La secuela de El diablo viste de Prada 2 casi 20 años después, llegaba rodeada de una expectación enorme, con el recuerdo intacto de El diablo viste de Prada y el riesgo real de quedarse en puro ejercicio de nostalgia. Sin embargo, sus primeros datos en taquilla —más de 233 millones de dólares a nivel global— confirman que aquí hay algo más que hype. Entre cifras y presión mediática, la pregunta es inevitable… ¿estamos ante una secuela que realmente merece la pena o solo ante otro fenómeno bien vestido?
¿Una secuela que sabe lo que hace?
El magnetismo de Meryl Streep y Anne Hathaway vuelve a ser el gran motor de la película, retomando sus papeles con una naturalidad casi insultante, como si los años no hubieran pasado por ellas… o, más bien, como si Miranda Priestly nunca hubiese permitido que lo hicieran. Su química sostiene ese equilibrio tan delicado entre comedia elegante y crítica afilada que ya definía a la original y que aquí sigue funcionando con precisión. Pero no están solas, Emily Blunt vuelve a robar plano con una Emily aún más afilada, demostrando que aquel personaje que ya destacaba en la primera entrega aquí juega en otra liga. Y el contrapunto lo completa Stanley Tucci, cuyo Nigel sigue siendo ese refugio elegante y cómplice que equilibra el caos con una ironía impecable.
Detrás, el regreso de David Frankel, responsable de la primera entrega, y de Aline Brosh McKenna, arquitecta del guion original, no responde solo a la nostalgia, sino a una decisión bastante medida de mantener la esencia sin repetirla de forma automática. Se percibe en el tono, en el ritmo y en una estructura que no busca ser más grande ni más ruidosa, sino más afinada. En lugar de inflar la secuela, optan por entender qué hacía especial a la original y trasladarlo al presente con pequeños guiños —a veces incluso alguno de más—, incorporando además esos ecos de poder y dinámicas casi de ‘esposas millonarias’, a través del personaje de Blunt, que hoy conectan inevitablemente con el ruido y las tensiones alrededor de la inminente Met Gala de este año.
El verdadero tema: la crisis editorial
Donde la película encuentra de verdad su voz propia es en su mirada al sector editorial, dejando de ser solo una historia de moda para rozar algo más incómodo y actual. La crisis de revistas y periódicos, la fragilidad del trabajo cultural y la transformación digital no aparecen como simple contexto, sino como el motor que empuja a los personajes. Eso sí, fiel a su naturaleza, lo hace sin renunciar al brillo. Aquí el declive ‘se viste de Prada’ con looks impecables y oficinas de ensueño, como si incluso el naufragio necesitara una buena portada.
Ahí reside también su contradicción más interesante. Señala problemas reales, pero nunca termina de hundirse en ellos; la precariedad se menciona más de lo que se siente y el riesgo rara vez aprieta de verdad. No es tanto una limitación como una elección consciente, la de mantenerse en ese punto medio entre el entretenimiento y la lectura crítica. Al final, la idea sigue siendo clara, el sistema no cambia, solo evoluciona, y la verdadera cuestión es si uno está dispuesto a jugar dentro… o prefiere quedarse mirando desde fuera.
El legado del azul cerúleo
Si algo conecta directamente ambas películas es esa idea —ya convertida en discurso— de que nada es realmente superficial. Como en el célebre monólogo del azul cerúleo, todo está atravesado por dinámicas de poder, mercado e influencia. No es casualidad que la original se consolidara como una ‘chick flick‘ icónica de los 2000 —ese tipo de comedia dramática centrada en experiencias femeninas, aparentemente ligera pero con lecturas sociales de fondo—, y que ahora esa misma mirada se amplíe. En esta secuela, el foco ya no se queda solo en la moda, sino que se expande hacia la cultura, la información y el dinero, afinando la pregunta clave… quién decide qué importa y cómo termina llegando hasta nosotros.
Desde ahí se entiende mejor la jugada de El diablo viste de Prada 2, que no intenta superar a su predecesora, sino apoyarse en ella, a veces incluso con un punto de autorreferencia de más. Aun así, cumple, y además se convierte en una buena excusa para reencontrarnos con Miranda Priestly, Andy Sachs y compañía, en una sensación que se parece bastante a volver a ver a una vieja amiga. La película toma el material original como base para hablar de un presente más complejo, manteniendo ese equilibrio entre ligereza y comentario social que la define. Puede que no exprima todo lo que plantea, pero sí lo suficiente como para dejar poso. Y, sobre todo, deja una idea flotando que conecta pasado y presente… incluso cuando el sistema se tambalea, el espectáculo continúa, porque alguien siempre sigue decidiendo qué es tendencia y quién puede permitírsela.
El diablo viste de Prada 2 ya está disponible en cines.
El diablo viste de Prada 2’ convierte el cubo de palomitas en un accesorio.
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