Naomi Osaka le gana el primer set… a la moda.
El US Open apenas empieza y ya deja titulares para todos los gustos. Mientras Carlos Alcaraz acaparaba miradas por su regreso a las canchas tras más de cuatro meses de ausencia, y Stan Wawrinka se despedía entre aplausos de su último Grand Slam neoyorquino, Naomi Osaka sumó su propio capítulo a la jornada, dentro y fuera de la pista. Además de sacar adelante su partido contra la rusa Anastasia Zakharova, la japonesa llegó a la Arthur Ashe con un vestido blanco tan llamativo como su propio palmarés en el torneo, donde ya ha levantado el trofeo en dos ocasiones.
Lo curioso es que Osaka no se guardó las sorpresas para la pista central. Antes de su duelo contra la rusa Anastasia Zakharova —al que sobrevivió con dos tie-breaks apretadísimos—, ya había dejado pistas de que este US Open sería, además de deportivo, un desfile por etapas. Y es que la tenista ha convertido sus llegadas a los entrenamientos en pequeños eventos de moda por derecho propio. Zapatos de tacón, minivestidos y raquetas al hombro conforman una combinación que, sin proponérselo, contradice la estética funcional que solemos asociar al deporte femenino.
El escenario personal de Osaka
Antes del inicio oficial del torneo, Osaka ya subía las escaleras del estadio con un vestido asimétrico de la colección Primavera-Verano de Dolce & Gabbana, y días después repetía la hazaña con un minivestido azul turquesa de chifón acompañado de mules a juego. Cada aparición parece sacada de un editorial, con siluetas esculturales y accesorios pensados al detalle, como si Nueva York fuera menos una sede de Grand Slam y más una plataforma para su próxima gran producción visual.
No es la primera vez que lo hace. Su llegada a Wimbledon meses atrás, con un conjunto inspirado en el kimono, ya había puesto la vara muy alta, así que la expectativa por su atuendo oficial de competencia en este US Open sigue creciendo entre sus seguidores. La pregunta ya no es si sorprenderá, sino con qué.
Lo cierto es que, entre Osaka y Aryna Sabalenka —quien también se robó miradas con su colección personal de joyas de más de 30 quilates—, el circuito femenino demuestra que la cancha puede ser tan protagonista como la pasarela. Ambas, eso sí, con estilos completamente distintos: mientras la bielorrusa apuesta por el brillo literal, la japonesa juega con el drama de la silueta.
¿Por qué su ropa genera tanto ruido?
Pero no todo son aplausos. La apuesta estética de Osaka también ha reabierto una conversación de fondo: ¿por qué la apariencia de una deportista sigue pesando tanto en la conversación pública? Existe una suerte de «desobediencia estética» cuando una mujer incorpora elementos considerados demasiado ornamentales en un entorno que históricamente ha exigido practicidad ante todo, y esa tensión no es nueva en el tenis: desde Suzanne Lenglen, pionera en romper moldes en la indumentaria femenina hace más de un siglo, hasta Serena Williams, cuestionada en su momento por sus outfits en pista, la ropa ha sido terreno de disputa simbólica dentro de un deporte que aún debate cuánto espacio darle a la individualidad.
Osaka, con su relación cercana a firmas de lujo y su paso por alfombras como la del Met Gala, ha convertido la moda en una extensión de su marca personal más allá de las canchas. El debate seguirá abierto, pero mientras tanto, ella sigue ganando —con o sin tie-break— el partido de la atención.
C.A.I.O.: el nuevo torneo de tenis y arte de Felipe Pantone.
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