Últimamente no dejo de ver vídeos que empiezan igual: “Outfit para un concierto de techno”, «Qué me pongo para ver a Métrika”, “Looks para Primavera Sound”, “Cómo vestir para una rave”, “Qué llevar a un concierto de trap”…
Los vídeos, como ya os podréis imaginar, duran menos de un minuto y señalan una lista de prendas, un par de referencias musicales, y una selección de accesorios imprescindibles para parecer parte de la escena. Parecer.
Y cada vez que me aparecen me hacen pensar en lo mismo: ¿en qué momento empezamos a necesitar un uniforme para vivir experiencias?; ¿en qué momento construir un determinado outfit te hacía formar parte de algo, cuando el outfit solo era una consecuencia de lo que formabas parte?
Porque el proceso parecía funcionar al revés. Primero descubrías una escena, una música, una comunidad o una forma de entender el mundo. Después aparecía la estética. Hoy parece que la estética, en muchos casos, llega primero. Y quizá ese cambio de tornas, explique una de las transformaciones culturales más interesantes de nuestra era: hemos pasado de las tribus urbanas a los moodboards humanos. Ya no consumimos culturas, consumimos sus superficies.
Hace años las tribus urbanas funcionaban de otra manera. Ser skater, punk, gótico o rapero implicaba una forma de vivir, no solo una forma de vestir. Había códigos, espacios físicos, referentes compartidos y una cierta sensación de pertenencia. La ropa era una consecuencia de la cultura. Hoy, la cultura es una consecuencia de la ropa.
Con Métrika, por ejemplo, ha ocurrido algo curioso. Mientras su proyecto sigue creciendo, también lo hace una iconografía asociada a él que circula de manera independiente. El maquillaje, las poses, la edición de los vídeos, la actitud desafiante, la hiperfeminidad oscura. Elementos que empezaron formando parte de una identidad artística concreta y que ahora aparecen replicados miles de veces en TikTok por personas que quizá ni siquiera podrían nombrar una discografía completa.
No es una crítica a Métrika. De hecho, es una prueba de la fuerza de su imaginario. Lo interesante es que la estética está viajando más rápido que la obra.
Pasa también con el techno, por ejemplo. Una cultura que durante décadas estuvo ligada a ciudades, clubes, DJs, sellos discográficos y formas muy específicas de entender la noche. Sin embargo, si uno consume suficiente contenido en redes, podría llegar a pensar que el techno consiste principalmente en vestir de negro, llevar unas gafas Oakley, hacerse un piercing y grabarse en cámara lenta entrando en una rave.
La imagen ha terminado eclipsando al contexto. La experiencia ha sido sustituida por su representación. Y esto no ocurre solo en la música. Lo mismo sucede con fenómenos aparentemente alejados de ella.
El running, por ejemplo. Hace unos años correr era simplemente correr. Ahora también es una identidad visual. Las Hoka, Strava, los gels energéticos, los cafés de especialidad después de entrenar, los vídeos de preparación para maratones y las capturas de tiempos forman parte de un mismo universo estético perfectamente reconocible. Lo mismo con el matcha; Lo mismo con el pilates.; Lo mismo con las cafeterías minimalistas; Lo mismo con prácticamente cualquier tendencia que atraviese TikTok durante más de tres semanas.
Todo acaba convirtiéndose en una estética. Incluso nuestros gustos culturales. Quizá por eso resulta tan difícil distinguir entre una escena real y una estética viral. Todo acaba ocupando el mismo espacio. El algoritmo aplana las diferencias hasta convertir movimientos enteros en un conjunto de imágenes fáciles de identificar.
Antes una subcultura podía acompañarte durante años. Ahora las identidades duran lo mismo que una tendencia algorítmica. Brat Summer, Office Siren, Mob Wife, Clean Girl, Blokecore…Las consumimos, las reproducimos y las abandonamos antes de que tengan tiempo de convertirse en algo más profundo.
Y quizá ahí está la gran contradicción de nuestra época: Nunca habíamos tenido acceso a tantas referencias culturales; Nunca habíamos podido descubrir tanta música, tanto cine, tanta moda y tanta información procedente de lugares distintos. Pero al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil reducir todo eso a una simple imagen.
Porque internet no premia necesariamente el contexto. Premia aquello que puede entenderse en dos segundos. Y una estética siempre se entiende más rápido que una cultura al completo.
Por eso cada vez veo más gente funcionando como moodboards humanos. Personas construidas a partir de referencias perfectamente seleccionadas, imágenes reconocibles y códigos visuales que antes pertenecían a escenas concretas y que ahora flotan libremente por internet esperando ser reutilizados.
No sé si las tribus urbanas han desaparecido. Probablemente sigan existiendo. Pero sí tengo la sensación de que estamos viviendo una época en la que parecer parte de algo se ha vuelto mucho más importante que formar parte de algo. Y entre una cosa y la otra hay una diferencia enorme.
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