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En el verano por norma nos vamos, es la estación de marcharse. Cada uno con su maleta sale de casa para ir a un “lugar mejor”, y nada de pena ni lloros. Nos abandonamos con una sonrisa de oreja a oreja, no son fechas señaladas, da lo mismo.

El verano hace que el calendario sea plano, lo mismo da que sea lunes que viernes. Cada uno va donde le corresponde; el verano, como el tiempo, pone a cada uno en su sitio. Da igual dónde sea, siempre será mejor que estar en casa. Buscamos el cambio, el buen tiempo, y sobre todo, lo más importante, lo esencial: la desconexión. No hay nada más típico del verano que la desconexión, ni la playa, ni los helados, ni siquiera los ancianos haciendo cola para plantar su sombrilla los primeros. La desconexión es las ganas de cambio, el instinto de salir corriendo que nos mana cada año en agosto y hace que terminemos semidesnudos en una playa con cientos de personas que buscaban lo mismo que nosotros, huir, desparecer, sentirse solos. No hay ningún sitio como las playas para encontrar la soledad, o mejor dicho, gente que desesperadamente busca unos metros de arena con su correspondiente porción de agua para sentirse los individuos más individuales de todo el universo. No hay relato de viajes que no incluya una puesta de sol desierta, y si existe, es considerado un
fracaso.

Resulta paradójico que en la era de las comunicaciones, cuando hay más posibilidad de estar en contacto, busquemos justo lo contario, la pura desconexión, como si todo lo que anhelábamos se haya puesto en contra. Y un poco en contra sí que se ha puesto; cada día son más comunes los problemas con el uso desorbitado de las redes sociales y la dependencia que generan. Pero tampoco hace falta ponerse en el extremo para percibir lo nocivas que pueden llegar a ser, atendamos al día a día, a la cotidianidad, está cuando menos repleta de urgencia; el teletrabajo, los mails, las clases online, etc. Estar en casa ya no es lo mismo que hace unos años; ahora es estar en la oficina, en clase o en el psicólogo. La definición de hogar por tanto tendrá que cambiar, porque ya no es solo un sitio en el que se viva, ahora tiene nuevos usos, es más público que nunca y tiene nuevos inquilinos que ni siquiera están en cuerpo presente. Y además, unos inquilinos que están todo el día solicitando atención. Cada día será más común ser un mal anfitrión.

La disponibilidad nos ha comido. Y sabemos que somos masticados pero a la vez hay algo de confort en eso, de saber estar. Muy pocos son los que se van de vacaciones y se resisten a subir una foto a Instagram del maravilloso lugar en el que se encuentran. También son pocos los que no aguantan sin ver las últimas publicaciones de tal viaje que está haciendo no sé quién. En el artículo “Libertad como desconexión” del filósofo Daniel Innerarity publicado por el El País, el autor señala que “la conectividad es tanto un imperativo técnico como moral. Se trata de estar siempre integrado, disponible, accesible”. Es decir, ya no es tanto el móvil, que si lo apago o que si lo pongo modo avión para no mirar las notificaciones; es nuestra forma de actuar, la forma de comportarnos, nuestras necesidades, al fin y al cabo, lo que todos entendemos como vida.

Tal vez la única manera de sentirse uno mismo sea yendo a las cinco de la mañana a clavar tu sombrilla y reclamar la porción de individualidad que como seres humanos no pertenece y día a día se nos niega. Quizá todo trate de eso, de manifestarte ante la salida del sol y decir “aquí estoy”. Quizá la única manera de desconectar por unos minutos sea zambullirse en la soledad acompañada de las playas desiertas de Benidorm.