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A veces está bien imaginarse como sería uno si no fuera como es. Pensar en qué comería, qué ropa llevaría, por dónde saldría. Yo suelo hacer este ejercicio muy a menudo, sobre todo cuando voy andando por la calle y me cruzo con, lo que considero, las antípodas de mi ser; un hombre trajeado que anda deprisa mientras sujeta con su mano derecha el móvil y con la izquierda un maletín de cuero. Imagino que soy él y me dirijo a mi Tesla para llegar a mi chalé con piscina a las afueras de Madrid, que el trabajo me agobia pero me gusta y, sobre todo, que tengo poder, un poder desmesurado.

¿Pero este poder de dónde sale? Inconscientemente asocio este estereotipo de persona con poder ilimitado y con un tinte de corrupto, y supongo que no soy la única. También es posible que el olor de la colonia de estos individuos me haya colocado y esté imaginando demasiado.

Es redundante decir que las cosas han cambiado mucho, pero yo sigo diciendo porque hay algo de catarsis en la frase. También hay algo de catártico en analizar el cambio sistemáticamente, en crear estereotipos de lo nuevo para que acaben siendo un chiste. Porque si para algo analizamos la realidad es para reirnos. Con los hombres trajeados pasa un poco parecido, pero con la distinción de que son extremadamente serios, de una seriedad cómica. La seriedad viene de que estos individuos tienen muy presente quién son, y ser consciente de uno mismo día y noche, aparte de cansado, con seguridad termina siendo una broma.

Pero hay algo que me perturba y me produce curiosidad a partes iguales, porque intuyo que tienen que seguir un patrón, es obvio que principalmente el del capitalismo heterosexual, pero también hay algo de patrón religioso, una pizca de misticismo. Pensemos en el típico modelo a seguir, Elon Musk; un hombre que ha trascendido el ser rico. Musk es sobre todo poderoso; sus hazañas con la robótica cambian la vida de cualquiera. Por poner un ejemplo: ayer mismo anunció el robot que sustituirá a los trabajadores de sus empresas. Musk te puede cambia la vida y tú sin saber ni siquiera en qué lugar del planeta está (dando por hecho que esté en el mismo planeta que tú). Parece que suena a pura mitología, una especie de Zeus de carne, hueso y chips electrónicos.

En el libro “Estética de la desaparición” de Paul Virilo, el autor analiza el giro hacia el ostracismo del protagonista de Ciudadano Kane; el dinero acaba importando poco, el poder de cambiar las cosas desde un sitio remoto es clave. Algo parecido sucedió con Hugh Hefner y su cama giratoria desde la que controlaba el imperio mediático de Playboy. Elon Musk y Jeff Bezos, quizá sean los dos mejores ejemplos contemporáneos. Todos demuestran su omnipotencia y omnipresencia, pero nadie sabe dónde están. Todos actúan como dioses invisibles con un séquito de seguidores detrás.

Pero hay algo que los diferencia del dios tradicional, es el tinte caprichoso de todo lo que hacen, como si estuvieran cumpliendo los sueños del niño o adolescente que fueron. Playboy no habría triunfado si no hubiera ofrecido una mirada jueguetona e infantil del estilo de vida de soltero y de la sexualidad del hombre heterosexual. Los viajes espaciales de Jeff Bezos son otro ejemplo. Y es aquí donde me parece que todo pierde la seriedad que la filosofía de la superación personal les había otorgado en el comienzo. Aquí es donde empieza el chiste en mi opinión.

Entonces ya dejo de ver a los hombres de traje como hombres con traje y solo veo a adolescentes trabajando para comprarse una moto e impresionar a la tía que les gusta, y simplemente, disfrazados con traje.