis, 1963 x Robert Mapplethorpe, Self Portrait, 1982

Troye Sivan articula una de las referencias más densas porque no cita una sola obra, sino dos imaginarios del deseo y la masculinidad: Andy Warhol y Robert MapplethorpeSingle Elvis convierte a Elvis Presley en una figura masculina pop, cowboy cinematográfico y mercancía visual. Mapplethorpe, en su Self Portraitde 1982, trabaja otra clase de teatralidad: más oscura, más sexual, más autoconsciente, atravesada por la estética queer, el cuero, el control del cuerpo y la mirada.

Troye aparece entonces entre el ídolo pop como superficie warholiana y el cuerpo queer como construcción mapplethorpeana. De Warhol puede venir la pose, la estilización del icono, la idea de celebridad como imagen plana y repetible. De Mapplethorpe, la tensión entre erotismo y autorrepresentación. La referencia funciona porque Troye Sivan es estrella pop, pero también figura queer que ha sabido hacer de la sensualidad una parte central de su identidad. La combinación Warhol-Mapplethorpe evita que la masculinidad aparezca como algo natural.

Gracie Abrams x Gustav Klimt, Portrait of Adele Bloch-Bauer I, 1903–1907

Gracie Abrams se inscribe en el Klimt más icónico Adele Bloch-Bauer I. Peligroso porque es una obra tan reconocible que cualquier referencia corre el riesgo de convertirse en postal dorada. El retrato de Adele es oro, geometría, ojos, espirales, piel pálida, cuerpo casi disuelto en una superficie bizantina. La figura no lleva el vestido. En Gracie Abrams, la referencia debe leerse desde esa tensión entre fragilidad corporal y exceso decorativo.

La comparación es interesante porque Gracie Abrams, con su imagen pública más suave, introspectiva y melancólica, permite una lectura menos imperial de Klimt. En lugar de enfatizar solo la opulencia, puede activar la vulnerabilidad escondida bajo el oro. Porque Adele Bloch-Bauer I también es desaparición. La mujer se funde con el ornamento hasta casi perder el cuerpo. En una alfombra roja, donde el vestido a menudo devora a quien lo lleva, la referencia resulta casi demasiado adecuada.

Hudson Williams x Édouard Manet, The Matador Saluting, 1866

La referencia de Hudson Williams a Édouard Manet introduce una masculinidad distinta: no la del traje urbano ni la del cuero queer, sino la del matador como figura teatral. En el look, la clave está probablemente en la chaquetilla, la rigidez del torso, los bordados o el gesto ceremonial. El matador es una figura fascinante para la moda porque vive de la frontera entre belleza y violencia. Todo en su traje es ornamento, pero un ornamento destinado a la proximidad con la muerte.

La comparación permite pensar el red carpet como plaza. También allí el cuerpo se exhibe ante una multitud, también allí hay riesgo, aunque sea de otra clase: el de acabar en listas de peor vestidos, que es una forma menos noble de cornada pública.

Julianne Moore x John Singer Sargent, Madame X as it appeared at the Salon of 1884

El retrato de John Singer Sargent, presentado en el Salon de 1884, causó escándalo en parte por la sensualidad del vestido negro y por la famosa tira caída del hombro, que luego fue repintada. La obra es una lección sobre elegancia, deseo, reputación y control social. La carga erótica está en la línea del cuello, en la palidez de la piel, en el negro del vestido, en la distancia aristocrática de la pose. Julianne Moore es una intérprete ideal para esa referencia porque su presencia pública combina austeridad y una intensidad casi pictórica.

La comparación resulta especialmente interesante porque Sargent pintó una mujer que la sociedad quiso leer como demasiado visible, demasiado insinuante, demasiado consciente de sí misma. La historia del arte está llena de mujeres castigadas por saber posar demasiado bien. Julianne Moore recoge esa genealogía sin convertirla en melodrama.

Paloma Elsesser x Cy Twombly, Untitled, 1960

Paloma Elsesser y Cy Twombly componen una de las relaciones más abstractas y, por tanto, más exigentes. No hay ave, Venus, árbol ni mano reconocible. Sus obras trabajan con trazos, marcas, escrituras interrumpidas, manchas, impulsos gráficos que parecen estar a medio camino entre el lenguaje y su desaparición. En el vestido de Paloma, la paleta clara, los tonos pastel, los fragmentos de color y las aplicaciones dispersas producen una sensación de superficie pictórica en proceso.

n Paloma, esta referencia adquiere una dimensión adicional. Su cuerpo ha sido convertido por la industria en símbolo de muchas cosas: inclusión, cambio, representación, deseo, mercado. Twombly le ofrece una salida más interesante y es la posibilidad de no ser traducida del todo. En una alfombra roja donde todo quiere ser entendido en tres segundos esto podría ser una resistencia a la obviedad. También, quizás, la peor pesadilla de un editor de redes sociales.

Madonna x Gallerie des modes et costumes français. 6e Cahier de Modes Françaises pour les Coeffures, depuis 1776

La referencia de Madonna a las láminas francesas de coiffures del siglo XVIII es una de las más coherentes con su propia biografía visual. Un barco colocado sobre la cabeza, con velas, banderas, perlas y todo el aparato delirante de una sociedad que entendía el exceso como lenguaje de clase.

Madonna toma esa idea y la oscurece. u look introduce un dramatismo gótico: tocado negro, estructura de barco, velo gris, cabello larguísimo, guantes, una teatralidad casi funeraria. La coiffure deja de ser capricho aristocrático y se vuelve ruina espectral. Si el siglo XVIII elevaba barcos sobre la cabeza para celebrar poder, conquista o frivolidad cortesana, Madonna parece llevar los restos de ese barco después del naufragio. Funciona porque la cantante nunca ha vestido “naturalidad”; ha vestido religión, sexo, disciplina, blasfemia, Hollywood, viudez, masculinidad, maternidad, cabaret, gimnasio, crucifixión y renacimiento.

Alexa Chung x Gustav Klimt, Portrait of Ria Munk III, 1917–1918

Alexa Chung se aproxima a Klimt desde una vía más sutil que La La Anthony. La obra, inacabada hacia 1917–1918, pertenece al último Klimt, donde la figura parece muchas veces disolverse en un campo de motivos florales y cromáticos.  El vestido de Alexa no reproduce el cuadro de forma literal. Lo depura. El verde ácido, la flor acuática sobre la cadera, la caída fluida, los pendientes blancos de gran escala y la ligereza general construyen una versión más editorial.

La referencia tiene algo de irónico. Alexa Chung no parece querer “ser Klimt”, sino pasar Klimt por su propio filtro: menos Viena finisecular, más minimalismo británico con gesto calculado. La flor de loto, el color difícil y la silueta limpia convierten el retrato en una imagen de distanciamiento. Es una Ria Munk que ha sobrevivido al modernismo, al vintage, al styling y a la obligación de parecer casual incluso cuando se está citando a uno de los grandes pintores decorativos del siglo XX.

Así ha sido la Gala del Met 2026.

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