Red Bull Symphonic aterrizó por primera vez en España con una noche irrepetible en el Auditorio Nacional, con Lucas Vidal a la batuta y un desfile de invitados que nadie vio venir.
Hay conciertos que se disfrutan y hay noches que se cuentan durante años. Anoche, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, pasó claramente lo segundo. Red Bull Symphonic celebró su primera edición en nuestro país con Lia Kali como protagonista, un sold out colgado desde hace semanas y una premisa tan sencilla como arriesgada: coger el repertorio de una de las voces más personales de la escena urbana y darle la vuelta con una orquesta sinfónica. Eso sí, con una condición. Todo iba a pasar una sola vez.
El espectáculo, bautizado como «La música camina conmigo», no se planteó como un concierto al uso, sino como un viaje en cuatro actos. Y para que el viaje funcionara hacía falta un buen equipo de pilotos: por un lado, Lucas Vidal, compositor premiado y cara conocida del cine, dirigiendo la orquesta; por otro, Pablo Donaire como director musical, con quien el proyecto se fue cocinando durante meses. El resultado fue un Auditorio convertido en laberinto, con Lia dentro buscando la salida.

Primer acto: entrar en el laberinto
Para empezar, Lia apareció en lo alto de la escalera con Contra todo pronóstico y fue bajando hacia el escenario paso a paso, rodeada de bailarinas. Una entrada de película que, además, dejaba clara la hoja de ruta de la noche: llegar, triunfar, perder el norte, pelearse con los propios fantasmas y, finalmente, encontrar la puerta. Todo ello contado no solo con canciones, sino también con luz, escenografía y baile.
A partir de ahí, el laberinto empezó a llenarse de compañía. Fernando Costa fue el primero en sumarse en Te conocí bailando y se quedó para Para aguantar. Poco después, y sin anuncio previo, Elane irrumpió en Falso, tema que terminó con Lia envuelta en un telón mientras la música empujaba hacia el siguiente capítulo. Si alguien había llegado pensando que esto iba a ser un recital tranquilito, a esas alturas ya había cambiado de opinión.
Segundo acto: cuando las cosas se ponen oscuras
Sin embargo, todo laberinto tiene sus pasillos sin luz, y el segundo acto fue precisamente eso. En Peor que la policía, Antony Z convirtió los pensamientos de Lia en un diálogo a dos voces hasta devolverle el foco a la orquesta. Y entonces llegó el momento que probablemente más se va a comentar de la noche: Kase.O apareció en lo alto de la escalera, escoltado por un grupo de figuras encapuchadas, para reinterpretar God Damn en clave de Réquiem de Mozart. Sí, has leído bien. Mozart y Kase.O en la misma frase. La energía del Auditorio cambió de golpe y, a continuación, un solo de violín recordó a todo el mundo que la orquesta no estaba allí de decorado.

Tercer acto: buscando la luz
Tras tanta sombra, tocaba empezar a salir. En Cachito de luz, Zatu acompañó a Lia en esa búsqueda, mientras Acción Sánchez se subía al escenario con su inconfundible guitarra-plato, aportando una textura que ninguna sección de cuerda puede imitar. Acto seguido llegó uno de los momentos más íntimos de la velada: Volvernos a amar, junto a Toni Anzis y Salma, una canción sobre la vulnerabilidad, la necesidad de refugio y la reconciliación con uno mismo. Por si fuera poco, el solo final de Toni Anzis dejó la sala suspendida en el aire justo antes del último tramo.

Acto final: del laberinto a la luz
La salida arrancó con Lucas Vidal cambiando la batuta por el sintetizador en un interludio que preparó la transformación definitiva. Cuando Lia volvió a aparecer en lo alto de la escalera, esta vez vestida de rojo, ya no era la misma que había entrado horas antes. Me muero, Chulx y Renacer marcaron ese cambio de piel: de la oscuridad a la resiliencia, guiada por el hilo rojo que siempre la ha acompañado, que no es otro que la música, como ella misma mencionaba.
Finalmente, Alzo el vuelo la puso de nuevo junto a las bailarinas en el camino de vuelta, y Cantaré sirvió de desenlace. Desde su refugio en la escalera, Lia bajó hasta el centro del escenario mientras orquesta y banda crecían a su alrededor y, uno a uno, todos los invitados fueron regresando hasta rodearla en una foto de familia final. El laberinto, en definitiva, terminaba donde tenía que terminar: en la música y en la gente que ha formado parte del camino.

Más que una orquesta de fondo
Al final, la clave de Red Bull Symphonic no está en ponerle violines a un repertorio urbano y ya, sino en preguntarse qué pueden llegar a ser esas canciones cuando cambian de idioma. Y en el caso de Lia Kali, la respuesta fue bastante más que un «suena bonito». Fue una relectura completa de su trayectoria, contada con narrativa, riesgo y un reparto de invitados de los que no se juntan todos los días.
Así pues, quien estuvo allí puede presumir de haber visto algo que no se va a repetir. Y quien no, ya sabe: la próxima vez que Red Bull anuncie un Symphonic, mejor no pensárselo dos veces.

Hablamos w/ Lia Kali momentos antes de su Red Bull Symphonic en el Auditorio Nacional.
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