En la moda contemporánea, la consagración ya no siempre empieza en una pasarela, sino en ese territorio más inestable que es el feed de Instagram. Beata Rydbacken ha irrumpido en redes sociales con una sudadera gris llena de pinzas de pelo XXL y la intuición inmediata de que lo aparentemente absurdo puede ser, si está bien formulado, una forma muy seria de inteligencia visual. ¿Todavía no sabes lo que hace? Transformar un elemento cotidiano y barato en un objeto de deseo.
La diseñadora sueca, con base en Estocolmo, se ha convertido en uno de los nombres emergentes más comentados gracias a su Big Clip Hoodie, una sudadera que sustituye la cremallera por clips de pelo gigantes. Rydbacken toma cosas que asociamos a la infancia, al baño, al dormitorio o al colegio (pinzas, botones, pelo, sudaderas, chándal) y las desplaza hasta que dejan de ser familiares.
Gorros con botones de colores, cremalleras gigantes con una “B”, bufandas que parecen trenzas y tocados hechos de pelo. Todo parece venir de un imaginario adolescente, pero pasado por una inteligencia muy adulta. No es ropa “naíf”, aunque juegue a parecerlo. Es una estética que sabe perfectamente cómo funciona la imagen en internet: debe ser reconocible en un segundo, pero lo bastante rara como para quedarse dando vueltas en la cabeza.
La biografía de Rydbacken también encaja con esa forma de trabajar. Aprendió a coser ayudando de joven en un taller, probó estudiar moda y terminó dejándolo. Después empezó a crear piezas desde su habitación. Sus inicios tienen algo que se aleja del relato habitual del diseñador académico. En su caso, la autoridad no viene del diploma, sino de la ocurrencia bien ejecutada. Su trabajo parte de una pregunta: ¿qué pasaría si un objeto común cambiara de escala, de función y de contexto?
Uno de los aspectos más interesantes de su trabajo es el uso del pelo como material. Rydbacken no lo trata únicamente como parte del estilismo, sino como si fuera tela, lana o piel. Una trenza puede ser una bufanda, un moño puede convertirse en pompón. Es una operación inteligente porque el pelo nunca es neutro, está cargado de memoria. Todos recordamos peinados de infancia, cortes desafortunados, accesorios perdidos. Rydbacken toma todo eso y lo convierte en moda.
Por eso tiene sentido que su trabajo haya llegado al universo de Rosalía. La cantante, especialmente en la estética de su Lux Tour, se mueve en un territorio donde el vestuario no acompaña simplemente a la música, sino que construye una iconografía completa. Los tocados, las referencias barrocas, lo religioso, lo teatral y lo corporal forman parte del relato. Rydbacken encaja ahí porque entiende que un accesorio no tiene por qué ser secundario. Puede ser el centro de la imagen.
Incluso sus pequeños fracasos tienen algo de mitología contemporánea. El look que preparó para Zara Larsson en Coachella 2026, según contó la propia diseñadora a Dazed, quedó atrapado en la aduana estadounidense. Una pieza pensada para uno de los festivales más fotografiados del mundo, detenida por la burocracia del envío internacional. La moda independiente también se escribe entre el sueño pop, el seguimiento de FedEx y la posibilidad real de que la aduana arruine tu momento viral.
Beata Rydbacken no es simplemente una diseñadora de piezas virales, ni su trabajo se agota en la producción de objetos graciosos para internet. Detrás de esa apariencia lúdica hay un universo muy reconocible: la escala exagerada, la nostalgia a la infancia, los accesorios convertidos en pequeñas arquitecturas, el pelo tratado como memoria material y la ropa deportiva transformada en fantasía. A veces basta con tomar un objeto que todos conocemos, desplazarlos de su lugar habitual y obligarnos a mirarlos como si fuera la primera vez.
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Así está cambiando la relación de la Generación Z con el trabajo.
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