El último tranvía de la ciudad, tabernas de barra estrecha y una hostelería de diseño dibujan un Tokio que funciona por capas y que atrae ya a los viajeros cansados de Shibuya o Shinjuku.
Hay un sonido que en el centro de Tokio ya casi no se escucha: el chirrido de un tranvía al girar en una curva. En Otsuka se oye cada pocos minutos. La línea Toden Arakawa es la última superviviente de las decenas que cosían la ciudad y cruza el barrio. Otsuka está a tres minutos de Ikebukuro y a un mundo de distancia. Su estación abrió en 1903, el mismo día que la de su vecino ruidoso, y durante décadas fue la que iba ganando: grandes almacenes, cines y barrio de geishas propio, el Hanagai. Luego llegaron la guerra, la fuga del negocio hacia Ikebukuro y una larga temporada en la que el nombre de Otsuka solo aparecía asociado a su zona roja. Los love hotels siguen ahí, a dos calles del andén. También el bar Leandro, que ostenta el récord Guinness a la mayor variedad de vinos de Madeira reunida en un solo local.
Kendall Jenner y Jacob Elordi cenaron udon cerca de Shibuya y, el día después, pizza napoletana (sí, pizza en Tokio) en su viaje a Japón en junio. Los dos locales colgaron la foto con el personal en Instagram, cómo no, agradecidísimos. Nadie hizo nada malo, pero así funciona la gentrificación: dos famosos comen fideos y las colas rodean las manzanas. Lo que viene después pasa en todo el mundo: los locales suben el precio del alquiler y la calle entra en las listas de imprescindibles. La huida hacia paradas menores lleva años en marcha, y Otsuka es la última en aparecer. Que un viajero occidental acabe hoy aquí dice más sobre lo que le está pasando a Tokio que sobre el propio barrio. Shibuya y Shinjuku funcionan ya a régimen de escaparate: se miran, se fotografían y se abandonan.
Una barra que cabe en un pasillo
A Otsuka también se va a comer. Al Tsuzumi hay que llegar callejeando por Minami-Ōtsuka, y de noche cuesta encontrarlo. La barra ocupa poco más que un pasillo. Su dueño tiene 81 años y lo lleva con su mujer desde 1971. La madre de él tuvo locales de okonomiyaki en el barrio, justo enfrente de una escuela de teatro; los actores bajaban a comer y aquello se llenó. A él lo que le tiraba era la tempura, así que cambió la carta y se quedó el local. En la cocina hay fotos colgadas por el matrimonio y papel de aluminio sobre los fuegos para limpiar antes. Él dice que está cansado y que, cuando ellos falten, no habrá quien coja esto. No dramatiza. Lo cuenta como quien informa del horario.
Comer aquí tiene reglas y casi ninguna se explica en voz alta. No se pasa comida de palillo a palillo, porque ese gesto pertenece al kotsuage, la ceremonia en la que los familiares recogen con palillos los huesos del difunto tras la incineración. Tampoco conviene sentarse a una barra estrecha con demasiado perfume: molestas al de al lado, y molestar al de al lado es una falta grave. La misma lógica rige en el metro y en el ascensor.
A unas manzanas, el Hukuharu está a rebosar. Lo llevan dos hermanos que no paran quietos: cocinan, sirven y atienden girando alrededor de una barra circular que rodea la cocina. Los pedidos los apuntan en la cara interior de la propia barra. Sirven el sake caliente y su plato estrella es el curry, cuentan desde el OMO5, el hotel vecino con el que están aliados. En las paredes hay firmas y fotos de famosos que han pasado por allí, costumbre repetida en medio país: la cara que uno enseña en público. Los clientes, muchos en traje y algo borrachos, siguen las carreras de caballos y el béisbol en una tele a volumen bajo.
Un hotel que prefiere que salgas de él
«La mejor ubicación para un viajero no es simplemente la que está cerca de una gran estación», explican desde el OMO5 Otsuka, la marca urbana de Hoshino Resorts que aterrizó en 2018. «Tiene que ser un sitio donde pueda salir a pie, pasear y conocer a la gente que le da su carácter». Son explícitos con su papel: «Más que plantear el hotel como el destino en sí, lo entendemos como una puerta de entrada al barrio». Todo el personal ejerce de guía informal. «No se trata de memorizar información sobre la zona; lo importante es que se enamoren de verdad del barrio», añaden.
La versión más divertida de su filosofía ocurre en el vestíbulo. Desde junio han montado allí una cabina de radio con objetos prestados por los comercios de la calle y fundas de disco diseñadas para representar a vecinos concretos. Los recepcionistas se ponen a locutar. Cuentan anécdotas, presentan canciones que les han recomendado los propios residentes y, hacia la segunda copa, siempre hay alguien que se arranca a bailar con la vergüenza justa. Es un karaoke sin karaoke y una emisora sin frecuencia, y tiene bastante más gracia de lo que suena. «Incluso para quien no tiene tiempo de recorrer el barrio con calma, ofrecemos la oportunidad de conocer el carácter de Otsuka», cuentan desde el hotel.
Desde el hotel responden que adaptan las recomendaciones a cada huésped: sake para quien le interese el sake, tranvía para las familias con niños, calles comerciales para quien camina. Las habitaciones se forran con tatami y una escalera te eleva hasta la cama estilo yakura. Pero lo que define el sitio es lo que se ve desde abajo: un mapa del vecindario de dos metros por tres pintado en la pared del vestíbulo con planes, recomendaciones y lugares que visitar. “Recoge restaurantes, cafés, tiendas y atracciones locales que nuestro personal ha explorado y vivido en persona. Solo recomendamos sitios que de verdad creemos que van a gustar a nuestros huéspedes, no simplemente porque sean conocidos”, aseguran.
Hay otro Otsuka que no sale en la cabina. Es el de los locutorios, los ultramarinos con producto del sudeste asiático y los vecinos indios, bangladesíes, vietnamitas y malasios que llevan años sosteniendo buena parte del comercio de calle. Convive sin fricción aparente con el shotengai de toda la vida, ese que arranca en un torii de piedra junto a la estación y que, según un hostelero de la zona, tiene menos izakayas de cadena que cualquier otra parada de la Yamanote. Lo raro en este barrio es ver a otro occidental. “Otsuka alberga muchos negocios de propietario único que llevan generaciones siendo queridos por los vecinos, y eso lo convierte en un barrio donde el visitante puede vivir la cultura y el día a día de Tokio”, señalan desde Hoshino.
El circuito de lo auténtico ya tiene mapa
Otsuka corre en una carrera que empezó hace más de una década. El barrio de Shimokitazawa fue el primer refugio: barrio de teatros pequeños, salas de conciertos y ropa de segunda mano, con más de doscientas tiendas vintage contabilizadas en 2025. Su estación se enterró y el suelo liberado se llenó de complejos nuevos, uno de ellos bautizado Mikan, de mikansei, «inacabado». La coartada del nombre funcionó. Los vecinos fueron consultados, el barrio conserva el aire bohemio y las guías internacionales lo recomiendan por lo poco turístico que es.
Nakano fue el segundo: Su edificio insignia, el Broadway, abrió en 1966 como galería comercial de lujo en plena euforia del milagro japonés, y cuando esa euforia se pinchó fue quedándose vacío. Lo que llenó el hueco fue el coleccionismo: Mandarake se instaló allí en 1987 y hoy domina cuatro plantas de manga descatalogado, figuras y juguetes que en Akihabara costarían el doble. En los pisos altos conviven relojerías de segunda mano y salones de masaje baratos, y en el cuarto hay una cafetería decorada por Takashi Murakami.
Lo que hay que ver en Nakano está fuera. A los lados del Sun Mall se abren callejones de posguerra, con faroles, cables colgando y barras de cuatro taburetes donde no cabe una maleta. En uno de ellos, a las tres de la madrugada, a un hombre se le cae al suelo la caja de cartón con la cena. Los tres amigos que iban con él, todos borrachos, lo limpian con servilletas de papel. Nadie les dijo nada y ninguno propuso dejarlo estar.
Esa seguridad tiene además una versión administrativa, y bastante precisa. La policía metropolitana tiene una aplicación, Digi Police, que muestra un mapa de la ciudad con los incidentes recientes marcados por zonas. En amarillo, un aviso: «A las 10:40, una chica fue agredida volviendo a casa desde la salida del metro». La seguridad jponesa es también un sistema de notificaciones. En la misma línea está esa sensación constante de que alguien te está ayudando de una forma ligeramente rara: la persona que ordena la fila del escáner en una consulta médica, la que revisa a la entrada del Don Quijote que lleves el pasaporte para la exención de impuestos.
Todo esto se mira, casi siempre, a través de un cristal. Menos de una décima parte del país mantiene una conversación fluida en inglés, según datos del propio Gobierno. Eso sí, la actitud del japonés hacia el extranjero casi siempre va a ser acogedora. Uno entra, señala, sonríe, brinda y sale sin haber entendido de qué hablaba la mesa de al lado. El viajero occidental lleva años buscando el Japón que no se deja ver y confundiendo el hallazgo con el acceso.
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