Kanye West (o Ye) regresó a España veinte años después con un concierto monumental ante 65.000 personas en el Riyadh Air Metropolitano de Madrid. Subido durante toda la noche a una esfera terrestre de casi treinta metros, Ye recorrió los grandes éxitos de su carrera mientras nos preguntábamos: ¿hasta dónde puede llegar nuestra admiración por un artista cuando su conducta pública contradice aquello que estamos dispuestos a defender?
Un bajo industrial retumba durante varios segundos sobre el Riyadh Air Metropolitano. En el centro del estadio, donde normalmente debería estar la pista, se levanta una estructura blanca, una especie de continente artificial o yema de huevo gigantesca sobre la que avanza una figura vestida de negro. Tras ella aparece un séquito de cuerpos oscuros, casi militares, mientras una voz anuncia un nuevo amanecer y proclama que la naturaleza ha elegido a su rey. El rey, por supuesto, es Kanye West.
La primera canción se titula KING, porque la sutileza nunca ha formado parte de su lenguaje. Kanye, ahora llamado Ye, siempre ha preferido las declaraciones absolutas: el mejor artista, el hombre más influyente, el elegido, el incomprendido. La escenografía del concierto en Madrid reproduce esa mitología. Durante toda la noche, el rapero permanece subido a una enorme esfera situada en medio del estadio, aislado de las 65.000 personas que han acudido a verlo, convertido en una silueta diminuta y, al mismo tiempo, omnipresente.
Desde la grada, el espectáculo parece una coronación posapocalíptica. También una ceremonia religiosa, una instalación de arte megalómana y una pasarela salida de algún futuro diseñado por Yeezy. Todo resulta familiar dentro del universo de un artista que ha hecho de la grandiosidad, el cristianismo, la moda y la provocación una misma materia creativa. La diferencia es que, en 2026, Kanye ya no llega solo acompañado por su música. Junto a él entran en el estadio sus elogios a Adolf Hitler, sus mensajes antisemitas, las camisetas con esvásticas, las cancelaciones internacionales y una cadena de disculpas cuya sinceridad continúa sometida a examen.
Madrid como refugio del fandom europeo
La actuación del 30 de julio supone el primer concierto de Ye en Madrid y su regreso a España dos décadas después de una aparición en la sala Razzmatazz de Barcelona, ante unas 2.000 personas. La comparación explica por sí sola la dimensión de este proyecto, de una sala de conciertos a un estadio casi completo, de productor admirado a icono global, de promesa del hip hop a una de las figuras culturales influyentes y conflictivas de este siglo.
Buena parte de las 65.000 personas reunidas en el Metropolitano ha viajado desde el extranjero. La organización sitúa en más de 40.000 el número de asistentes internacionales, muchos de ellos procedentes de países en los que los conciertos de la gira fueron suspendidos o rechazados. Polonia, Suiza, Francia, Reino Unido e Italia figuran entre los territorios donde el regreso europeo de Ye encontró obstáculos por sus declaraciones antisemitas, su glorificación del nazismo o las dudas relacionadas con la seguridad y el orden público.
Madrid se convirtió en un punto de peregrinación. En los accesos al estadio se mezclan el inglés, el francés, el italiano, el alemán y distintos acentos del este de Europa. Las camisetas de Graduation, Yeezus, Donda y Yeezy dibujan una historia de dos décadas de cultura popular. Muchos de los presentes no han visto nunca a Kanye en directo y quizá no vuelvan a tener la oportunidad de hacerlo.
El concierto ha sido vendido como el espectáculo que otros países no se han atrevido a acoger, una formula eficaz para transformar las cancelaciones en exclusividad y la polémica en deseo. Lo prohibido siempre encuentra una segunda vida como estrategia de marketing, especialmente cuando el protagonista ha dedicado buena parte de su carrera a presentarse como una víctima del sistema.
Vuelta a sus orígenes
Tras KING, las primeras notas de Father Stretch My Hands Pt. 1 desatan una reacción inmediata. El sample de gospel atraviesa el estadio y, durante unos minutos, reaparece el Kanye de The Life of Pablo. Después llegan Can’t Tell Me Nothing y Nias in Paris**. Desde la cima de la esfera, Ye gesticula, camina, se arrodilla y dirige al público. No hay grandes pantallas que acerquen su rostro, ni banda, ni bailarines. El artista no busca proximidad, quiere ser observado como una imagen.
A medida que cae la noche, la estructura blanca se transforma en el planeta Tierra, una luna, un cuerpo incandescente o una pantalla curva sobre la que aparece proyectado el propio Kanye. El montaje convierte el estadio en una instalación inmersiva. Ye permanece en la cima durante prácticamente todo el concierto, apartado del público, acompañado por una producción musical pregrabada y por una voz deformada entre el autotune, la reverberación y la acústica del recinto.
La distancia termina adquiriendo un significado que quizá no estaba previsto. Kanye quiere aparecer como un dios situado sobre el mundo, pero en algunos momentos parece más bien un hombre atrapado dentro de la representación de su propio ego. Cuanto mayor es el montaje, más pequeña resulta su figura.
El repertorio avanza con la velocidad de una cronología diseñada para evitar cualquier pausa. Las canciones aparecen recortadas, encadenadas y reducidas en ocasiones a sus momentos más identificables. Apenas hay palabras entre tema y tema. No existe una narración oral ni un intento de contextualizar las distintas etapas de su carrera.
El concierto alcanza uno de sus picos con la sucesión de Black Skinhead, On Sight, Blood on the Leaves y Bound 2. La producción distorsionada del álbum se adapta de manera natural al estadio, convertido durante varios minutos en una fábrica de ruido, luces y cuerpos en movimiento. Incluso Carnival, perteneciente a su etapa más reciente, consigue integrarse en ese bloque de energía industrial.
El recorrido posterior por Jesus Walks, All Falls Down, Gold Digger, Touch the Sky, Good Life, Homecoming y All of the Lights evidencia hasta qué punto Kanye participó en la construcción del sonido popular de los años dos mil. En esas canciones conviven el soul acelerado, el gospel, la electrónica, el pop y una forma de rap emocional que amplió los límites del género.
Las canciones nuevas despiertan fervor entre sus seguidores más fieles, los clásicos generan reconocimiento colectivo. Cuando comienza Power y la esfera revela por completo el globo terráqueo. La oscuridad permite que la iluminación, el fuego y la pirotecnia terminen de construir la imagen. Durante Heartless, miles de teléfonos encendidos forman una constelación alrededor del artista. All of the Lights convierte las gradas en una descarga de luces y Stronger reactiva aquella fantasía futurista que unió a Daft Punk con el rap más ambicioso de finales de los dos mil.
Amar la obra sin obedecer al ídolo
La pregunta sobre si es posible separar la obra del artista aparece de forma inevitable, aunque quizá esté mal planteada. No existe una separación limpia, definitiva y universal. Cada obra ocupa un lugar distinto en nuestra memoria, cada autor mantiene una relación diferente con el poder y cada forma de consumo produce consecuencias concretas.
Reconocer que The College Dropout, Late Registration, Graduation, 808s & Heartbreak, My Beautiful Dark Twisted Fantasy o Yeezus modificaron el rumbo de la música no obliga a considerar a su creador una referencia moral. Del mismo modo, emocionarse con Runaway no borra el daño provocado por años de mensajes antisemitas ni transforma una disculpa pública en una reparación efectiva.
La dificultad aparece porque la música nunca es únicamente música. Las canciones se mezclan con momentos íntimos, viajes, relaciones, pérdidas, fiestas, inseguridades y versiones anteriores de nosotros mismos. Cuando un artista forma parte de nuestra educación, cuestionarlo puede sentirse como un ataque contra nuestra propia biografía. Defender al ídolo se convierte entonces en una manera de proteger lo que su obra representó en nuestras vidas.
Sin embargo, una admiración que no admite límites acaba pareciéndose demasiado a la obediencia. Un ídolo puede inspirar e acompañar, pero no debería tener la capacidad de reconfigurar nuestros principios cada vez que atraviesa una nueva controversia. El talento no funciona como un sistema de créditos morales acumulables. Haber creado una obra extraordinaria no concede permiso para convertir el odio en performance, provocación o contenido.
La discusión tampoco puede reducirse a la elección privada de escuchar o dejar de escuchar una canción. No es lo mismo conservar un disco en nuestra biblioteca que comprar una entrada de cientos de euros, contratar a un artista, financiar una gira, convertir sus cancelaciones en campaña promocional o presentarlo como un rebelde perseguido sin explicar qué provocó ese rechazo. La obra, el autor, la industria y el público forman parte de una misma estructura, aunque no todos posean el mismo grado de responsabilidad.
En el caso de Kanye, esa estructura resulta especialmente evidente porque su personaje público nunca ha estado separado de su producción artística. Su música, su estética, sus entrevistas, sus declaraciones, sus relaciones sentimentales y sus episodios de autodestrucción han sido integrados durante años en un único universo narrativo. Ye ha convertido su vida completa en una obra en curso. Reclamar ahora una frontera absoluta entre el artista y el hombre resulta difícil cuando él mismo ha dedicado décadas a borrarla.
Explicar no significa absolver
A comienzos de 2026, Ye publicó una disculpa a página completa en The Wall Street Journal bajo el título To Those I’ve Hurt. En el texto aseguró no ser nazi ni antisemita, expresó vergüenza por sus acciones y relacionó parte de su comportamiento con un episodio maníaco de varios meses asociado a su diagnóstico de trastorno bipolar tipo 1. También afirmó haber perdido el contacto con la realidad y se comprometió a recibir tratamiento y asumir responsabilidades.
El diagnóstico puede aportar contexto a determinados comportamientos, pero no elimina sus consecuencias. Tampoco debería utilizarse como una explicación automática para el antisemitismo, el racismo o la misoginia, porque hacerlo corre el riesgo de reforzar el estigma que ya pesa sobre millones de personas con problemas de salud mental. Organizaciones como Bipolar UK han insistido en la necesidad de diferenciar entre comprender una crisis y justificar cualquier acción cometida durante ella.
La responsabilidad empieza precisamente en esa distinción. Una disculpa muchas veces no es suficiente (por mucho que sea ante millones de personas). Su credibilidad depende de la conducta posterior, del reconocimiento específico del daño, de la escucha a las comunidades afectadas y, sobre todo, de la ausencia de reincidencia.
Madrid, entre la libertad y la legitimación
La celebración del concierto provocó el rechazo de organizaciones judías españolas, que solicitaron a las administraciones una reflexión institucional y cuestionaron que España se convirtiera en refugio para una figura que había difundido mensajes antisemitas de forma reiterada. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, calificó esas declaraciones de “repugnantes”, aunque sostuvo que su departamento no tenía competencias para prohibir un evento privado por manifestaciones realizadas fuera del territorio español.
La distinción entre permitir y aprobar resulta fundamental. Una democracia debe extremar la prudencia antes de conceder al Estado la capacidad de prohibir preventivamente una actuación artística. La ausencia de censura institucional, sin embargo, no obliga a suspender la crítica ni a tratar el evento como si se desarrollara en un vacío político. Entre la prohibición y la celebración cabe la contextualización, la protesta, el análisis, las exigencias a los promotores y la escucha a quienes han sido directamente afectados por el discurso del artista.
Madrid no absolvió legalmente a Kanye porque no existía ningún proceso del que absolverlo. Sí le proporcionó un escenario, una audiencia multitudinaria y una oportunidad para volver a ocupar el centro de la conversación cultural europea. La ciudad asumió, consciente o no, una posición dentro de la polémica del espectáculo por ofrecerle una plataforma.
Esa decisión no se resuelve fácilmente con un sí o un no. La libertad artística merece protección, pero esa protección no debe convertirse en impunidad crítica ni en una limpieza automática de reputación. El desafío está en sostener ambas ideas a la vez.
El hombre sobre el mundo
El tramo final del concierto concentra de nuevo la energía del repertorio. Flashing Lights y Stronger hacen girar la esfera entre focos, humo y pirotecnia. La última canción es Runaway. Basta con que suene el piano de la intro para desencadenar una reacción en todo el estadio. Ye se presenta como alguien del que convendría alejarse y, al hacerlo, consigue que millones de personas permanezcan todavía más cerca. Alrededor de la esfera, las pantallas de los teléfonos iluminan las gradas. El planeta sigue girando bajo sus pies.
Separar la obra del artista no significa fingir que la obra apareció sin autor, sino aprender a convivir con la incomodidad de que algo valioso pueda proceder de alguien a quien no admiramos por completo. Escuchar una canción no exige entregar la conciencia a quien la compuso. Reconocer el talento tampoco obliga a participar en su canonización. ¿Cuánto de nuestra admiración pertenece realmente al artista y cuánto estamos dispuestos a sacrificar para mantener intacto al ídolo?
¿Acaso nuestros ídolos no deberían viajar en clase turística?
Sigue toda la información de HIGHXTAR desde Facebook, Twitter o Instagram
Podría interesarte…