Studio Ghibli nos enseñó a mirar el mundo de otra manera

Studio Ghibli recibe el Premio Princesa de Asturias 2026. Analizamos su influencia en el cine, la moda, el arte y la cultura visual contemporánea.

Studio Ghibli nos enseñó a mirar el mundo de otra manera

Studio Ghibli lleva más de cuarenta años contando historias, pero también ha cambiado la forma en la que miramos el mundo. Nos enseñó que una niña podía enfrentarse a un universo de espíritus sin necesidad de convertirse en una superheroína, que un bosque podía tener personalidad propia y que contemplar cómo se mueve la hierba con el viento podía resultar tan emocionante como cualquier escena de acción. Ahora, el estudio japonés recibe el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026. Vamos a hacer un repaso de sus hitos. 

Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki, Isao Takahata y Toshio Suzuki, Studio Ghibli construyó un universo creativo que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes referentes culturales de nuestro tiempo. Su influencia no se limita a títulos como El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro o La princesa Mononoke. Está presente en la estética contemporánea, en la moda, en los videojuegos y en esa fascinación colectiva por encontrar belleza en las cosas aparentemente insignificantes.

En una industria cada vez más acelerada, Ghibli ha defendido históricamente una idea casi radical: no todo necesita suceder inmediatamente. Sus películas están llenas de silencios, paisajes que parecen respirar, personajes que cocinan, comen, esperan o simplemente observan. Escenas en las que aparentemente no pasa nada y, sin embargo, sucede algo fundamental. Nos obligan a prestar atención.

Esta filosofía tiene mucho que ver con el concepto japonés de ma, asociado al intervalo, la pausa y el espacio entre acontecimientos. En las películas de Miyazaki, esos momentos no son un recurso para rellenar metraje, sino una parte esencial de la experiencia narrativa. Frente a la hiperestimulación que domina buena parte del entretenimiento contemporáneo, Ghibli nos recuerda que la contemplación también puede ser una forma de resistencia.

Pero su revolución no ha sido únicamente estética. Mucho antes de que la sostenibilidad se convirtiera en un argumento recurrente de las campañas publicitarias, películas como Nausicaä del Valle del Viento —anterior a la fundación del estudio— y La princesa Mononoke planteaban conflictos profundamente ecologistas. La naturaleza no aparecía como un simple escenario que proteger, sino como un organismo complejo, poderoso y capaz de responder a la violencia humana. Y lo hacía sin reducir necesariamente sus historias a una división entre buenos y malos.

Algo parecido sucede con sus protagonistas femeninas. Chihiro, San, Kiki o Sophie no responden al arquetipo tradicional de la princesa que necesita ser rescatada. Son personajes contradictorios, vulnerables y valientes, cuya evolución no depende de una historia romántica. En lugar de construir heroínas perfectas, Ghibli permitió que sus protagonistas fueran humanas. Y lo hizo mucho antes de que los discursos sobre representación femenina se convirtieran en una estrategia habitual de las grandes productoras audiovisuales.

Esa capacidad para construir un imaginario reconocible también explica por qué Ghibli ha terminado conquistando industrias aparentemente alejadas de la animación. Entre 2021 y 2023, LOEWE trasladó los universos de Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro y El castillo ambulante a colecciones de moda y accesorios bajo la dirección creativa de Jonathan Anderson. Los personajes aparecieron en bolsos Puzzle, prendas bordadas y elaboradas piezas de marroquinería. Más que una operación de merchandising, la colaboración demostró que la artesanía de una casa de lujo y la animación japonesa podían compartir un mismo lenguaje.

Su legado también ha llegado a los videojuegos. La colaboración con LEVEL-5 en Ni no Kuni permitió trasladar parte de su universo visual a un medio interactivo, demostrando que sus paisajes y personajes podían existir más allá de la pantalla cinematográfica. Ghibli dejó de ser únicamente un estudio de animación para convertirse en un lenguaje estético reconocible por generaciones que ni siquiera habían nacido cuando se estrenaron sus primeras películas. 

Y quizá ahí reside otra de sus grandes aportaciones. Ahora que todo nacen y desaparece en cuestión de semanas, es de agradecer que Studio Ghibli haya construido una identidad que permanece en el tiempo. Sus colores, sus cielos, sus interiores domésticos y sus paisajes se han convertido en referencias recurrentes del imaginario digital. Una estética que internet reproduce, reinterpreta y, en ocasiones, por desgracia, reduce a una sucesión de imágenes bonitas, despojadas de la complejidad narrativa que les dio origen.

Esta paradoja se vuelve especialmente relevante en plena expansión de la IA. Hoy resulta relativamente sencillo producir imágenes que recuerdan al universo de Miyazaki. Lo verdaderamente difícil es reproducir aquello que las hace significativas: la intención detrás de cada escena, la relación entre sus personajes y el mundo que habitan o esa capacidad de encontrar emoción en algo cotidiano. Porque la estética es más fácil de replicarse, pero el mero hecho de hacerlo no significa que se esté reproduciendo su sensibilidad.

El Premio Princesa de Asturias reconoce precisamente esa dimensión humanista de su trabajo. No se trata únicamente de premiar una trayectoria cinematográfica, sino de reconocer que la animación también puede ser una herramienta para reflexionar sobre la sociedad, la memoria, la guerra, la infancia o nuestra relación con el planeta. 

Puede que el mayor logro de Studio Ghibli no sea haber creado algunos de los personajes más queridos de la historia del cine, sino habernos enseñado a observar aquello que normalmente ignoramos. En un mundo que parece exigirnos producir, consumir y avanzar constantemente, sus películas siguen defendiendo algo tan sencillo como revolucionario: que vivir también consiste en detenerse a mirar.

La unión entre la moda y el anime.

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