Osaka, mucho más que Dotonbori.
Como en cualquier otra ciudad japonesa, el metro de Osaka no iba a ser menos sistematizado. La gente va ordenada, en silencio y sin llamar la atención del resto. En Japón se ha extendido una filosofía para tratar bien a los demás. Se le llama omotenashi: algo así como el arte de la hospitalidad desinteresada y el cuidado auténtico, anticiparse a las necesidades del otro y satisfacerlas sin esperar nada a cambio. Tanto es así que, nada más bajar del metro en la concurrida parada de Namba, la jugadora del Chelsea FC —cedida esta temporada al Tottenham— e internacional con la selección japonesa Maika Hamano se acercó a dos turistas españoles más perdidos que el oro de Atahualpa, el aquí firmante y su pareja. ¿Su intención? Ayudarnos a llegar al hotel, porque al jugar en la Women’s Super League inglesa tenía un nivel de inglés muy por encima de la media del país. Que fuera, además, osaqueña de nacimiento solo hacía el gesto más redondo.
Empezar un viaje a Japón con el aterrizaje en Osaka es comenzar a visibilizar los contrastes de Japón. Poco hay de esa esencia del Japón tradicional como en Kioto. Es una ciudad copada por el manga, la vida nocturna y todos los estímulos digitales posibles. Si bien existen templos increíbles como el de Shitennō-ji, pronto contrasta con los neones de los barrios de Dotonbori y Namba. La ciudad tiene un punto tan diferencial que hasta tiene su propio dialecto, el kansai-ben, la variante más conocida del japonés estándar.
Incluso el hotel donde nos hospedamos expresa ese contraste. El OMO7 Osaka se integra en el barrio de Shin-Imamiya, una zona que se presupone conflictiva al colindar con Kamagasaki, uno de los barrios más estigmatizados de Japón. Su omotenashi llega tan lejos que permiten a los vecinos de uno de los barrios con la renta per cápita más baja de la ciudad usar sus jardines, juegos y columpios para los niños de forma totalmente gratuita. Problemas en la zona se ven cero.
«Nos implicamos con la comunidad realizando actividades semanales de limpieza junto a nuestros vecinos y poniendo en marcha iniciativas que invitan a los niños del barrio a visitar el hotel», señalan Rina Hasegawa, trabajadora del OMO especializada en la zona. No conocían la historia con la futbolista, pero al preguntar por esa amabilidad aclaran algo sobre la ciudad: «En Osaka, el espíritu del osekkai —nacido de la cultura mercantil— significa que, si ves a alguien que parece perdido, te acercas por iniciativa propia y le ayudas aunque no te lo haya pedido. No se limitan a indicarte el camino: puede que incluso te hablen de su restaurante de kushikatsu favorito de camino», señalan desde la propiedad de lujo urbano de Hoshino Resorts.
Esa hospitalidad a veces hasta choca. El parque de Universal Studios de Osaka sorprende por lo logradas que están las zonas de Nintendo, Hogwarts o SHARK, pero también por lo pesados que pueden llegar a ser sus trabajadores. Cada vez que finalizas el trayecto en una de sus increíbles atracciones tienes una horda de trabajadores vestidos con la temática del lugar aplaudiéndote y animándote por, no lo sé, ¿lo bien has aguantado sentado? La primera vez sorprende su amabilidad. La quinta quieres llevar tapones en los oídos y dejar la artificialidad a un lado.
Se mira pero no no se toca
En el Japón que consume el turista occidental hay una sensación constante de ver pero no tocar. Funciona como una proyección colectiva: lo exótico sin el riesgo, el contraste con orden y seguridad. Esa imagen —sumada a su cultura pop de anime, moda y gastronomía— se convirtió en el marketing más eficaz para que medio mundo quiera visitarlo. Pero esa misma vitrina condiciona el viaje. Cuesta encontrar lugares fuera de las guías con una lengua tan distinta del castellano y con menos de un 10% de la población capaz de mantener una conversación fluida en inglés, según datos del propio Gobierno. Muchas veces Japón se visita como a través de un cristal.
Ir al mercado de Dotonbori o pasear junto a su río frente al Glico Man se siente más como estar en un parque de atracciones que como conocer una ciudad. Si ya la estridencia de los neones vuelve artificial el lugar, ver pasear por él a miles de turistas lo hace parecer aún más extraño. Los japoneses tienen incluso una palabra para la masificación turística: kanko kogai.
Más raro aún se hacer ver a las ocho de la tarde a mujeres jóvenes ofreciendo sus servicios sexuales. Cerca del barrio de Shinsekai es habitual ver chicas vestidas casi como dibujos animados y un mama san –algo parecido a las madame francesas– luciendo sus encantos e invitando a la parte superior de un local a tener un encuentro más íntimo. Lo hacen poniendo una voz muy aguda, casi chirriante, y con carteles en sus manos. Esto es una tendencia en auge: según la OIM, el país del Sol Naciente popular para el turismo sexual. Estas circunstancias han llevado a una proliferación de negocios fukozu (entretenimiento para adultos) que, aunque la prostitución sea ilegal en el país desde 1957, operan de forma regular aprovechando rendijas legales. Muchas de las chicas captadas son atrapadas por deudas con clubes nocturnos. Además, este tipo de ofertas sexuales suele ir más orientadas al turismo local y asiático que a los occidentales.
Entre el hiperconsumismo y lo auténtico
Osaka es la posibilidad de comprar lo que quieras cuando quieras. Existen tiendas de gashapon, unas tiendas de bolas de cinco pisos, en las que tentar a la suerte hasta la madrugada, las macrotiendas low-cost Don Quijote con sonidos hiperestimulantes y tiendas de figuras de anime y videojuegos que abren hasta altas horas de la noche. Se acaba sintiendo mucho más real buscar su famosa comida callejera en barrios como Shin-Imamiya que en el mercado central.
La gente de Osaka tiene el mismo estigma que los andaluces en España: el de ser excesivamente sociable y hablar con quien sea. Y es verdad. Incluso su buen espíritu se entiende con el símbolo de la ciudad: Billiken, talismán con forma de duende con una amplia sonrisa pícara, ojos achinados y orejas puntiagudas. Si estás en un bar fuera del centro pasada la medianoche, con unas cuantas cervezas o cócteles de más, es fácil que prueben a hablar con ese extraño occidental que invade su lugar de confianza. Igual que aquí tenemos los bares de tapas, ellos tienen los izakayas: lugares donde comparten comida y beben hasta, literalmente, caerse en pie. Aunque no hablen nada de inglés, es fácil que intenten comunicarse con curiosidad.
En una sociedad tan rígida a veces como la japonesa, los izakayas funcionan como un lugar de conexión humana. “Completos desconocidos sentados unos junto a otros entablan conversación de forma natural”, opinan desde el OMO7 de Osaka. En Shin-Imamiya históricamente fue un barrio con muchos trabajadores del turno de noche. Por eso surgieron culturas singulares, como el «Nishinari Morning» (donde disfrutar de un combinado de cerveza y huevo desde primera hora de la mañana) o el «Sen-bero» (beber lo suficiente para achisparte por solo 1.000 yenes). Siempre muy centradas en disfrutar de la bebida de forma asequible.

Un japonés en la barra no se distingue por una gran cantidad de palabras, sino por el cuidado con el que las elige. Antes de intervenir suele haber un silencio, una pausa que un extranjero podría confundir con timidez o desinterés y que en realidad es lo contrario: el tiempo que cada uno se toma para no decir una tontería. El resultado es una conversación que avanza despacio pero rara vez en vano. Y ocurre algo que llama la atención: ese mismo nivel de atención aparece tanto en boca de un ejecutivo como de un obrero que sale del turno nocturno. La jerarquía que ordena la calle, la oficina o el transporte se afloja en torno al vaso.
Nada más divertido que hablar con un japonés en un izakaya y tratar incluso de hablar su lengua. Ellos son los primeros en querer que los entendamos y respetemos más al viajar. Si uno evita ser el turista que busca postales –respetable, es una locura a nivel fotográfico– puede entender que Japón tiene capas: cuanto más miras, más consciente eres de lo que no entiendes.
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