Madrid, Asturias, Burriana y Cullera. Cuatro festivales, cuatro escenas musicales muy distintas y una misma presencia durante todo el recorrido: McDonald’s. Este verano seguimos de cerca “Suena a McDonald’s”, la iniciativa con la que la marca reforzó su vínculo con la música y llevó su experiencia al corazón de algunos de los festivales más importantes del país.
Hay un momento, normalmente a mediados de julio, en el que dejamos de organizar el verano por semanas y empezamos a hacerlo por festivales. Una fecha era Mad Cool. La siguiente, Boombastic. Después tocaba Arenal Sound. Y cuando pensábamos que ya habíamos llegado suficientemente lejos, acabábamos en Cullera entrando en Medusa cuando todavía quedaban varias horas por delante para que saliera el sol. Así fue buena parte de nuestro verano de 2026.
Cuatro festivales que apenas tenían nada que ver entre ellos, más allá de esa capacidad que tiene la música de reunir durante unos días a miles de personas en un mismo lugar. También cuatro paradas de “Suena a McDonald’s”, la campaña con la que McDonald’s decidió reforzar este año su relación con la música patrocinando doce festivales en España. Nosotros estuvimos con ellos en cuatro.
Además de colaboraciones con creadores, activaciones, sorteos de entradas, canjes y distintas sorpresas dentro y fuera de los recintos, el verdadero icono de “Suena a McDonald’s” fue su restaurante sobre ruedas. Una instalación itinerante que fue saltando de festival en festival para llevar algunos de los productos más reconocibles de la marca directamente al epicentro de la acción. Una especie de pit stop entre conciertos donde parar, recargar energía y volver al siguiente escenario sin salir del mood.
Mad Cool
Nuestra primera parada fue Mad Cool, en Madrid, uno de los festivales donde mejor se entendía la transversalidad de “Suena a McDonald’s”. El cartel permitía pasar en pocas horas de las guitarras de La Paloma al pulso electrónico de Boys Noize, del universo más atmosférico de The Blaze DJ Set al pop global de JENNIE, Zara Larsson o Lorde, sin olvidar la intensidad de Florence + The Machine. También disfrutamos de Yun Prado y de Supermodel, que aportaron otros matices a un festival donde las fronteras entre escenas parecían cada vez menos importantes. Público muy diverso, códigos Y2K, camisetas de bandas y una forma de consumir música mucho más abierta, en la que pasar de un género a otro ya forma parte de la experiencia.
Boombastic Asturias
Frente a la transversalidad de Mad Cool, aquí dominaban el urbano, el trap, el rap y una generación formada entre Spotify, YouTube, TikTok y años de mezcla constante entre géneros. Xiyo y Fernández, 8belial y Albany representaban sensibilidades muy distintas dentro de esa nueva escena, mientras Hijos de la Ruina convertían el recinto en una respuesta colectiva entre escenario y público. Polimá Westcoast aportaba una lectura más melódica y latina, Saiko confirmaba su peso dentro del nuevo mainstream y Yung Beef seguía conservando esa imprevisibilidad que lo ha convertido en una figura fundamental para entender el trap en España.
Arenal Sound
Arenal Sound era otra cosa porque el festival no terminaba en sus accesos. Burriana entera formaba parte de la experiencia: playa, terrazas y grupos moviéndose durante días con un horario propio. Musicalmente, el cartel reflejaba muy bien el presente del urbano y de las nuevas escenas. Myke Towers confirmaba el lugar central que ocupa el reguetón en los grandes festivales, mientras MVRK y D. Valentino conectaban con una generación mucho más híbrida. Lorna aportaba una referencia histórica dentro del género, Metrika DJ Set desplazaba la energía hacia un terreno más club y Delaossa proponía un registro más introspectivo y narrativo.
Medusa
Nuestra última parada fue Medusa, en Cullera, donde la electrónica dominaba por completo. Todo estaba concebido a gran escala: escenarios monumentales, visuales, fuego y una sucesión de sesiones que mantenían al público activo hasta prácticamente el amanecer. Tiësto, Steve Aoki, Dimitri Vegas y Timmy Trumpet representaban la vertiente más espectacular y masiva del festival, mientras James Hype, Mau P y Oliver Heldens conectaban mejor con el lenguaje actual del house y el tech house. Alok aportaba una lectura más expansiva, y nombres como Carl Cox y Marco Carola introducían otra profundidad, más próxima a la cultura de club.
Cuando una marca deja de estar delante y empieza a estar dentro
Habíamos pasado por Mad Cool, Boombastic Asturias, Arenal Sound y Medusa, cuatro festivales que entendían la música, la estética y la propia idea de comunidad de maneras diferentes. Eso era precisamente lo interesante. McDonald’s no necesitó convertirlos en una experiencia homogénea para estar presente en ellos. “Suena a McDonald’s” funcionó más como un hilo conductor: activaciones, encuentros con creadores y, sobre todo, un restaurante sobre ruedas que llevó algunos de los productos más reconocibles de la marca al interior de la temporada festivalera.
La compañía patrocinó algunos de los festivales más importantes del país dentro de una estrategia con la que buscaba reforzar su presencia en la música y en la cultura contemporánea. Pero después de recorrer cuatro de ellos, nos interesaba algo bastante más cotidiano. La forma en la que ciertas marcas terminan entrando en nuestros recuerdos precisamente cuando dejan de exigirnos que les prestemos atención.
Porque cuando pensamos en este verano probablemente recordaremos a Nick Cave acercándose al público en Madrid, el último Boombastic asturiano, una madrugada en Burriana o el momento exacto en el que asumimos en Cullera que ya no tenía ningún sentido intentar dormir. También recordaremos las pausas.
A alguien apareciendo con unas patatas. Un pedido compartido mientras discutíamos qué escenario tocaba después. Ese Para pa pa pa apareciendo de nuevo en una ciudad distinta. Al final, la cultura de festivales también está construida con esos pequeños rituales. Y este verano, algunos sonaron inevitablemente a McDonald’s.
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