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Un año después de la pérdida de Lagerfeld, Silvia Venturini ha sabido tomar el testigo de un legado exigente, y a la vez introducir una nueva manera de hacer las cosas, la suya. Aire fresco que quizá no tenía las ventanas abiertas con el Káiser al mando.

El casting de esta temporada incluye a mujeres que no tienen la edad o la silueta “habitual” en estos escenarios. Jill Kortleve y Paloma Elsesser son sólo dos nombres entre cincuenta, pero no es casualidad que lo haya propiciado Venturini -una de las dos únicas mujeres al mando de la moda milanesa-. En sus propias palabras: “No soy realmente un prototipo de esa forma. Así que es liberador para mí retratar esta ropa de una manera diferente, en diferentes tallas.”

Esta liberación se cuela en la pasarela a través de un híbrido que funciona como una sátira sobre la doble moral que pasa siempre por el mismo filtro a la mujer. Un abrigo -exterior- que integra la estructura de una corsetería -interior- es una buena muestra.

Sobre un camino sinuoso color rosa empolvado –la definición más categórica de feminidad– pisan mujeres que visten piezas que combinan la elegancia ejecutiva con un toque sexual. Aspectos que chocan con la idea de mujer tradicional que podemos entrever en la silueta retro combinada con guantes y botines. Fendi “arranca” las mangas a los abrigos y vestidos, colocándolas en una nueva posición. Este  intento por “desvestir” afecta igual a los diseños de aire ingenuo, elaborados con satén rosa, como los más agresivos, de cuero negro. También en los materiales reside esa doble moralidad.

Los accesorios formaban mini-conjuntos que completaba todos los looks. Para otoño 2020, Venturi presenta una nueva serie de bolsos Peekaboo y reediciones de la silueta Baguette. Cuero, satén acolchado, flecos e intrincados bordados. Las diademas que han sido clave esta temporada toman una sorprendente nueva posición en la cabeza de la mujer Fendi.

Una propuesta interesante que, irónicamente, corre el riesgo de no poder despojarse del filtro empleado.